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"Atrapado en su Red": la función de la memoria en la política democrática

por 9 enero, 2019

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El neteo y el olvido parecen ser principios predominantes en la práctica de la política nacional. Todo aquel que exhiba un poco de memoria y opiniones independientes -y las practique de manera consecuente- resulta alguien molesto e incómodo para el poder, el que los aísla o ignora. Lo mismo si es de izquierda, de centro o de derecha.

Eso ocurrió en los años 90 con un grupo de militantes democratacristianos, que encabezados por Adolfo Zaldívar y Narciso Irureta, y entre los que se contaban Ramón Briones y Hernán Bosellin,  actuaron como activos abogados de derechos humanos primero y luego le dieron dura lucha política y legal a la dictadura militar, impugnando su modelo consignado en la Constitución de 1980.

Actuando en medio de un campo minado por los servicios de inteligencia de Pinochet y poniendo en riesgo permanente su seguridad personal, fueron denominados como “los magníficos” por el periodista Fernando Paulsen, y prácticamente borrados de la actividad pública por la Concertación. Su constancia doctrinaria los hizo volver, incluso llevando a Adolfo Zaldívar a la presidencia de la DC a principios del 2000 hasta vivir como actores la crisis actual de su partido. Parte importante de esa historia es lo que recupera la reedición del libro Atrapado en su Red del periodista Patricio Cueto Román, a casi 30 años de terminada la dictadura, y vuelve a poner de manera ordenada luces sobre una parte todavía insuficientemente documentada de la historia  política del país.

En Política, así con mayúsculas, los hombres que la practican no son ni ángeles o demonios, ni tampoco animales puros, sino seres humanos de luces y de sombras, lúcidos o enceguecidos de sus propias convicciones. Por ello, el único rasero para medirla es la transparencia, pues su práctica es, ni más ni menos, la representación de intereses privados en lo público, sean estos de carácter económico o simples convicciones doctrinarias. Si algún valor tiene el  actuar de los hombres políticos es la distancia que media entre la coherencia de lo que dicen y lo que verdaderamente hacen, porque ahí está la entrada real de la política a las consecuencias prácticas que ella tiene para millones de ciudadanos anónimos. Es imprescindible entonces que tales hechos queden expuestos en público, para que el flujo de los procesos históricos se explique a sí mismo y lo ocurrido pueda ser evaluado, traído a la memoria, juzgado en su significación y resultados, y exhibido sin velos ideológicos.

En Política, así con mayúsculas, los hombres que la practican no son ni ángeles o demonios, ni tampoco animales puros, sino seres humanos de luces y de sombras, lúcidos o enceguecidos de sus propias convicciones. Por ello, el único rasero para medirla es la transparencia, pues su práctica es, ni más ni menos, la representación de intereses privados en lo público, sean estos de carácter económico o simples convicciones doctrinarias. Si algún valor tiene el  actuar de los hombres políticos es la distancia que media entre la coherencia de lo que dicen y lo que verdaderamente hacen, porque ahí está la entrada real de la política a las consecuencias prácticas que ella tiene para millones de ciudadanos anónimos. Es imprescindible entonces que tales hechos queden expuestos en público, para que el flujo de los procesos históricos se explique a sí mismo y lo ocurrido pueda ser evaluado, traído a la memoria, juzgado en su significación y resultados, y exhibido sin velos ideológicos.

En el relato que predomina en Atrapado en su Red, lo que resalta no es la casuística de la dictadura, sino el actuar de un grupo de hombres que se le opuso, con aciertos y errores, en una trayectoria que los devela humanos y de principios. Tal vez ahí, el título no refleja exactamente el contenido del libro porque ninguno de ellos está atrapado en red alguna excepto el dictador, que merced a la astucia oriental de este núcleo de abogados, queda envuelto en su invento de legalidad y finalmente es derrotado.

Entre ellos emerge nítida la figura de Adolfo Zaldívar, esa especie de rebelde maldito de la DC, siempre incómodo a los pasillos del poder, incluso a aquellos en los que dominaba su opinión y que fue expulsado de su partido luego de haber ejercido la presidencia del mismo. Tal vez lo único criticable a él y sus camaradas cercanos es no entender a fondo que el uso de la legalidad dictatorial creaba lazos de legitimidad incipientes que al calor de la transición facilitaron la asimilación política a los moldes de la dictadura, como queda reflejado en la frase de Edgardo Boenninger de “aceptar la constitución de 1980 como una realidad vigente”, escenario en el habrá que “hacer concesiones inevitables.” Estas afirmaciones, seguían y desarrollaban en la Junta Nacional de la DC de diciembre de 1986, los planteamientos hecho dos años antes por Patricio Aylwin cuando en un seminario del Instituto Chileno de Estudios Humanísticos, ICHEH planteó obviar la discusión sobre la legitimidad de la constitución de 1980.

Nada fue fácil para los magníficos, y tal vez de mayor manera ya en democracia, cuando la DC era el partido ancla de la democracia recuperada y que precisamente existía de manera formal porque años antes, Adolfo Zaldívar y su grupo habían acometido la tarea de su inscripción.

Resulta inexplicable y paradojal la reticencia –si no derechamente el rencor- con el que ese núcleo de hombres, Adolfo Zaldívar en primer lugar- fueron tratados por muchos de sus compañeros de partido. Los resortes disciplinarios del poder político concertacionista se movilizaron en contra de ellos, con y sin causa, hasta crearles la imagen de ser conservadores pro derecha, cuando en realidad nunca se compraron el cuento del modelo y siempre han tenido una postura crítica frente a la herencia cultural, económica y política de la dictadura. Lo que trasunta la historia, es que el ethos conspirativo de dirigentes como Gutenberg Martínez tuvo mucho que ver en ello, para que, por ejemplo, su crítica radical a la concentración económica del país pasara inadvertida hasta ahora.

El valor del libro de Patricio Cueto es que pone de manera sencilla lo actuado por los magníficos, contribuyendo a esclarecer y explicar pasajes importantes de la historia política de la DC y de la  reciente del país, donde muchos de los actores actuaron como opositores decentes de la experiencia de la Unidad Popular, y que inmediatamente después del golpe de Estado, se movilizaron como demócratas consecuentes en defensa de los derechos humanos. Los mismos que, una vez recuperada la democracia, su impertinencia política y disconformidad doctrinaria les costó el anonimato y la pérdida de incidencia política en períodos importantes de la recuperada democracia, y a los que en muchos aspectos el tiempo les ha dado la razón.

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