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Conjeturas sobre la plurinacionalidad

por 17 julio, 2022

Conjeturas sobre la plurinacionalidad
Mientras la plurinacionalidad siga siendo desregulada y el foco esté puesto en desarticular tendencias mononacionalistas que sean agresivas con las minorías, viva la plurinacionalidad. Pero si se intenta regular de manera inadecuada, y por lo tanto, se rigidiza o tuerce la ya presente plurinacionalidad, entonces lo que muy posiblemente se logre será lo que se busca evitar: estimular el mononacionalismo. Es decir, no reconocer cierta hostilidad mutua que debe ser aminorada, sino excitarla para que entre en conflicto con las fuerzas antagónicas, para que se manifieste en todo su problemático esplendor. Se trata de una lógica muy grave.
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A primera vista el plurinacionalismo parece la mejor forma de convivir. ¿Qué podría salir mal con un Estado en que no una, sino varias naciones se reúnen? ¿No es acaso un paso ineludible para conseguir, en un futuro no tan lejano, un mundo en el que ya no existan naciones-estado que dividan a la humanidad? Habría que ser muy mezquino para oponerse.

Sin embargo, cuando observamos con mayor detención comprobamos lo siguiente: un Estado-nación no es lo mismo en cualquier parte del mundo. Los Estados-nación surgieron en Europa cuando las aristocracias transnacionales perdieron el poder mientras lo ganaban las mayorías populares mononacionales, cuyo primordial factor de unidad fue que hablasen una misma lengua. Los franceses hablan francés, los alemanes, alemán, los italianos, hablarán italiano, y así sucesivamente (con sus dialectos, por cierto).

Con pocas excepciones fue eso lo que primó en Europa a partir de las grandes revoluciones políticas. Antes, quienes mandaban, hablaban exclusivamente francés, por ejemplo, o latín, si se trataba de ambientes eclesiásticos o académicos.

¿Qué sucedió en América Latina, y, particularmente, en la América que habla en su mayoría español, en su variantes colombiana, venezolana, argentina, chilena, etc.? Sucedió que los Estados-nación fueron algo así como simulacros. No se organizaron en torno a lenguas comunes, exclusivas y excluyentes, sino que simplemente en torno a una especie de herencia: la de la división administrativa que impuso el Imperio Español en los siglos XVI a XIX. Por eso, los hispanohablantes podemos recorrer desde México a la Patagonia hablando una misma lengua y solo aprendiendo modismos. Es una cultura transestatal y transnacional. Imposible en Europa.

Pero falta un dato. En la América que habla español también viven pueblos cuya lengua materna no es el español. Son aquellos que responden a una cultura que bien es previa (porque estaban antes de las migraciones europeas que comenzaron a fines del siglo XV) o bien porque, en general, llegaron después de establecidas las nuevas repúblicas. Los primeros se conceptúan bajo el nombre de pueblos indígenas; los segundos como colonias (alemana, palestina, croata, etc.). Los pueblos africanos, por su parte, fueron arrastrados al continente americano hasta entrado el siglo XIX.

En ese sentido, América Latina es una región del mundo plurinacional, querámoslo o no, pero, por así decirlo, plurinacional desregulada. En ella han aprendido a convivir muchos pueblos que, hace no poco tiempo, se mataron entre sí en otras regiones del mundo, como Europa.

En nuestra América los Estados-nación, en general y al menos hasta ahora, se han mantenido, cuando no hubo guerras que redefinieron límites del mapa geopolítico, según el criterio de la división administrativa imperial. Repito, sin que el tan sensible factor de la lengua exclusiva haya pesado.

Ahora bien, ¿acaso no importa que los pueblos indígenas se hayan visto perjudicados por la versión idiosincrática del Estado-nación latinoamericano? Importa y mucho. Son innumerables los episodios en los que minorías étnicas fueron maltratadas e incluso masacradas.

¿No se justifica, entonces, que ese daño sea resarcido? Por supuesto. Para eso existen los convenios y foros internacionales y las políticas públicas destinadas al efecto.

¿No sería el plurinacionalismo una manera de ir más allá? He ahí el punto. Mientras la plurinacionalidad siga siendo desregulada y el foco esté puesto en desarticular tendencias mononacionalistas que sean agresivas con las minorías, viva la plurinacionalidad. Pero si se intenta regular de manera inadecuada, y por lo tanto, se rigidiza o tuerce la ya presente plurinacionalidad, entonces lo que muy posiblemente se logre será lo que se busca evitar: estimular el mononacionalismo. Es decir, no reconocer cierta hostilidad mutua que debe ser aminorada, sino excitarla para que entre en conflicto con las fuerzas antagónicas, para que se manifieste en todo su problemático esplendor. Se trata de una lógica muy grave.



Si Hegel elaboró una lógica de las relaciones de poder, que llamamos del amo y el esclavo, en la cual el amo inevitablemente necesita del esclavo, y por lo tanto, se hace un poco su esclavo, y, a su vez, el esclavo por esa misma razón logra alguna forma de señorío sobre aquel amo, la lógica que, en cambio, propuso el hitleriano Carl Schmitt (el archiescritor de nuestro proceso constituyente) es una en la cual, supuestamente, los enemigos, al reconocerse como tales, al desenmascararse, logran saberse antagonistas y, por lo tanto, entienden que no hay un ideal neural que los enaltezca. Bonito argumento para matarse. Lo cierto es que si la plurinacionalidad es una manera de deconstruir el conflicto histórico entre las naciones, ciertamente la manera de aplicarla no es reconcentrando a las naciones, hostilizándolas entre sí.

Derrida objeta que el enemigo es reconocible porque se ha convivido con él, es decir, precisamente porque la oposición no ha sido enteramente radical. De ahí que lo que en verdad hace Schmitt es invocar la enemistad. No es, por lo tanto, inaudito que el concepto de plurinacionalismo al que hemos asistido en la Convención sea uno que no propende a la paz entre las naciones que existieron, existen y seguramente existirán. La animadversión mononacionalista que ha desatado es una prueba de ello, relativa, como todo fenómeno de este tipo.  Valga como hipótesis.

En definitiva (y esto va dirigido especialmente a los enemigos de la plurinacionalidad): si, para efectos reflexivos, prescindimos de la tesis según la cual todos los chilenos somos una mezcla indiscernible y que, por lo tanto, el tema de la plurinacionalidad aplicado a nosotros es un embuste, y lo pensamos desde un punto de vista de más largo plazo y menos ensimismado, tal vez podemos llegar, para propósitos prácticos, a una conclusión similar, pero en una versión dialogante. En cuanto a quienes hacen de rebuscar enemigos el combustible de la vida, a esos les recomiendo organizarse para resucitar el saludable Cachacascán.

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