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Por qué ganaron Boric y Sichel

por 31 julio, 2021

Por qué ganaron Boric y Sichel
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Ojalá que en la impenetrable soledad de la decrepitud Joaquín Lavín disponga de alguna clarividencia para examinar los acontecimientos de la reciente elección, que por primera vez discierna con perspicacia las verdades que sus ocupaciones de otro tiempo le impidieron ver, porque una temeridad inútil, un suicidio político, resultó ser la idea de infiltrarse en su primaria derechista disfrazado de socialdemócrata. Algún día recuperará la noción del espacio y tiempo y, en sobresaltos de lucidez que lo asaltarán para recordarle estoy vivo, se martirizará con la misma indagación frente al espejo: ¿por qué, sabiendo que la presidencia era lo que supuestamente te esperaba, no actuaste como debías? Aquella pregunta lo maltratará como una tortura: por qué ganó Sebastián y no yo.

Una de las interpretaciones más a la mano sostiene que demasiados advirtieron que dicha invocación de la doctrina de Eduard Bernstein no fue sincera, sino respondía sólo a un cálculo electoral, una típica estrategia de manual consistente en mezclarlo y revolverlo todo, como si la política fuese un asopao, un revoltijo donde antes, ahora y después no tienen secuencia lógica, como si una figura UDI pudiera atajar la maquinaria histórica y borrar la foto con Pinochet. Por pura y pecaminosa soberbia, y gracias a que durante meses las encuestas lo adularon, aplaudieron, endiosaron —pese a que, al primer cambio de viento, CADEM sacaría los puñales bajo la excusa de la prohibición legal de publicar por la ley 18.700—, en la candidatura lavinista pronosticaron que siempre tendrían asegurado el voto de su sector y, a fin de evitar el retorno de la izquierda al poder, intentaron ganar votantes en las subdivisiones de Yasna Provoste. La paradoja, no obstante, es que en un relámpago de honestidad intelectual Joaquín tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso abrumador de tanto pasado Opus Dei, oponiéndose así al matrimonio homosexual e inventando que las mamás lo llamaban por la marihuana de sus pibes.

Todos hemos de recordar aquella época para nada remota —sino más bien reciente— en que la derecha acumulaba derrota tras derrota, cuando acababa de producirse un pavoroso vacío y, formados en la tradición de la disciplina y total dependencia del jefe, esperaron que alguien asumiera el mando, con claridad de propósitos, por lo que era preciso adelantarse a aquellos acontecimientos, con visión de futuro, lo cual Sichel intuyó de manera instantánea. Uno podría considerar entonces que la única diferencia entre ambas cartas de Chile Vamos fue que, en lugar de la falsa máscara de Lavín, el candidato independiente ganó porque, en realidad y de hecho, ha pertenecido a ese sector centro-liberal de la DC; en cambio, se necesita la cara dura para fingir, cuestión que Joaquín no comprendió con su amago de sonrisa a flor de labios en su carita redonda, achicando los ojitos claros detrás de las espesas gafas, y, como enseñaría el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, nada suscita la necesidad de mentir en quien lo lleva a través de la sangre, como Sichel que actuó con una calma demócrata que sedó la atmósfera —a pesar de que algunos de la aldea prehistórica de JAK se prometieron a sí mismos que votarían por ese zurdo-que-dijo-que-mi-general-era-malo solamente pasando por encima de sus cadáveres y por ello le regalaron la preferencia a Joaquín, el apruebonado—.

Hay gentes conservadoras que no quieren aceptar una mutación social que estalla con estrépito y pone en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a escote, de su bonhomía y palmaditas en la espalda entre iguales, de su caridad reglamentada y a horario, de su anticlasismo en truculentas demostraciones públicas pero cómo la Lourdes se va a casar con ese picante ordinario, de su catolicismo con dividendo mensual a la parroquia de El Bosque y efemérides empujadas por ese espíritu de justicia que de pronto los posee para no acabar en el infierno junto a Salvador, de su literatura a lo Hermógenes Pérez de Arce y/o La letra escarlata, de su folklorismo en la medialuna al son de los Huasos Quincheros mientras violan a la vaca, de sus ejemplares numerados de Economía y Sociedad que no compran para informarse sino para verificar la exactitud de sus conocimientos, de la nana puertas adentro que viste delantal hasta en la playa, de sus reuniones con think tanks genuflexos y puestos de rodillas, de su patética agonía inevitable a corto o largo plazo. Pobres amigos, da lástima imaginarlos defendiendo como idiotas precisamente los falsos valores que iban a acabar con los Silva-Valdés-Délano-Guzmán-Cruzat-Fontaine o, en el mejor de los casos, con sus descendientes; para qué necesitaban una oposición de izquierda que los mandara al carajo si Piñera haría lo mismo. Mientras tanto, por un descuido que no se perdonó jamás, el estudiante a pie de la Fundación para el Progreso lloró por el derecho a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su par de bolas bien puestas, imitando a un Axel Kaiser que sufría parada de carros de un premio Nobel. Si los socialistas entendieran economía básica, no serían de izquierda sin apellido; si los derechistas comprendieran comunicación política y valores morales liberales, no serían conservadores que se la pasan defendiendo los principios de la Iglesia cuando el cristianismo burgués de su mujer no ha servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando los militares cerraban el Congreso y censuraban las publicaciones. Ahora la derecha se desvirtuó, se dio vuelta la chaqueta, se arrepintió, pidió perdón a medio morir saltando, por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza y el rechazo que son los únicos dioses vivos en su pobre sector perdido.

