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Tractus: por Alan García Pérez Q.E.P.D.

por 12 mayo, 2019

Tractus: por Alan García Pérez Q.E.P.D.
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Era un año complejo el 85; un año intenso, triste, duro. Un año de lucha fuerte y decidida en todos los flancos. La dictadura estaba confusa, revuelta, con agenda poco clara. A muchos nos daba la impresión que había mucha desazón en las filas y los influyentes se notaban un poco desesperados preparando leyes y amarres, porque los comunistas se venían con todo. Nótese que para ellos, los oficialistas de entonces, todo lo que no fuera gobiernista era comunista.

Jarpa había caído, Buchi entraba en escena. Entraban un conciliador en interior y un duro en Hacienda como presagiando los tiempos que se venían. Para colmo de males, el terremoto nos asoló recién comenzando el año y muchos chilenos, los olvidados de siempre, sufrieron el rigor de la incapacidad de un gobierno que iba de tumbo en tumbo, cuestión que los influyentes supieron aprovechar muy bien. Por nuestra parte, estábamos expectantes, con la FECH ya en la mano y el CNT en la retaguardia, se sentía en el aire un esperanzador olor a triunfo.

Pero ellos no se dejarían derrotar y estaban dispuestos a todo. Una fría mañana de marzo, en una operación bien coordinada por las fuerzas de DICOMCAR, fueron secuestrados José Manuel Parada, Santiago Nattino y Manuel Guerrero. Un día después aparecieron muertos. Nos dieron un latigazo en el alma. Nunca en Chile se había visto semejante crueldad. No bastándo con hacerlos prisioneros y sin mediar razón alguna, les desollaron vivos. Y ahí, a orillas de un camino, entre los matorrales, abandonaron sus cuerpos sin vida.

Cuando Roberto Parada, actor y padre de José Manuel se enteró, estaba en el intermedio de la función: sus compañeros le informaron pero a él no se le vieron lágrimas ni se escucharon gritos de desesperación; sus compañeros actores le dijeron: ándate por favor, de inmediato. El dijo No, la función debe continuar. Y así, destrozado por dentro salió nuevamente a escena y ninguno de los allí presentes nos enteramos lo que había pasado. Así estaban las cosas, ese era el escenario en que nos desenvolvíamos a principios de 1985.

A pesar de los terremotos, la vida continuó, no podíamos dar tregua y con las lágrimas aun húmedas, seguimos saliendo a las calles y protestando y ellos siguieron asesinando. Los hermanos Vergara Toledo y 10 compatriotas más cayeron abatidos en esta lucha desigual.

Nosotros, los estudiantes de entonces, nos pusimos a la cabeza, a la vanguardia de un movimiento épico que sólo terminaría con la victoria: No había Universidad en Chile que no estuviera parada o movilizada, no había descanso para los que más tarde y con justa razón, pasarían a la historia como la gloriosa generación ochenta.

Y como guinda de pastel, a pocos kilómetros de distancia de nosotros, en Perú, un joven de 36 años, socialdemócrata, se levantaba victorioso de una contienda presidencial que auguraba dejar atrás años de quiebres institucionales y culturas neocolonialistas, retomando la senda de las democracias constitucionales. Las anchas alamedas se empezaban a abrir. O eso creímos en ese momento por lo menos.

Pero nos equivocamos, como nos equivocaríamos muchas veces después al insistir en querer leer la realidad con nuestros deseos y no con la sapiencia que nos entrega la necesaria dosis de pragmatismo y frialdad.

El Gobierno de Alan García resultó un desastre político y económico en primer lugar para Perú y obviamente para la izquierda y socialdemocracia latinoamericanas y dejó en evidencia que Juventud, no necesariamente significa coraje o coherencia ni elocuencia quiere decir sabiduría o inteligencia.

García Pérez no pasó de ser una construcción mediática carente de contenido. Un chico mal criado de familia bien, al que sus apellidos, buena presencia y carisma, le abrieron paso fácil a la cúspide del APRA, plataforma perfecta para el gran salto a la Casa de Pizarro. Eso sí, era un buen candidato.

Pero claro, la historia no aprehendida nos ha dicho hasta el cansancio a los latinoamericanos que un buen candidato no significa necesariamente un buen político y que los apellidos ni la cuna garantizan fotocopias fieles al original. Muy por el contrario. Esta más bien es la forma que las elites han utilizado desde siempre para reproducirse en el poder, y que ha sumergido a este continente en este verdadero hoyo negro tercermundista. Todo, con el gentil aval de una ciudadanía que fiel al principio de los seres humanos, disfruta tropezar dos y tres veces con la misma piedra. O las veces que sea necesario. Así, Alan nace como un producto que –en lo que a su persona se refiere- fue presa de su propia historia.

Alan García, no nace, a Alan lo hacen. Fue el elegido, el “Comodo” contemporáneo. El que sabía que tenía que ser, sin cuestionarse jamás si estaba capacitado para ser.

Ese joven Comodo, apuesto, vivaz, elocuente y empático pero por sobre todo ególatra, asume entonces la primera magistratura del Virreynato, con un discurso izquierdista propio de los años sesenta, de la generación hippie, del paz y amor.

