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(No) Vamos a morir

por 6 enero, 2020

(No) Vamos a morir
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Todos vamos a morir. Es la única certeza que tenemos desde que nacemos, pero poco conversamos y pensamos sobre aquello. En numerosos cafés de la muerte que realizamos en Proyecto Mokita -en rigor: tintos de la muerte - es recurrente llegar al punto de la conversación donde se analiza preliminarmente si morir es algo deseable o simplemente algo inevitable. Por supuesto que no damos con una respuesta, pero al menos hacerse la pregunta despierta entre los participantes un momento de trascendente reflexión.

¿Pero qué pasaría si la certeza a la muerte no fuese tal? ¿Es posible pensar en no morir y vivir para siempre? Pensar puede ser, pero que sea factible es otro cuento, se dice con recurrente escepticismo. Este profundo diálogo nos ha acompañado por siglos, pero no es lo mismo haberlo tenido en pleno antiguo Egipto, durante el siglo XIV o bien tenerlo hoy en día. La tecnología actual nos entrega cada día nuevas evidencias que quizás hacia el 2045, según Aubrey de Grey, convivamos seres humanos mortales con seres humanos amortales. Y la distinción entre amortales e inmortales no es menor. Quien sea amortal, es un ser que no moriría por causas naturales como el envejecimiento o las enfermedades, sino más bien por terceros factores como un asesinato, accidente o suicidio. En cambio, un ser inmortal es indestructible y no perecería jamás.

Los autodenominados ”transhumanistas” postulan que la muerte es un mal que debe ser combatido, derrotado, ya que es el peor de todos los males. Debemos ver la muerte de la muerte según el libro de José Luis Cordeiro y David Wood. Sus defensores reclaman que la muerte debe ser tratada como un proceso biológico de desgaste y fatiga del cuerpo y, como tal, es perfectamente válido frenar este deterioro con el uso apropiado y ético de la tecnología. La confluencia de la edición e ingeniería genética con técnicas como CRISPR-CAS9 o prime editing, el uso de la inteligencia artificial para el análisis y comprensión de millones de datos y el cruce entre la biotecnología y la medicina, están enfrentando algunas de las más grandes preguntas de la humanidad. La reciente condena a 3 años de cárcel del científico chino He Jianku por realizar la primera creación de humanos genéticamente modificados demuestra que esto ya comenzó.

La corriente del antienvejecimiento no es ciencia ficción ni algo que pase en otros rincones del planeta. Si bien a nivel mundial, con foco en San Francisco California, ya hay más de 100 millonarios centros de investigación y empresas como CALICO, Human Longevity Inc, Biogerontology Research Foundation, Editas Medicine, o capitales de riesgo como The Longevity Fund, por nombrar algunos, en Chile el científico Claudio Hetz, director del Instituto de Neurociencia Biomédica de la Universidad de Chile, lidera investigaciones de punta a nivel global. El 16 de octubre de 2019, dos días antes del estallido social, el investigador presentó en el Centro de Estudios Públicos su ponencia “Vida Eterna. Nuevas Fronteras de la Medicina”, donde sentenció que “el envejecimiento natural puede ser intervenido” ya que si se entienden las bases biológicas de este proceso es posible hacerle frente, así como a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, Parkinson u otras.

Por sorprendentes que parezcan estos avances científicos, parece razonable dimensionar sus implicancias sociales. No envejecer implicaría ser seres amortales, es decir, no morir y prolongar nuestras vidas indefinidamente. Sin embargo, ¿queremos realmente vivir para siempre? Las religiones nos ofrecen una respuesta concreta ante esta pregunta. Ya sea pasar a un nuevo estado de vida eterna o bien reencarnarnos en otro ser, la vida humana no sería más que un suspiro entre diferentes estados. Si tantos millones de creyentes existen en el mundo, se puede asumir que efectivamente esperan una perpetuidad post mortem, sea cual sea. Para ellos, la pregunta sería si desean permanecer en este estado vital permanentemente, restringiéndoles la posibilidad de evolucionar o, llegar al paraíso para encontrarse con aquellos seres queridos que partieron antes. Con todo, más allá de las diferencias que pudieran existir, creyentes y transhumanistas tendrían algo en común: el deseo de superar la muerte.

Los contradictores al transhumanismo, sin embargo, apelan a que una vida eterna carecería de sentido dejándonos en la más absoluta de las desesperaciones existenciales. Desarrollemos cuatro de los recurrentes argumentos contra la búsqueda de la amortalidad. El primero de ellos es que la extensión de la vida sería aburrida y repetitiva, una vida en que permanecer indefinidamente en la misma edad nos llevaría al tedio dado que no habría “ninguna propiedad estable o significativa que la vida pudiera tener en más cantidad, o que tuviera sin reservas, si duráramos por siempre” como lo plantea Bernard Williams en "Problemas del Yo". Nuestra esperanza de vida actualmente sobrepasa los 80 años. ¿Se imaginan vivir 120, 200, 500, 1000 años? Los transhumanistas apuestan a que tal y como a los 20, 30 o 60 años deseamos aún aprender, trabajar, viajar y disfrutar la vida, si detenemos el envejecimiento, entonces, querríamos prolongar aquellas actividades tal y como lo queremos hacer ahora.