Si uno llevara a cabo una recapitulación infinitesimal de la carrera lavinista al poder, cambiaría por completo la opinión que siempre se tuvo de sus votantes. Se daría cuenta de que el ciudadano de índole honrada no le perdió el cariño a Joaquín a causa del endurecimiento de la polarización, como algunos creían antes, sino que prácticamente nadie nunca lo quiso. Tampoco casi nadie votó por él por idealismo, como varios del mundo UDI creían dopados en su burbuja, sino por conveniencia. Es decir que Lavín no renunció por cansancio a la victoria inminente, sino que perdió y PERDIÓ en mayúsculas por el mismo motivo de siempre: es simplemente un hombre incapacitado para el manejo de las masas. Si se le pusiera al lado de un camaleón y se les comparara, este último palidecería. Los saltos de árbol en árbol explorando dónde hay mejores y jugosos frutos ya no funcionan. Cómo nadie le avisó que en un pueblo escaldado por el escarmiento de Sebastián Piñera no había un buen porvenir para aquellos políticos profesionales que con igual desparpajo ofrecían una socialdemocracia a la chilensis y, al lunes siguiente, un régimen de vida reaccionario-integrista-cavernario para la salvación del alma y espíritu santo. Solamente entre los incautos sin culpa y quienes se dejaron convencer porque después votarían por Kast, Lavín obtuvo algunos estupendos beneficios insuficientes. La imitación de Stefan Kramer, la operación de marketing financiada por patrocinadores, la puesta en escena en La Divina Comida, la inasistencia al debate de La Red para entregar una señal inequívoca de mayoría, el remonte de aquellos ríos tormentosos que son los matinales, el discurso con ideas de John Rawls y la promesa de renovación: así se gana una elección.

En cuanto a la izquierda a secas, nadie se atrevió a anticiparle la noticia a Daniel. Una noche en que una mujer le hizo un reproche justo en pleno debate, él no supo eludir la supuesta trampa y/o poner las cosas en su puesto. Avergonzado, fingió un colapso de cólera, se declaró incomprendido y ultrajado, y de paso dio entonces una prueba convincente de machismo. Asumió una actitud tan infantil frente a la situación que fingía falsos rencores y resentimientos imaginarios, buscando el modo de que fueran los medios de comunicación quienes provocaran la derrota. En realidad, fueron los errores no forzados de su ego asqueroso. En su rostro marxista había miedo, pues quería que alguien lo sacara de la inseguridad contra la que no supo defenderse: cómo besar la boquita fruncida en mil arrugas de Fidel y acariciar los cabellos revolucionarios de don Ernesto Che Guevara cuando en la isla sí hay presos políticos —y sí hay igualdad; todos en la pobreza—. Jadue además ignoraba cuáles eran los secretos designios de aquel corazón indescifrable para cualquier buen comunista: la economía. Parafraseando al parka sin manga, los futbolistas como Alexis Sánchez ganan mucho dinero porque le pagan muy poco a los pasa pelotas y auxiliares. En fin, logró ser todo cuanto Dios había creado con su infinita bondad y que el diablo pervirtió: no sólo las encuestas, sino todo el mundo cantaba su victoria; bastó con que orinara su propio jardín, vomitando por su boca incoherencias, suspiros, palabrotas, fuego excremental en el que desahogó su amargura. En todo caso, nobleza obliga reconocerle que rebasó en pocas horas los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de su comunismo, lo cual debiera suscitar la inquietud fundada de quienes consideran aquella ideología fracasada como un símbolo de la violencia. Gabriel Boric, en cambio, se comportó con estudiada corrección. Como explicaría Carlos Peña, el daño generado por el pudor de la ex Concertación respecto a su propio pasado es algo irreparable, esto es, no habrá posibilidad de reconstituir el vínculo afectivo con aquello de lo cual se renegó tan brutalmente. La centroizquierda se siente humillada por su rol en los últimos 30 años, como si Richard Lakes no hubiese sido uno de los mejores mandatarios de la historia nacional. Lo anterior deriva en un fenómeno tipo síndrome de Estocolmo: dicho sector está emocionalmente secuestrado por el PC y el Frente Amplio. Ello se pudo advertir en la arenga de Boric al ganar, pronunciada con la voz de un líder que tiene los huevos en su sitio y sabe lo que hace, explicándole a su manada que, en las gravísimas circunstancias del país —por razones que no habría que juzgar, ya que está claro: el empresario, el capital, el patriarcado y el paco—, nuestra sociedad se hunde sin remedio en las tinieblas. Se abre, por ende, a la República una oportunidad “histórica” para el famoso cambio. Y nosotros, patriotas del frenteamplismo por vocación y profesión, tenemos el deber de actuar. El país toca fondo, puesto en cuarentena por los desafueros de un régimen que, aunque en el pasado prestó impagables servicios a unos pocos mismos de siempre, ha degenerado en un piñerismo que provoca la repulsa universal. De este modo Gabriel los exhortaba a seguirlo, a cerrar juntos el abismo que comenzaba a abrirse en octubre. Sus palabras fueron recibidas con aplausos, y si había alguien remiso, la convicción de los demás terminó por ganarlo. Ante todo, la necesidad del chileno de sentirse parte se le ha ido convirtiendo en un vicio a medida que lo devastan los años. Se ha humanizado en la identidad política, cualquiera que sea.

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