Los resultados son por todos conocidos: el poderoso y pujante Perú se sumergió en una de las peores crisis de su historia, mientras el grupo de titireteros que lo había llevado a la cima del poder político, se llenó los bolsillos asegurando un buen futuro para varias de las generaciones posteriores.

Alan tuvo que escapar, entre los techos, como un ladrón de casas. El elegido no podía ser juzgado ni menos condenado. Como vivió, de que vivió, en que forma vivió, es una pregunta incomoda que nunca tuvo respuesta.
Pasan los años y el desastre continúa; difícil juzgar si fueron mejores o peores, porque se necesitaría ser genio para igualar el nivel de caos en que el “inteligente” Alan había dejado el país. En todo caso, su sucesor es otro triste y vergonzoso recuerdo en la historia del Perú.

Ocho años después de su exilio –cuando los cargos que pesaban sobre él por corrupción habían prescrito, el joven ex Presidente regresa, ha madurado y ya peina canas. El trauma del pueblo Peruano por el arrasador paso del fujimorismo fue tan fuerte que no había lugar en el cerebro para recordar historias antiguas, cuestión que es aprovechada hábilmente por García para volver a engatusar a sus incondicionales y levantar su segunda candidatura presidencial. Desafortunadamente para él, un “típico cholo” peruano, acompañado de una rubia, llamativa, hábil y ambiciosa europea como esposa, logró la hazaña de sepultar las desmedidas ambiciones de García.

Sin embargo, como bien lo dijo en su momento el analista Peruano Martín Tanaka, “Alejandro Toledo fue una gran decepción para la ciudadanía, toda vez que no logró cumplir con las promesas implícitas en la supuesta “transición democrática” después de una década de “dictadura fujimontesinista””.

A pesar de los altos índices de crecimiento del periodo, el gobierno de Toledo no logró capitalizar esta bonanza y la sensación de desgobierno (justificada por cierto), impidió que el proyecto Perú posible capitalizara sus buenos resultados económicos; porque si bien es cierto la superestructura económica es la base de la superestructura política, como decía Karl Marx, esta última requiere una solidez y coherencia que no tuvo el gobierno de Alejandro Toledo Manríquez.

Y como la democracia es un sistema de gobierno que permite al pueblo darse lujos innecesarios que luego tardará años en pagar, 21 años después, las urnas le dieron nuevamente a Alan García la posibilidad de demostrar que tan verdaderas eran sus promesas. No obstante, esta vez las cosas no fueron tan fáciles como la primera vez y García tuvo que medir su fuerza en una segunda vuelta electoral, la cual dejó en evidencia el verdadero carácter de las alianza políticas que confluyeron y –por qué no decirlo- permitieron a los analistas avizorar, aun antes de comenzar, el tipo de gobierno que Perú tendría por delante.

Mathieu Durand y Henri Godard, del Bulletin de l'Institut français d'études andines, lo resumieron de esta forma: “A. García fue apoyado en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, además del APRA, por la derecha conservadora (la coalición Unidad Nacional-UN liderada por L. Flores), los fujimoristas, etc., es decir por todos aquellos que se han beneficiado del modelo económico que ha acentuado la fractura social del país; la brecha creció entre aquellos que han obtenido provecho de los frutos del crecimiento y aquellos, los más numerosos, que han visto degradarse sus condiciones de vida”.

Conclusión, Alan no estaba más maduro sino más viejo, no más sabio sino más mañoso y ciertamente, estaba mucho más inconsecuente. El tema era simplemente el poder, el ego, los honores, el besamanerío.
A diferencia del original, este “Comodo” peruano tuvo su segunda oportunidad, pero el escorpión prefiere perder su vida a cambiar su naturaleza.

Su segundo gobierno fue menos de lo mismo que su antecesor. En primera vuelta obtuvo un exiguo 24% el cual logró remontar con el decidido apoyo de la derecha política y empresarial el cual Alan pagó generosamente y con visible sonrisa en los labios. Esta vez, a pesar de García, Perú siguió “creciendo”; sin embargo la corrupción, la destemplanza para manejar conflictos internos, los asesinatos, los indultos a narcotraficantes y la nula capacidad para disminuir las brechas de desigualdad y hacer que el pueblo peruano se beneficiara del citado crecimiento, le pasaron la cuenta y terminó su periodo con un arrollador 65% de desaprobación.

Pero en algunos países aunque la justicia igual tarda, a veces llega. Así, la mañana del 17 de Abril de 2019, esta golpeó la puerta del entonces ex presidente. Paro Alan se fue, prefirió quitarse la vida antes que sufrir el oprobio de ver su ego destruido Para la posteridad, no dejó nada digno de ser imitado, no dejó sino un amargo sabor en las gargantas de todos aquellos que vieron en su juvenil sonrisa una esperanza de tiempos mejores, más limpios, mas luminosos, mas refrescantes. Raya para la suma, Alan García fue un producto y detrás de todo producto, hay manos que le dieron forma, cerebros que supieron como explotar sus características y vendedores que lo presentaron en un buen empaque. Y por supuesto, hay compradores.

Todos ellos gozan hoy de buena salud, la venta del producto reportó mucho dinero a los productores; y los compradores -más allá de una desilusión momentánea- sabrán sobreponerse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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