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Irracionalidad en tiempos de crisis

por 10 mayo, 2020

Irracionalidad en tiempos de crisis
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“Cuando atravesamos por situaciones de estrés, pensamos mucho, pensamos rápido y lo que es más peligroso, pensamos mal. ¿Qué significa «pensar mal»? Significa decirnos que no tenemos control sobre nada, anticipar fatalidades antes de hora y caer en estados de pensamiento excesivo. Esto hace que nos sea imposible tener bajo control nuestra mente para poder resolver problemas” (Dr. Daniel Kahneman).

Los intentos de quemar las casas de personas infectadas con covid-19; el racismo a minorías supuestamente transportadoras de enfermedades; las amenazas de vecinos a profesionales de la salud que viven en sus mismos edificios; las compras compulsivas y las agresiones en los supermercados; el pánico colectivo cada vez que llega información de riesgo y la actitud de guerra ante un enemigo invisible, son sólo algunos ejemplos de extrema irracionalidad que están teniendo algunas personas para responder ante las amenazas actuales. Cuando, justamente, necesitamos lo contrario: aprender a actuar con una nueva consciencia y con más solidaridad para construir una mejor humanidad.

Es que en cualquier ámbito de la vida, la irracionalidad nos termina pasando la cuenta. Y cuando hablo de irracionalidad estoy hablando de esas reacciones automáticas, instintivas y llenas de pánico que provocan que algunas personas actúen como verdaderos energúmenos y que sólo piensan en sí mismas, sin importarle el resto.

¿De dónde viene esa irracionalidad?

Estas conductas irracionales -con toques de paranoia- provienen de una parte de nuestro cerebro que no razona, que no procesa y sólo actúa por instinto de supervivencia. Un instinto que actúa sin elaborar, comprender ni analizar todas las aristas de una situación y que sólo se deja alarmar por ideas amenazantes. Y mientras más alarmantes, impresionables y catastróficos son los argumentos, mayor será el pánico resultante.

Es necesario comprender que el miedo se contagia con más velocidad que cualquier virus y puede mutar rápidamente para convertirse en pánico colectivo. Y resulta que todas esas respuestas irracionales que hemos visto en el último tiempo, son originadas por la naturaleza biológica de un miedo sin control, asociada al instinto de sobrevivencia.

Lamentablemente, el pánico puede mantenerse como un estado constante de miedo descontrolado que nos mantiene paranoicos, inconscientes, alarmados y angustiados. Tiene irracionalidad y puede generar violencia cuando se descontrola. Activa pensamientos catastróficos, genera enemigos imaginarios y cualquier experiencia se percibe como amenaza a la vida. Se contagia muy rápidamente y facilita la manipulación y el control, ya que, las personas en esos momentos sólo anhelan que alguien superior les de protección, seguridad y calma. Es un estado de miedo desproporcionado que está originado por nuestra naturaleza biológica.

Entonces, ¿cómo actúa el cerebro cuando un miedo aterrador nos embarga?

Ante las experiencias habituales de la vida, nuestro cerebro actúa de la siguiente manera: los estímulos externos -las cosas que nos ocurren en la vida todo el tiempo- son filtradas por un área que se llama tálamo; que filtra y manda la información a los lóbulos prefrontales para procesar los datos y posteriormente enviar información a las amígdalas cerebrales para dar respuestas -en forma de reacciones químicas- para tener conductas más o menos coherentes a la situación del momento. El tiempo de respuesta es de aproximadamente 24 milisegundos, que es lo que tarda el cuerpo en responder biológica y fisiológicamente ante un estímulo habitual.

No obstante, en situaciones de alto riesgo, amenaza o pánico colectivo, los impulsos nerviosos hacen un camino más corto y no pasan por los lóbulos prefrontales -que se ubican en el neocórtex o cerebro superior- por lo que los impulsos van directo a la amígdala para que active y ayude al cuerpo a que responda inmediatamente con altísimos niveles de adrenalina y cortisol -en menos de 12 milisegundos- para realizar acciones por instinto y así evitar el riesgo y la muerte, sin necesidad de hacer elaboración racional alguna.

Pues bien, sucede que todo este mecanismo de respuesta proviene de millones de años de evolución. Ciertamente, para nuestros antepasados detectar los riesgos sin un procesamiento cerebral muy elaborado fue fundamental para sobrevivir, puesto que cuando las amenazas externas eran explícitas -como ver arcándose a un animal salvaje- tener la capacidad de responder inmediatamente sin perder tiempo en analizar y procesar toda la información, fue la clave entre la vida y la muerte. Debido a eso, el cerebro en la evolución fue generando rutas muy específicas de huida y sobrevivencia. Básicas y un poco burdas, pero eficaces.

