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No era capitalismo, era depresión

por 6 febrero, 2020

No era capitalismo, era depresión
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La soga llega el barrio Brasil

Es sábado 1 de febrero en Plaza Brasil y por calle Huérfanos, en plena ola de calor, junto a una estatua de papel maché del Negro Matapacos se conduce una curiosa –por lo deslucida– consulta ciudadana. De un árbol cuelga una soga con nudo corredizo, junto a la cual se lee la siguiente frase: "¿A quién colgaría usted?".

La cosa no para ahí.

En una pizarrita un puñado de nombres están escritos a tiza: un político caído en desgracia más los dos o tres funados de la semana. La mano del artista convocante (¿será el hippie que duerme la mona por la ladera surponiente de la estatua?) también ubicó un tarrito de Nescafé para pedir una colaboración pecuniaria. La mañana se mueve lento: solo unas pocas monedas descansan en el interior del tarro.

Es cierto que la intervención tiene una índole lúdica (mal lograda, qué duda cabe). Sin embargo, uno podría preguntarse si este carácter lúdico, que se sirve de un lenguaje distorsionado hasta el absurdo, constituye un botón de muestra de lo mal planteada que está la conversación a nivel de sociedad. Por de pronto una incitación a la funa no constituye una "consulta ciudadana".

Los orígenes de la masa enardecida

Tal vez el antecedente más importante lo constituya la Casa de Vidrio, instalada en el centro de Santiago a principios de los 2000. Esa en que habitaba una joven actriz y en donde un grupúsculo de hombres se congregaba a mirar. Pensaban que quien residía tenía que ser una prostituta (una amiga era de la misma idea); asediaban a la actriz: unos a otros se alentaban a toquetearla. Nelson Ávila le envió una carta. Acaso esa casa de vidrio haya sido la progenitora de los realities, del juicio del otro y de las redes sociales. Acaso haya sido una metáfora del país que se avecinaba, ese país donde la exposición pornográfica de las pulsiones más íntimas ya no solo demanda un espectador sino que un cómplice.

Ergo, la soga.

Avancemos veinte años: unos días después del estallido del 18 de octubre tuvo lugar un cabildo heterofóbico en las afueras del Museo de Arte Contemporáneo. Este sería un cabildo “sin weones heterosexuales”, puesto que –he aquí la premisa básica– los heterosexuales se toman la palabra, silenciando a las mal llamadas disidencias; de cualquier manera las mujeres “entablan relaciones de afecto más fuertes que los hombres”.

No deja de sorprenderme que estas generalidades de sociólogos borrachos atraigan a decenas de prosélitos, y a no pocos mirones. Este ejemplo expone el grado de simplismo en que se desarrollan, no las discusiones –que puede ocurrir–, sino las mismas convocatorias. Estas pretenden atraer a un colectivo de personas, excluyendo a otro colectivo supuestamente antagónico, del que se espera que se encoja de hombros (o proceda a mirarse el falo) con tristeza y resignación. Por de pronto se deja ver una moralidad bastante tosca, por lo poco humana: “Moralicémoslo todo y veamos”

La casa de vidrio y el cabildo sectario componen dos caras de la misma moneda: una, la exposición –en teoría– despojada de todo juicio moral; otra, el conciliábulo excluyente de los pocos que cumplen con las credenciales morales en boga.

¿De qué estamos hablando?

Recuerdo que no hace mucho un colega me decía, respecto al trabajo que hacían a nivel universitario las JJCC, "el problema es que los comunistas son unos trasnochados, se quedaron pegados en la lucha de clases cuando hoy todos somos de clase media". Eso era antes del estallido, puesto que desde el 18 de octubre que blande con orgullo su "resentimiento de clase".

Creo que esto retrata muy bien una nueva paradoja: en una sociedad hipermediatizada, hiperconectada, hipermoralizada, existe una escisión entre el discurso y la práctica: cada quien se cuida de pensar como debe pensar, de opinar lo que debe opinar. Es decir, de pensar y de opinar como lo hace el otro. O más bien un otro, más imaginario que real. Mientras tanto, business as usual: la bolchevique de redes sociales envía a su hijo al mismo colegio –católico– al que la enviaron sus padres hace un cuarto de siglo. En un país como el nuestro eso sí que es perpetuar el orden imperante.

De la primera línea a la raya para la suma

¿Nos hemos convertido como sociedad en un monstruo que solo busca nuevas víctimas a las cuales devorar? Puede ser, habrá que esperar al Festival de Viña, que es el baile de máscaras por antonomasia de la sociedad chilena.

Por mi parte, me atrevo a decir que en el Chile de hoy –ese cuya conciencia fluye silenciosa como por cuevas submarinas– la inmensa mayoría sigue siendo gradualista: las conquistas sociales logradas hasta ahora se celebran como tales no porque instauren la dictadura del proletariado sino porque mejorarán la calidad de vida de grupos de individuos hasta ahora postergados: jubilados, trabajadores precarizados, y un todavía no muy largo etcétera.

Respecto a los termocéfalos se puede decir –y se ha dicho– bastante. A mi juicio existen dos tipos: el millennial que vocifera por redes sociales, siempre desde la comodidad del anonimato que le brinda la habitación con wifi en casa de sus padres. El otro tipo se manifiesta desde la primera línea y también se sirve del anonimato, disfrazándose de un superhéroe improbable (por suerte Pareman anda en receso veraniego, no he tenido el displacer de oír de él).

Todos estos personajillos se mostrarían prestos a proponer nombres a colgar en la soga ciudadana, ninguno a defender a rostro descubierto y con argumentos la pertinencia de la horca en una plaza de juegos infantiles a plena luz del sol.

Todos parecen buscar el retorno a una utopía socialista, aunque de conseguirlo caerían en la más profunda depresión. Mal que mal, nacieron y crecieron con las bondades del capitalismo al alcance de la mano. ¿Qué harían de verse sin celular, sin Netflix y sin la última película de Marvel?

Eso mismo pienso yo: rogarían que les pasaran la soga.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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