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Estatua de Baquedano: una mirada semiótica para un nuevo monumento

por 11 marzo, 2021

Si la balanza se llega a inclinar a favor de una resignificación del espacio urbano, estará claro entonces que el monumento a Baquedano deberá seguir honrándose, pero en un lugar más adecuado ahora, como han propuesto los mismos militares (y ya no más en la Plaza Dignidad, que será el nombre más apropiado que adquirirá la oficial Plaza Italia). Será la retirada digna del militar ante el pueblo al que se debe. En su lugar, se erigirá algo nuevo que nos convoque y represente a todos.
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Así como las palabras y otros símbolos, las estatuas están cargadas de significados. Desde la semiótica (o semiología), que es la disciplina que estudia los signos en la vida social, esto implica que las cosas no tienen un sentido fijo desde su fundación y a lo largo de su existencia, sino varios otros en el transcurso del tiempo, que se añaden a los anteriores o los sustituyen de plano. Ahora mismo, de hecho, están en formación los nuevos sentidos que dotarán de una resignificación al monumento a Baquedano. Y mientras más álgida es la discusión y los eventos en torno a la estatua, tanto más rápido se sucede ese proceso.

Más allá de lo que la entidad por sí sola signifique para los militares, las autoridades o la ciudadanía en general, la pregunta que un semiólogo agudo les formularía a todos ellos es si su localización actual es la idónea, es decir, si la misma pone en su lugar a cada uno de los significados que están flotando en el ambiente social y si se hace justicia a la intensidad con que opera en este instante –y operará en los años que sigue– cada uno de ellos.

Pongamos por caso que, como ha sostenido la esfera militar, la estatua de Baquedano es un símbolo que debería llenarnos de orgullo a todos y que, en efecto, quienes han osado vandalizarlo deben educarse al respecto, pedir perdón y reivindicar, en fin, el significado que omitían o tergiversaban. Supongamos que así ocurre. Luego, ¿cómo se resuelve el problema sígnico que entraña el nombre propio “Plaza Dignidad”? ¿Qué monumento hace justicia a esa ebullición de significados que desde el Estallido Social intentan plasmarse en una forma (o “significante”, como dicen los semiólogos)?

¿Un Baquedano rediseñado? ¿Un Baquedano 2.0? ¿Un Dignísimo Baquedano? ¿Baquedano salvando a caballo a la “princesa” Dignidad? ¿O es que acaso aquella denominación –la de “Plaza Dignidad”– corresponde a un fantasma del cual debe disuadírsenos? Y si debe disuadírsenos, ¿cuáles son los significados correctos que deben atribuírsele al Baquedano incrustado en el epicentro, por así decirlo, de la crisis social? Porque está claro que el problema para las partes no es sólo la estatua, sino el interés de preservarla en una posición determinada dentro de la jerarquía de monumentos nacionales (o bien, en ninguna parte, como han dejado en claro quienes han tratado de desmontarla o celebran el acto).

Para un semiólogo, el problema es más grande todavía si a la vandalización de la estatua sigue con el mismo desenfreno su restauración, como intentando tapar las causas o significados que le originan. En ausencia de otras acciones destinadas a reconocer esos otros significados que claman por materializarse, se trata de una forma represiva de uniformización del significado que no hace otra cosa que engendrar más vandalismo del que había, con lo cual no debe resultar extraño que ahora esmeril en mano –y al margen de las sanciones judiciales competentes– se intentara “descuartizar” al caballo del general. Nadie en su sano juicio, por supuesto, gozaría con ver ardiendo una efigie en torno a la cual había un mullido pasto y flores en el pasado. Pero la restauración por la restauración, amparada en la excusa de que el vandalismo no entraña razones, puede ser tanto o incluso más violenta si llega a tornarse una causa del vandalismo.

Según el gran semiólogo y humanista Umberto Eco, las palabras –como las estatuas y otros símbolos –son una especie de enciclopedias que contienen dentro de sí a otras muchas enciclopedias (es decir, están enlazadas a un universo de otras palabras o signos), pero que no corresponden a las colecciones de un solo lector. En el proceso infinito de formación de significados de una entidad (llamado “semiosis”), concursan también otros sujetos con sus propios repertorios. Y así, si alguien piensa en una estatua, no puede centrarse únicamente en las ideas que se cruzan por su cabeza (“Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana”, “Revolución de 1859”, “Guerra del Pacífico,” “emblema militar chileno”, “símbolo del poder gubernamental del actual gobierno chileno”, entre otros posibles) e intentar calzarlas a la fuerza en las mentalidades ajenas, sino que también debe meditar en todos los otros significados que se le achacan y cuya evidencia en el caso de Baquedano está a la vista de todos en las fotografías de la prensa. No hacerlo es truncar la potencia de la semiosis, redirigirla hacia una significación unilateral, lo que desemboca en un círculo vicioso de represión de los significados, vandalismo y restauración represiva.

Por último, un semiólogo agudo pondría en la balanza todas las acepciones canónicas de la estatua a Baquedano, de un lado, y, del otro, acepciones como “pensiones dignas”, “educación de calidad”, “igualdad y equidad de género”, “nueva constitución”, “plurinacionalidad”, etc. Enseguida plantearía a los interlocutores, que ya han tomado conciencia de los distintos significados, cuáles de ellos pesan más. Si la balanza se llega a inclinar a favor de una resignificación del espacio urbano, estará claro entonces que el monumento a Baquedano deberá seguir honrándose, pero en un lugar más adecuado ahora, como han propuesto los mismos militares (y ya no más en la Plaza Dignidad, que será el nombre más apropiado que, en estos términos semióticos, adquirirá la oficial Plaza Italia). Será la retirada digna del militar ante el pueblo al que se debe. En su lugar, se erigirá algo nuevo que nos convoque y represente a todos; quizá algo análogo a la cúpula especular del Reichstag en Alemania (símbolo de la Reunificación alemana), la cual, en el ascenso de las personas por la escalera con forma de espiral, estas se ven reflejadas por el cono de espejos, dando al conjunto una forma de “espíritu humano” en el que cada individualidad es reconocida en la totalidad. En otras palabras, si es el caso, el céntrico monumento deberá ser sustituido en tanto que signo por otro más ad hoc a los significados sociales vigentes.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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