No obstante, hoy en día, uno de los inconvenientes de este sistema de alarma cerebral es que los mensaje de urgencia que manda la amígdala no son muy útiles y están un tanto obsoletos, principalmente, porque no nos ayudan a responder adecuadamente en las complejas y cambiantes sociedades de nuestra época. Innegablemente, resulta ser un sistema demasiado rudimentario que no se detiene a verificar las situaciones con perspectiva, lógica y calma; muy por el contrario, sólo actúa abruptamente antes siquiera de confirmar la gravedad y magnitud de cualquier evento. Una especie de arranca o ataca antes de pensar.

Es por lo anterior, que experiencias elevadas de miedo en la propia historia personal provocarán que a muchas personas –dada la situación actual- se les reactiven sus traumas y respondan con un miedo extremadamente irracional, dejándose llevar por una reacción de pánico que no les ayuda a procesar ni responder de una manera más equilibrada y lógica.

Sin embargo, independientemente de las experiencias personales de miedo y trauma, todas estas respuestas irracionales no son exclusivas de algún grupo étnico, social o cultural de seres humanos. ¡En lo absoluto!, todos nuestros cerebros tienen el potencial y la predisposición biológica para responder de esa forma. Por cierto, que eso no significa que estamos condicionados ni determinados a responder siempre de esta manera, puesto que se puede reentrenar al cerebro a manejar las experiencias emocionales críticas, tal como lo hacen, por ejemplo, las brigadas de emergencia o los bomberos.

Estoy consciente que como seres humanos -que estamos en evolución y aprendizaje constante- nos gusta movernos en los extremos o en las polaridades. Es por ello, que resultará posible tener respuestas como la ya mencionada irracionalidad paranoide o, en el otro extremo, actuar con una frialdad analítica y sin empatía, es decir, actuar desde una mente fría e insensible. Dos polos, dos extremos, dos direcciones del funcionamiento posible de la mente que generan sólo dos limitadas actitudes, evidentemente, inadecuadas a lo que necesitamos hoy como humanidad.

¿Y cómo responder cuando sí hay un riesgo real?

Aprender a regular el miedo y responder con cautela, atención y precaución que es un sutil estado de alerta que nos mantiene conscientes de los peligros, precavidos, atentos pero centrados y calmados. La cautela tiene calma, consciencia y respeta a las personas. Hay lógica, razón y el pensamiento se pone al servicio del análisis de los riesgos. Con la cautela podemos discernir y comprender dónde, cómo, de quién y por qué protegerse. Es un estado emocional sensato e inteligente para comprender las amenazas externas y para enfrentarnos y resguardarnos de los riesgos y peligros.

¿Es complejo regular las emociones? Sí, un poco. ¿Se puede? Obvio que se puede. Es cosa de enseñarle a nuestro cerebro, emociones y a nuestro cuerpo a que responda con mayor equilibrio, inteligencia y empatía, ya que, es indudable que el momento actual nos está instando a despertar más autoconsciencia y aprovechar de parar la fábrica de pensamientos catastróficos.

Desde lo que estamos viendo todos los días, considero fundamental que descubramos cómo salir de esa polaridad y aprender a responder cada vez más con mayor inteligencia emocional, equilibrio y consciencia. Un punto nuevo entre la irracionalidad inconsciente y la racionalidad fría e insensible, para equilibrar al corazón con la mente, haciendo conversar a nuestro neocórtex con la amígdala para que logren ponerse de acuerdo buscando una nueva y mejor posibilidad para enfrentar la realidad presente.

¡Necesitamos aprender que la razón si se puede alinear con la emoción, sin que ninguna domine a la otra y actuando con coherencia, consciencia y cautela, es decir, con inteligencia emocional!

A esta nueva actitud para responder, me gusta llamarle Tercer Espacio. Un espacio que no es, necesariamente, el punto medio de las polaridades. Si no, otra nueva opción, una nueva alternativa, distinta y mejor. Obviamente, más adaptativa, consciente, sustentable y evolucionada. Respetuosa de uno mismo y de los otros.

Sabemos que en momentos de crisis se despierta lo mejor o lo peor de las personas. O dicho de otra manera, las crisis nos muestran el actual grado de consciencia e inteligencia emocional que cada persona tiene y que la lleva a responder, de forma equilibrada o no, ante la crisis misma. Por ello, hoy podemos empezar a actuar con consciencia, educando y reentrenando a nuestro cerebro para que abra nuevas posibilidades de respuesta emocional ante las situaciones de amenaza, cosa que ellas sólo sean un generador de energía y no un obstáculo a la capacidad de responder centrada y constructivamente.

La inteligencia, la lógica, la empatía, la solidaridad, el cuidado, el respeto, el amor, la compasión, la cautela, el autocuidado, la hermandad, la consciencia del que sufre, la creatividad y el trabajo colaborativo son valores claves de nuestra consciencia superior, que debemos empezar a despertar, compartir e incentivar en el entorno donde cada quien tenga influencia.

Recordando siempre que, cuando estamos con excesivo miedo, no generamos aprendizaje inteligente; por eso resulta tan importante salir rápido de ahí y aprender a responder desde un nuevo y mejor Tercer Espacio, uno que nos permitirá crecer, evolucionar y sacar nuestra mejor versión en tiempos de crisis.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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