La vida, para algunos, no merece ser vivida en condiciones que no lo valen. Las circunstancias en que se desenvuelve la vida determinan su valor intrínseco, pudiendo representar a veces la no existencia un estado mejor que la existencia misma. De qué otra forma se podría entender que el más puro de los amores, el amor de una madre a un hijo, pudiera llevar a arrojar a sus recién nacidos al fondo de una quebrada. Cruda realidad del siglo XIX descrita por Gabriel Salazar en Ser niño “huacho” en la historia de Chile, cuando declama: “¡De más valía era un niño muerto y en el reino de los cielos, que vivo, hambriento y estorbando a sus madres en este valle de lágrimas!”. Ahora bien, ¿son las condiciones materiales, el aburrimiento extremo y la agonía de la rutina, u otra condición razones suficientemente válidas como para apreciar más la no existencia que la vida?

En cuanto al argumento del aburrimiento, este nos dejaría ante una disyuntiva en que estaríamos atrapados dentro de esta vida sin la posibilidad de tener la certeza de que en algún momento todo se acabaría. Si así fuese, quizás el suicidio podría volver a tomar una connotación de libertad y de demostración última de cómo fue la propia vida. La reivindicación del suicidio quizás surgiría como una alternativa en la nueva sociedad, como lo fue en su momento para los vikingos para entrar al Valhalla o incluso, para los cristianos antes del siglo VI luego de las interpretaciones de San Agustín.

El segundo argumento de los opositores al transhumanismo es que las relaciones se resentirían a largo plazo. Este planteamiento no me parece sea de la misma envergadura ya que las relaciones nunca se han decretado para toda la vida, con la salvedad del matrimonio. Acá sí que las voces de los participantes de los cafés de la muerte rugen. Que el “unidos hasta que la muerte nos separe” sea en realidad “unidos para toda la eternidad” provoca más de una carcajada. Es que saber que todo, incluso el amor, tiene un fin, nos llena de sentido y premura para tomar decisiones y hacer acciones. La respuesta sería que simplemente cambiemos esa tradición y sinceremos lo que ya más del 50% de las personas sabe: el matrimonio no es necesariamente para toda la vida.

Un tercer posible argumento es que la extensión de la vida también significaría la extensión de enfermedades crónicas. Esto tampoco pareciera tener mucho peso. Si estuviéramos ya en una sociedad en la que se ha alcanzado la amortalidad, es difícil pensar que enfermedades crónicas o que infrinjan mucho dolor siguieran existiendo. Ahora bien, si de todos modos este fuera el caso, la cuestión del suicidio asistido o eutanasia volvería a cobrar cuerpo.

En cuarto lugar, se dice que el extender la vida implicaría una distribución injusta de las posibilidades. Los niveles de desigualdad han alcanzado máximos históricos y la fantasía de la meritocracia sigue invisibilizando que, una verdadera igualdad de oportunidades no es más que una quimera. Si a esta realidad le añadimos que algunas personas podrán acceder a prolongar su vida gracias a su capacidad económica, ya sea para ellos como para su descendencia, las injusticias de nacimiento se podrían ver exacerbadas generando extremos aún más radicales que los ya existentes. Ante esto, los defensores del antienvejecimiento podrían decir que es cosa de tiempo que se democratice el acceso, ya que, al igual que otros medicamentos y tratamientos, los costos se verían reducidos al perfeccionarse las técnicas. Inmediatamente se puede advertir que esto aún no ocurre y ni hablar del mercado farmacéutico. Con todo, se abre además la pregunta, ¿debiera ser un derecho garantizado por el Estado el vivir para siempre?

A fin de cuentas, no sabemos qué pasara. Cosa habitual en nuestras vidas. Buscamos incansablemente la certidumbre, pero cuando la encontramos nos enfrentamos a algo aún peor para el ser humano: tener que elegir. ¿Qué hará cuando el médico le consulte si desea que su hija sea de nuestra especie mortal o bien sea una persona amortal? ¿Querrá privarle la posibilidad de extender su vida, dejándola en rezago frente a quienes sí decidirán que sus hijos vivan para siempre? O, por otro lado, ¿querrá obligarla a suicidarse si no tiene la certeza de que morirá de manera natural? Usted mismo, al momento que el año 2050 le pregunten si desea prolongar su vida con un sencillo tratamiento indoloro, ¿aceptará? La muerte se nos presenta constantemente, por eso debemos tenerla presente. Mucho más allá de nuestras oraciones o consuelos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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