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Biden, ética y justicia climática

por 1 febrero, 2021

Biden, ética y justicia climática
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Con la administración negacionista de Trump se alcanzó un umbral en la historia de los movimientos ciudadanos por el cuidado del medioambiente. Por primera vez, tuvieron un alcance planetario. En septiembre 2019, se congregó a más de 10 millones de jóvenes y adultos en más de 190 países que expresaron su decepción ante el avance de las políticas climáticas de Trump y sus seguidores, como Bolsonaro, Morrison y otros. Estas protestas, por supuesto, también eran contra la inacción de sus gobiernos para enfrentar la crisis climática. En las declaraciones de los jóvenes quedaba claro que ellos consideran al cambio climático como un problema moral heredado de las generaciones anteriores. Por eso, exigían poner a la ética y a la justicia climática en un lugar principal al momento de formular las políticas públicas.

Este mensaje, en 2019-2020, caló hondo en todos los rincones del planeta e hizo saltar los nervios del poder político, empresarial y financiero. Biden, en oposición a Trump, lo identificó como uno de los asuntos principales de su campaña, y al inicio de su administración en enero 2021 está cumpliendo con su promesa de regresar de inmediato a EE.UU. como Parte del Acuerdo de París. Pero, atención, Trump dejó al ambiente político americano sembrado de codicia, corrupción y especulación, por lo tanto, transformar las proyectos climáticos de Biden en una realidad en el corto plazo será una tarea titánica. Sobre todo porque Trump dejó al Partido Republicano al borde del abismo y sus líderes aún no aciertan a qué atenerse. Obviamente, no quieren perder a los millones de seguidores que votaron por el “Mentiroso-en-Jefe”, más que por el partido republicano.

Con las movilizaciones climáticas de mediados de 2019, saltaron las agujas de la comodidad brindada por décadas de atontamiento, consumismo y despilfarro. El impacto fue de tal envergadura, que posteriormente ocurrieron réplicas históricas como el “estallido social” del 18 de octubre 2019 en Chile y, la última, la del “asalto” al Capitolio, en Washington el pasado 6 de enero. Algunos criticaron que, si en verdad el cambio climático implica peligros, el fanatismo de cruzado que parecían demostrar las manifestaciones, implicaba muchísimo más. Lo irónico fue que los peligrosos no resultaron ser los partidarios del clima, sino los fanáticos de sus propias filas de ultraderecha o adeptos al negacionismo, que a fin de cuentas vienen a ser el mismo engendro.

Sin duda, Biden ha sabido interpretar el mensaje y sabe que la prioridad ahora es recuperar los cuatro años perdidos por Trump desde la adopción del Acuerdo de París. Por esa razón, está impulsando con fuerza la acción climática e incentivando a las empresas para recuperar pronto la credibilidad. La realidad de los tiempos nos señala que el mayor desafío para Biden y toda la comunidad internacional es tratar integradamente tres vertientes: el ataque a la pandemia de COVID; el freno a la crisis climática; y una recuperación verde que dé sostenibilidad al sistema económico y medioambiental. Lo que significa, en otras palabras, que dentro de este conjunto de vertientes deben coexistir exigencias éticas muy profundas, a saber, el respeto de los derechos humanos, la justicia ambiental y el trato igualitario para todas las personas.

No todos somos iguales ante el desafío climático. Lo paradójico es que los países más pobres, que han emitido menos CO2 en su historia, son a menudo los más afectados por el sobrecalentamiento y los eventos climáticos extremos. Por lo tanto, el respeto de los derechos humanos debe conducir a un principio de solidaridad internacional que es el único instrumento capaz de garantizar una respuesta global a un problema global como es el cambio climático.

Estas son las razones por las cuales se llenan las calles que claman contra la inacción de los gobernantes y políticos acurrucados en los parlamentos. Hay mucho de ello en el momento que vivimos en Chile, en un período clave para elegir a los miembros de la Convención Constitucional y lo que vendrá después, cuando se inicien los debates para adoptar el texto de nuestra Nueva Constitución Política.

Las protestas, junto a la pandemia y a la crisis climática, sin duda, nos acompañarán por un buen tiempo, 2, 3 o más años, y no nos engañemos, tendrán un papel cada día más importante. De hecho, el núcleo de las protestas ya lo señaló la joven sueca Greta Thunberg, iniciadora del movimiento “La Juventud por el Clima” a sus 16 años, cuando en 2019 encaró a los políticos: “Me han robado la infancia con sus palabras vacías”.

A la juventud, se está uniendo la ciudadanía entera en muchos países protestando con vehemencia por la ineptitud de los gobiernos, la indiferencia de los empresarios y la falta de voluntad política en los parlamentos que han puesto en peligro no solo a los ecosistemas sino también han transgredido los derechos de las futuras generaciones. Se ha abierto un sitio para la ética en la mente del ciudadano. Una ética que nos tutele al momento de orientar la acción, decidir entre intereses contradictorios y fijar prioridades.

Hace bien Biden, y le deseamos en mayor de los éxitos, al poner un freno al error moral de la quema masiva de combustibles fósiles, porque involucra a grupos humanos que dañan a otros semejantes. Los humanos, también, somos los responsables de la extinción masiva de especies que sufren actualmente nuestros ecosistemas y que somos incapaces de detectar a tiempo. Las personas en el mundo desarrollado perjudican a las del mundo en desarrollo. Cada uno de nosotros está emitiendo carbono que perjudica a los que, en alguna parte de nuestro país o del mundo, están siendo golpeados por tormentas, olas de calor, inundaciones, olas de frío, megasequías, huracanes, incendios forestales, entre otros eventos climáticos extremos.

Hasta ahora el cambio climático se enfrentó solo como un problema científico o tecnológico, o como un problema económico de costo-beneficio, donde los costos de la acción debían compararse con los beneficios de evitar el desastre. Los debates se centraron en el precio del carbono, impuestos, empleos, crecimiento y tecnologías. Si bien tales cuestiones son muy importantes, el resultado ha sido débil. Hemos perdido décadas por la inacción, negación y retraso malintencionado. Hemos perdido también los primeros cuatro años desde la adopción del Acuerdo de París.

Lo correcto ahora, cuando enfrentamos un profundo y sistémico error moral, es actuar de inmediato, no debatir cuál es la política óptima para combatirlo. Lo detenemos y punto. Hasta hace muy poco, el cambio climático no era considerado un problema moral. De aquí en adelante, y con Biden, la UE y China apoyando decididamente el Acuerdo de París, eso puede cambiar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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