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Negación y censura en la academia

por 9 mayo, 2021

Negación y censura en la academia
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Una oleada de puritanismo moral azota a la cultura occidental y, particularmente, a los campus universitarios. Poco falta para que la actual sed de santidad rivalice con los ideales de los cátaros y con las prácticas de la dictadura de Juan Calvino en Ginebra. Es difícil identificar el momento preciso en el cual el puritanismo progresista se elevó a los cielos y se desprendió de la condición humana. Lo que sí se puede decir es que, en la última década del siglo pasado, el conservadurismo ultramontano abrió las puertas de las alcobas y las de la conciencia individual y, una vez que lo hizo, quien ingresó fue el progresismo pacato. Tanto el uno como el otro tienen algo en común: desprecian el mundo y reniegan de la condición humana.

            Ambos olvidan que los seres humanos —al igual que la humanidad misma— deambulan cojitrancos en todos los tiempos y por doquier. Esos mismos seres humanos levantan, por aquí y por allá, ideales de perfección absoluta que nunca se alcanzan y cuanto más se esfuerzan por lograrlo más atrocidades perpetran. Sin ir más lejos, la historia del siglo veinte da cuenta de ello. No en vano sostenía un sabio florentino que la naturaleza humana no consiente tanta perfección.

            Los humanos, a fin de cuentas, somos algo así como un desgreñado ovillo de hilachas variopintas, de razones y sinrazones, pero también de pasiones de signos opuestos que cohabitan en nuestra interioridad. Y como el mundo no es un artefacto geométrico ni es plenamente racional, no existe una relación mecánica, simétrica, entre las intenciones —ya sean buenas o malas— que inspiran a las acciones y los resultados finales de éstas. Claramente, el mundo tiene una dosis de irracionalidad y, por lo mismo, no está exento de exasperantes paradojas.

            Pero quienes niegan la condición humana —los que se reputan a sí mismos de ángeles, de puros, de santos— no advierten el carácter enrevesado de la psiquis humana y del mundo. Por eso lo condenan con severidad. Los impolutos tampoco advierten que no es tan insólito que del mal salga el bien y viceversa. En tal sentido, no es del todo insensato quien dice: Viva la oscuridad para mayor gloria de la luz; o viva el Infierno para mayor gozo del Paraíso; o viva el apasionado Dionisos para mayor realce del lúcido Apolo; quien o quienes dicen eso, simplemente profieren una trivialidad.

            En la cultura de la cancelación se entrevén varias de las negaciones anteriormente aludidas, pero por sobre todas las cosas se advierte cierta negación de la autonomía del juicio, como enseguida veremos.

            Como bien se sabe, la igualdad es el valor supremo para la vanguardia progresista en el último tiempo. Si es supremo, subordina a todos los restantes. Incluidos aquellos que tenían el mismo rango que el de la igualdad, como lo es el valor de la libertad y el de la fraternidad.

            Pero el valor supremo de la igualdad suele ser pasado a llevar por la misma progresía, de manera bastante grotesca, cuando pone en entredicho la libertad académica y la libertad de expresión en nombre de los espacios seguros que, progresivamente, están comenzando a oler a claustros de pureza o, por lo menos, a reductos conventuales. Por eso no es casual que la intolerancia y una de sus manifestaciones, la censura, hayan salido del lazareto. Los guardianes de la pureza las han restaurado. Ahora no sólo suelen ser bien vistas, sino que, además, son exigidos sus buenos oficios en los campus universitarios.

            La vanguardia progresista no quiere advertir que la práctica de la censura implica cierto paternalismo y, simultáneamente, cierto infantilismo. Prácticas que tan duramente criticó cuando combatía al oscurantismo reaccionario. Quizá, dicha vanguardia se está mordiendo la cola, por lo menos en este punto.

            Es paternalista, porque el censor se arroga superioridad intelectual y moral (en ese orden de prelación) y, en virtud de tal superioridad, se asigna la misión de proteger a quienes —desde su óptica— tienen poca sal en la mollera y también a los moralmente febles. Ambos son, desde la perspectiva del censor, incapaces de darse cuenta de su propio bien. Los declara interdictos. Por eso, procede a confiscarles su capacidad de decidir por sí mismos. Así, la censura tiene por propósito proteger a quienes han sido implícitamente rotulados de inhábiles, pues ellos son incapaces de darse cuenta por sí mismos cuál es su propio bien.

            Resulta evidente que el censor siempre se arroga algún tipo de superioridad y, en tal sentido, incurre en un acto de soberbia supina. Pero lo más grave radica en el hecho de que procede a pisotear de facto el valor de la igualdad en su dimensión más esencial, a saber: el de la igualdad cerebral.

            Es infantil, porque el afán de censura también proviene de quienes se interpretan a sí mismos como sujetos emocionalmente vulnerables y, por considerarse tales, claman por protección. Los que se consideran a sí mismos frágiles invocan la figura de un protector y benefactor. Claman por una autoridad, por un padre, por un guardián. Al hacerlo se invalidan intelectualmente. Al parecer ellos no advierten que su supuesta vulnerabilidad emocional estaría antecedida —en la eventualidad de que sea efectiva— por una carencia de inteligencia natural. Inteligencia que les permitiría percatarse del peligro y eludir por sí mismos las influencias de un emisor de mensajes que ellos, paradojalmente, evalúan como nocivos. Al rebajarse intelectualmente, ellos mismos se arrojan a los pies del censor, quedando así en una posición de subordinación y, por consiguiente, de desigualdad.

            El censor opera, al mismo tiempo, como inquisidor y como protector, el cual para cumplir con su meta necesariamente debe restringir las libertades, incluidas también las de sus propios protegidos y beneficiarios. Así, se angosta la libertad y la autoridad no tarda en transmutarse en autoritarismo. Como se ve, quienes se perciben como frágiles al huir de un peligro ingresan de sopetón en otro peligro. Por cierto, más temprano que tarde, el censor —que puede ser una persona o un comité visible o invisible— procederá a expropiarles sus conciencias.

            Como decía Fiódor Dostoievski, los hombres hacen todo lo posible por librarse de las cadenas, pero una vez que logran romperlas su principal preocupación es saber ante quién tienen que inclinarse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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