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Economía violeta y feminización de la riqueza

por 26 junio, 2020

Economía violeta y feminización de la riqueza
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La sociedad contemporánea lleva décadas haciendo girar la economía sobre la carnada del “desarrollo económico” y su movimiento giratorio, el “crecimiento económico”. Las políticas públicas, el mundo productivo laboral y los organismos internacionales todavía intentan resolver el problema económico del desarrollismo con el mismo nivel de conciencia con que fue creado.

La feminización de la cultura resulta clave para los propósitos de co-construir paz sostenible en nuestros sistemas de convivencia e ineludible en el diseño de estrategias plausibles para habitar el planeta. Ello implica reconocer los atributos de la adaptabilidad y la resiliencia como componentes de nuevos diseños para abordar las crisis ecosistémicas que se han acentuado en este siglo XXI, como la crisis climática y sus derivadas, crisis pandémica, crisis de legitimidad institucional, entre aquellas crisis más desbordantes y desconcertantes para el desarrollismo.

En una dimensión específica del paradigma desarrollista, como la feminización de la pobreza, se ha llegado a plantear que, al ritmo actual, la brecha salarial mundial entre mujeres y hombres se cerraría recién en el año 2186. Otros enfoques ponen el acento en indicadores sobre la paridad de género o bien resaltan las brechas, barreras de acceso y desigualdades estructurales existentes para dimensionar el conflicto capital-vida y la división patriarcal del trabajo.

La feminización de la riqueza o “las riquezas”, lo propio para “las pobrezas”, alude a la idea de que, por milenios de exclusión, las mujeres continúan cuestionando su papel asignado en una sociedad verticalmente construida por un orden androcéntrico. Si bien el esfuerzo de deconstruir imágenes ha sido parte del pensamiento y la acción en los últimos cien años, el esfuerzo por construir imágenes desde las fortalezas que brinda la feminización de la cultura y, con ello, la sensibilización de la economía, requiere de un enfoque apreciativo e inclusivo mayor.

Obviamente, la dimensión de la economía y cómo esta afecta las vidas de los seres vivos en el planeta es un asunto político, cultural y social. Como indica Paula Lucía Aguilar, la instalación de la feminización de la pobreza y sus definiciones operativas como un hecho consumado no se da en el vacío, sino que se configura sobre sentidos previos con respecto a los lugares socialmente construidos para mujeres y varones, sus condiciones de vida y la definición de estrategias de intervención sobre los problemas sociales hegemónicos en cada momento.

El desarrollo económico, el progreso, el crecimiento y otros conceptos vinculados a este paradigma económico son lineales (verticales), hacia adelante (arriba) y ojalá sin retrocesos. Sin embargo, la economía ecológica y su enfoque transdisciplinar nos sugiere una perspectiva integrada y biofísica de la interacción entre economía y ambiente, por tanto, en contextos de cambio climático la idea del desarrollismo nos devuelve a la advertencia de Einstein sobre resolver problemas con las mismas bases y niveles de consciencia con que fueron concebidos.

Las dinámicas desarrollistas y progresistas que han inspirado a los sistemas capitalistas y socialistas en los últimos cien años ya traspasaron los umbrales y límites admisibles para un vivir armonioso en nuestra relación con la naturaleza. Cabe indicar que la emergencia de nuevos diálogos apreciativos y en colores están por sobre las defensas políticas y económicas tradicionales de los sistemas que nos gobiernan y son cada vez más urgentes y necesarios.

En este siglo XXI, el análisis integral sobre la economía ha entrado en diálogos policromáticos, al sopesar los límites de la economía en blanco y negro, con todos los matices grisáceos que nos ofrece el paradigma desarrollista, y estos diálogos han emergido desde los mismos enfoques desarrollistas y se han encontrado con visiones y enfoques posdesarrollistas, cobrando nuevas tonalidades los desafíos para la existencia y sobrevivencia de nuestra especie en la Tierra.

El planeta azul, órgano vivo, consciente y sensible, se ha entreteñido con la emergencia de conceptos como desarrollo a escala humana, economía solidaria, desarrollo sostenible, economía verde, economía naranja. En este contexto, se hace necesario avivar el arcoíris con la relevancia transoceánica e intercontinental de una economía violeta o economía sensible.

La economía violeta nos pone en relación con los alcances generativos de la sensibilidad y la sostenibilidad de todo sistema humano y de los nuevos ecosistemas resilientes para habitar nuestro planeta azul y los retos que implica volver a explorar sus océanos, cielos y territorios.

La economía violeta se vuelve generativa en la evidencia de su riqueza cuando la sensibilidad actúa como capacidad para percibir, a través de los sentidos, la existencia natural de balances ecosistémicos y es capaz de detectar la producción de desbalances socialmente construidos. Así, la sostenibilidad económica se refleja en los procesos de toma de decisiones co-construidos. En tal sentido, la economía violeta se funda en el equilibrio como óptimo y reconoce que ninguna versión del óptimo resulta de la expresión de un máximo en la generación de bienes y servicios.

En las últimas décadas, hemos aprendido sobre el valor y el peso de la denominada “economía naranja” en relación con los alcances generativos que tiene la creatividad y la innovación humana en los procesos productivos de bienes y servicios económicos y el espacio de oportunidades para las industrias creativas, culturales, patrimoniales y los ecosistemas de innovación en ciencia y tecnología, cuando se disponen al servicio del buen habitar y buen vivir de la sociedad en general.

En lo particular, aprendemos todos los días nuevos enfoques y aplicaciones de la economía naranja en educación, salud, vivienda, trabajo, entre varios soportes para la adaptabilidad ecosistémica. Pues bien, así como la economía creativa o naranja ha ido logrando su propio tránsito desde el paradigma desarrollista, hacia el paradigma de la adaptabilidad ecosistémica, la economía violeta o economía sensible es, en sí misma, o se constituye como tal, en la adaptabilidad ecosistémica, porque viene con un aprendizaje milenario sobre resiliencia.

Esperar hasta el año 2186 para que ciertos niveles de igualdad de género se alcancen no tiene ninguna justificación económica, ni política, ni de ninguna otra índole cuando nos hacemos conscientes de las crisis en curso. Por otra parte, lo más probable es que no se cumplan para el año 2030 los objetivos de desarrollo sostenible, porque fueron planteados como soluciones para y bajo un sistema desarrollista. Entonces, un primer gran paso es comprender el necesario cambio de paradigma para migrar hacia una adaptabilidad ecosistémica. De hecho, ya lo están haciendo diversas comunidades resilientes en distintos puntos del globo.

Adaptabilidad y resiliencia no tienen nada que ver con un proceso revolucionario donde el “viejo orden desarrollista” tiene que ser aplastado para imponerse un nuevo orden. Son las mismas instituciones, los mismos países, sus propias economías, las mismas comunidades humanas en su más compleja diversidad las que pueden asumir la sensibilidad y la sostenibilidad como el otro nivel de consciencia para abordar los problemas presentes y las crisis actuales y futuras.

Desde un lenguaje deportivo combativo y competitivo, se podría decir que aún no ha sonado la campana, el silbato no ha dado por finalizada la partida y la economía sensible o economía violeta entra a la cancha como jugadora polifuncional, todocampista, con gran espíritu resiliente y altos niveles de adaptabilidad para las condiciones cambiantes del juego.

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