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Lo que nos contaron

por 19 enero, 2019

Lo que nos contaron
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Nos habían contado que si no tocábamos el mercado, este produciría por sí mismo uno de los resultados más eficaces y justos de la historia del hombre. “Eficaces”, porque son los mismos individuos los que realmente saben lo que quieren y con ello optimizan el uso de sus recursos para la satisfacción de sus necesidades, y “justo” debido a que la libre competencia permite que el mercado entregue una remuneración a estos individuos de acuerdo con su nivel de productividad.

Para ello, nos contaron que debemos entregar la mayor libertad al mercado –dejarlo ser– ya que esto permitirá la creación de riqueza que beneficiará a toda la sociedad. Por ende, la intervención del Estado debe ser mínima, ya que esto potencia la eficacia del modelo.

Muchas naciones –algunas más que otras– han seguido estos consejos por varias décadas, instaurando políticas que tienden a la libertad del mercado. Algunas de estas políticas se basan en la privatización de entidades financieras, otras en la reducción de las prestaciones sociales y, las más radicales, en la entrega al mercado de algunos servicios sociales como la salud o la educación.

Los que fueron más osados se arriesgaban a indicar que estas apuestas económicas –a lo más– provocarían inconvenientes temporales, como el incremento de la desigualdad social. Incluso Kuznets –el creador del Producto Interno Bruto con el cual en la actualidad medimos el crecimiento de los países– en el año 1955 entregó su conocida “curva de Kuznets”, la cual indica que la desigualdad para un país en crecimiento va en incremento; no obstante, con el posterior desarrollo y crecimiento económico de dicho país, la distribución del ingreso vuelve a ser algo más igualitaria.

¿Y qué queda para nosotros? Pues bien, en nuestro país por sobre todo necesitamos Estado… no mercado. Pero un Estado que distribuya los recursos con una mirada territorial, no solo en las necesidades urgentes y habituales de la operatividad, sino que por medio de una planificación de crecimiento que permita ser un puente a nuevas formas de desarrollo social y económico.

El resultado no ha sido el esperado. De hecho, el nivel de vida de África subsahariana lleva más de 30 años estancada y en los países de Latinoamérica la tasa de crecimiento per cápita ha perdido el dinamismo esperado. Lo curioso es que países como China y la India se están convirtiendo en grandes potencias y son países que se han negado a implementar todos los consejos del libre mercado, independientemente de la liberación parcial de sus actividades comerciales.

¿Y qué queda para nosotros? Pues bien, en nuestro país por sobre todo necesitamos Estado… no mercado. Pero un Estado que distribuya los recursos con una mirada territorial, no solo fija en las necesidades urgentes y habituales de la operatividad, sino que por medio de una planificación de crecimiento que permita ser un puente a nuevas formas de desarrollo social y económico. Pero no nos confundamos, no hablo de planificación centralizada o de alguna línea relacionada con las ideas de Marx, hablo de recobrar algunos atributos de la tradición desarrollista que considera que muchas economías algo atrasadas no logran desarrollarse de forma natural, ya que ese desarrollo se encuentra enclaustrado en economías más avanzadas.

Es con ello que la intervención del Estado para la promoción de cualquier actividad es vital, debido a que el mercado, en condiciones de libre competencia, constantemente intentará llevar a las economías atrasadas a realizar lo mismo de siempre, es decir, a actividades de baja productividad. Para ello, el rol de la comunidad debe ser activa para dejar de ser una víctima de la capacidad de toma de decisiones de otros que nos dicen lo que tiene que pasar y por qué.

Si bien en la actualidad esto es algo difícil debido a que hemos dejado atrás nuestros desarrollos colectivos, es la única forma de que nuestros hijos dejen de indicar: “Nos contaron que…”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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