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Mal banal

por 10 diciembre, 2021

Mal banal
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En 1961 se desarrolló en Israel el juicio en contra de Adolf Eichmann. El procesado era el responsable de la deportación y ejecución de millones de judíos durante el Tercer Reich y secretario de la Conferencia de Wannsee, donde el régimen nazi adoptó la denominada “solución final para la cuestión judía”.

En el juicio Eichmann reconoció los hechos, sin embargo, se declaró “no culpable”, argumentando que actuaba cumpliendo órdenes.

Eichmann no fue una excepción. Lo más grave, escribió la filósofa Hannah Arendt, que cubrió el juicio para The New Yorker, fue que “hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que terroríficamente normales”. Arendt nos llama a poner en práctica nuestro “juicio crítico”, lo que enlaza con la idea de Kant de pensar por uno mismo, de modo independiente y sin prejuicios, a lo que se añade la necesidad de ponernos en el lugar de los demás.

En el juicio Eichmann se preguntaba a menudo “¿Quién era él para juzgar?”. Para Arendt, todos somos quién para juzgar las consecuencias éticas y morales de nuestros actos y, precisamente, la carencia de esa facultad es lo que posibilita la diseminación del mal, la violencia y su aceptación. El mal se banaliza, se torna trivial.

Como bien nos recuerda el historiador Michael Shermer “una vez que te has acostumbrado a la mentira, demonización, exclusión, expulsión, deportación, agresión, tortura y eutanasia, el paso siguiente al genocidio no parece tan descabellado”.

Así el mal y la violencia extrema reconocen pasos previos, en los que hay una estructura política e ideológica que favorece la deshumanización, el conformismo y el aislamiento entre los individuos, de modo que se nos hace muy difícil el ponernos en el lugar del otro(a).

Por ejemplo, la extrema derecha estadounidense (alt-right), lleva a cabo su actividad política valiéndose principalmente de las redes sociales, ocupando perfiles ciegos, sin contacto directo con la realidad, difundiendo mentiras, caos, incertidumbre, sesgos y estereotipos, lo que les facilita la instalación de caudillos y consignas autoritarias.

Hoy en Chile, y ante el surgimiento de partidos y movimientos populistas, nacionalistas, racistas, xenofóbicos, y homo/lesbo/transfóbicos, bien cabe retomar a Hannah Arendt y su llamado de atención ante los peligros de la irreflexión.

El problema de Eichmann no fueron sus intenciones, sino que no se detuvo a reflexionar en las consecuencias de sus actos y en las opciones que tenía. No podemos renunciar al pensamiento crítico, al diálogo abierto y a la posibilidad de conformar comunidad desde la pluralidad. Esta es nuestra única alternativa frente al mal.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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