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Sociedad zombi

por Juan Pablo Aedo 24 septiembre, 2019

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Señor Director:

40 horas, 41, 37, 36, 35 y un largo etcétera. 300.000 empleos menos, 350.000 menos, 250.000 menos, 350.000 mil más y otro largo etcétera. 1 punto menos del PIB, 1 punto y medio menos del PIB, 1 punto más del PIB y nuevamente otro largo etcétera. Todo este conteo interminable de cifras ejemplifica el estéril enfoque comunicacional de un tema que en el fondo es de una vital y necesaria trascendencia respecto a la sociedad que creamos y vivimos.
Leyendo a Byung Chul – Han, uno entiende que la sociedad disciplinaria de Foucault murió con la modernidad tardía. Ese trabajador con el yugo, vigilado y controlado víctima de una explotación constante se ha ido en el tardemodernismo. Pasó la cuenta la hypercomercialización de lo intangible y lo abstracto. Se ha vuelto todo para que los seres humanos crean y hagan suyo el lema “yes we can”. El nosotros podemos en el sentido de “poder” no negativo foucaultiano sino que positivo de que es posible, olvida y no necesita que ya alguien o algunos lo exploten. El ser humano pasa a explotarse a sí mismo empujado a vivir en la sociedad de la medición y del rendimiento. Hay que crecer a como de lugar. El sistema dominante exige crecer y, por ende, producir más. Cada persona viviente se gana la vida tratando de rendir más. El rendir más merece, condiciona y de cuando en vez da una migaja como premio, como una campana colgada en el cuello. El incentivo es a no cansarse, a no decir “No” y más bien a decir “Sí, si puedo”. Para Han, en este sentido vivimos en una época Neuronal. Las personas viven en una pantalla de un holograma que los invita a pensar que a mientras más activo, a mientras más cosas hago, más “libre” soy de mis actos y más libremente me siento porque tengo más “libertad” para, por ejemplo, elegir. Fatal error. El sistema está diseñado para crear esta idea de ser parte de la obtención, o para entrar a este mar salado del dinero que a mientras más se bebe, más sed da y más consumo incita para cada vez más volver a necesitarlo. Así la trampa así se cae en la pseudo obtención de felicidad sobre los destinos. La exigencia de lo flexible hace que los trabajadores hagan y se adapten cada vez más a diferentes quehaceres, horarios, funciones, etc. Por su parte el trabajador cree que la flexibilidad está de su lado aceptándola como oportunidades de hacer más y de obtener más. Lo que se consigue son las patologías dominantes en este siglo, todas de la psiquis. El trabajador se ha autoexplotado y no lo sabe mientras lo hace, para peor cree que se autorrealiza. Está huérfano de revolución porque no tiene a quien dirigirla, y le es indiferente, su enajenación vive con él.
Para la sociedad del rendimiento la misión se cumple cuando tenemos a nuestro haber la sociedad de seres cansados y extenuados; “La sociedad del cansancio”. Muchos al borde del colapso común del estrés en las grandes ciudades, otros funcionando al borde y dentro de la medicación ansiolítica y depresiva. Se ha consumado el Leviatán de Hobbes, el último hombre de Nietzsche, el ser humano exprimido por la ciencia y la técnica de Weber y Habermas, el ser humano reducido a comunicación como mero espectador del sistema de Luhmann, todas esas predicciones ya son inclusive parte del pasado. Llevando esta vista teórica a la praxis, todos somos testigos de nuestros comportamientos sociales en los medios de transportes, en los lugares de comidas, en la calle, en sus propios trabajos. Exigidos, cansados seguimos pensando en todas las cosas realmente importantes que en esta semana me impedí vivir, ya sea con mi familia, con mi pareja, con mis hijos o amigos. La hypermodernidad está atrapada en la propia mercantilización de la hyperconexión de la vida. Importa más cuantos “Likes” o seguidores tengo porque también se vuelve un bien transable y en algunos casos rentable para mi autosatisfacción egocéntrica y monetaria. Si todo se expone, si la privacidad se comparte entonces acelera a que el que está mirando y no “tiene” lo que ve, se esfuerce por tenerlo, se siga esforzando por alcanzarlo. Se construye la nueva autoenajenación.
Esta manera adoptada de vivir se vuelve un tanto difícil lucharla contra el big data, los algoritmos creadores de perfiles, o la colonización emocional del mercado, cuando son los propios seres los que lo alimentan. El sistema sobrevive en sus desregulaciones, así cada día una nueva app desborda al mundo y sus leyes del siglo XIX. En Chile no hay duda que se debe trabajar menos y redistribuir lo que existe de mejor manera, pero culturalmente también se debe trabajar con mayor precisión. Lo que por sobre todo deberíamos tener claro, es que se necesita parar, reflexionar y cuidar o esclarecer el qué o cuánto producir, porque lo que está verdaderamente en juego es la subsistencia del planeta. Amar más, más reflexión y menos cosas, dará más esperanza para el mundo.
Hace casi dos siglos fue Schopenhauer quien dijo: “Sólo están vivos los que entienden la existencia como un arte del buen vivir…”

 

Juan Pablo Aedo

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