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Cuando la retórica política es vacía a pesar del buqué a transición democrática

por 21 marzo, 2018

Cuando la retórica política es vacía a pesar del buqué a transición democrática
Nadie en política está dispuesto a firmar cheques en blanco, a menos que se esté inmerso en un contexto de tiranía, o coacción física o moral. Por eso es que es correcto y esperable que los senadores Montes y Provoste señalen que esperan la “letra chica” para analizar si sumarse o no a cualquier pretendido consenso. Eso no es aguarle la fiesta al nuevo Gobierno, es solo un llamado a la sensatez política y al sentido común.
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El ministro Blumel se ha instalado en sus funciones con un sello dialogante y conciliador: la búsqueda de consensos que permitan sacar adelante proyectos de ley que se hacen cargo de materias en las que existen amplios acuerdos nacionales, al menos respecto de su urgencia y prioridad.

Esta búsqueda de consensos amplios puede resultar ser algo muy innovador en la retórica clásica de la derecha, pero, a decir verdad, es un argumento manido y algo vintage en la historia de la democracia chilena. Es como pretender darse un aire cool yendo a comprar antigüedades al barrio Franklin y volver a casa con un par de discos usados y una bolsa llena de cachureos de los 90. ¿Qué queremos decir? Que no basta con invocar el espíritu de trabajo conciliador de la temprana transición a la democracia; cuñas comunicacionales no son suficientes para levantar un ambiente político genuino y lubricar acuerdos en el Congreso.

Argüir que el nuevo Gobierno busca consensos políticos amplios y que se instala con un ánimo de escuchar, es una expresión de deseos tan legítima como bien inspirada, pero, lamentablemente, termina rápidamente en ninguna parte y frustra el fin que se busca, si no va acompañado de gestos claros a las fuerzas opositoras y, más todavía, si es vacía de contenidos claros y detallados.

La tarea del ministro Blumel es titánica. No la tiene fácil, pero sus primeros pasos han demostrado lucidez y desenfado propio de un genuino liberal. Eso es un buen indicio, pero el demonio habita en los detalles, y los liberales esperan que no solo “la fuerza lo acompañe”, sino que también no sea presa del mareo de altura… se me viene a la cabeza la escena donde Luke Skywalker pelea a espadas con Darth Vader… ¡que ganen los buenos!

Por una parte, una frase bien inspirada y urdida que pretende cambiar epistemológicamente el relato de la derecha que se acomodó demasiado bien en su rol de oposición en el pasado, debe necesariamente ir acompañada de puentes y gestos efectivos que tiendan lazos de confianza mutua. Así es, volvemos a la vieja palabra que nos ha venido penando por tanto tiempo: la confianza.

Lo cierto es que en la clase política lo que abunda es la desconfianza, el descrédito, no solo de la ciudadanía a sus dirigentes, sino entre ellos también. Cuando en la sala de clases nos damos cuenta de que todos copiaban, ¿a quién podremos creerle ahora?, ¿a quién le podremos pedir los apuntes? Vencer la desconfianza no se logra con muchas noches de mesas bien servidas y brindis con el mejor vino: se requiere más que eso, y un primer paso es abrir canales, reconocer y validar interlocutores líderes, valorar avances y logros, y calibrar bien la crítica, sobre todo cuando esta está fácilmente servida luego de un Gobierno tan lleno de ripios y legados.

Por otra parte, y más importante aún, es dar un contenido cierto a los objetos de consenso. Gritar a los vientos ¡que viva el consenso! y luego pretender que todos comiencen a caminar detrás como los ratoncitos de Hameln (Hamelín) es una pura ilusión infantil que denota la ansiedad del novato.

Nadie en política está dispuesto a firmar cheques en blanco, a menos que se esté inmerso en un contexto de tiranía, o coacción física o moral. Por eso es que es correcto y esperable que los senadores Montes y Provoste señalen que esperan la “letra chica” para analizar si sumarse o no a cualquier pretendido consenso. Eso no es aguarle la fiesta al nuevo Gobierno, es solo un llamado a la sensatez política y al sentido común.

Sin embargo, hay un asunto adicional que el ministro Blumel no aclara y que su llamado al consenso necesita para ser completo: ¿es este un consenso derivado del razonamiento colectivo con la oposición, o de un ejercicio de fuerzas políticas para lo que las mayorías en el Congreso determinarán dónde está la línea exacta de ese pretendido consenso?

Lo cierto es que el fracasado constructo llamado Nueva Mayoría fue majadero en intentar pasar máquina aprovechando la cilindrada de la famosa retroexcavadora. Veamos dónde terminó la faena: con un conglomerado político reventado y quebrado, y lavándose las heridas después de una dura derrota electoral.

Intentar jugar con los votos volantes de uno que otro diputado y senador independiente o díscolo, o aprovechar fricciones entre los despojos de la Nueva Mayoría y el Frente Amplio, puede ser un método de articulación morbosamente atractivo, ¡qué duda cabe! Pero no será rentable en el largo plazo.

Si el ministro Blumel quiere ser consistente con su invitación, debe abrirse a un diálogo genuino y estar también preparado a dejarse convencer. La derecha liberal debe estar abierta al debate de razones y políticamente empática para ir por aquellas reformas que sintonizan con la gente, no con la élite ni con el relato que pretenden sus propios caudillos.

La tarea del ministro Blumel es titánica. No la tiene fácil, pero sus primeros pasos han demostrado lucidez y desenfado propio de un genuino liberal. Eso es un buen indicio, pero el demonio habita en los detalles, y los liberales esperan que no solo “la fuerza lo acompañe”, sino que también no sea presa del mareo de altura… se me viene a la cabeza la escena donde Luke Skywalker pelea a espadas con Darth Vader… ¡que ganen los buenos!

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