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Pilar Armanet y la crisis de los rectores

por 28 marzo, 2018

Pilar Armanet y la crisis de los rectores
Decretos con fuerza de ley, impuestos desde el Poder Ejecutivo de la dictadura de Augusto Pinochet, por allá por el año 1981, configuran el poder que tiene hoy (2018) una gran mayoría de los rectores de las actuales instituciones universitarias en nuestro país. Impresionante. En 1981, la Dirección de Educación Superior del Ministerio de Educación impuso un Proyecto de Estatuto Universitario “modelo”, una grilla orgánica que muchas de las universidades ha seguido hasta el día de hoy de forma inalterable, con intentos cansinos –eso sí– de búsqueda de otros estatutos orgánicos. Ciertamente, después del año 1989, las instituciones han tratado de generar una “cultura” distinta a la heredada, pero la verdad es que, aunque no se crea, la –llamémosla así– “Carta Magna” de muchas de las universidades chilenas, sigue siendo el “estatuto-patrón” (Cox, 1990) de la dictadura de Pinochet. Escandaloso. Impresionante.
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El conflicto que representa Pilar Armanet es muchísimo más de fondo, pero muchísimo más que lo que significan su propia persona y militancia política versus sus convicciones ideológicas (neoliberales o no). Que si se expulsa o no del PPD es, realmente, un tema muy menor. También la coyuntura del Tribunal Constitucional (TC).

Armanet es la representación casi pragmática de la crisis que viven hoy los rectores en las universidades chilenas.

Es cierto, la coyuntura hoy es el lucro y en eso estamos todos entendiendo el mensaje de ‘no más lucro’ en la educación. En eso estamos todos detrás de una visión que, ni con mucho, se ha conseguido todavía ni en el sistema escolar ni menos en la educación superior. Eso muy en principio. Pero, en rigor, las consignas levantadas por el segundo gobierno de Michelle Bachelet –la gratuidad por ejemplo– no pasan el test de ser meros eslóganes, pues se trata, nada más y nada menos, en ese caso, de un voucher que asegura a cierto tipo de instituciones, y que no son precisamente las instituciones públicas del Estado, un financiamiento estable y seguro. Véase la gratuidad de la Universidad Autónoma, por ejemplo.

Pero, claro, la coyuntura hoy es el lucro en el TC; sin embargo, más allá de ese tornado, sigue latiendo un conflicto de fondo. La coyuntura hoy es Pilar Armanet y su deseo de salvar los intereses de los tiburones del lucro en las universidades. Cuidar su boliche, la de su corporación y las del resto. Pero la verdad es y se trata de una coyuntura menor, una coyuntura, por ejemplo, que le sirve al frenteamplismo y al mundo progre biempensante, casi como caído del cielo, para ordenarse y encontrar siquiera un norte político y un enemigo. Pero eso es un espejismo cortoplacista.

Durante los últimos años, las rectorías, en tanto institucionalidad, se han visto seriamente dañadas en la imagen pública. Se ven como un grupo de poder en el que cada cual “tira” para su propio lado y nadie “tira” para el lado del país, la sociedad, la ciencia, las humanidades, la educación y la cultura. Son guardianes de intereses, claramente. Y en ese sentido tienen una conciencia “salvífica” de sí y de su puesto en el cosmos universitario… Un rector cree predicar los domingos la sociedad liberal biempensante. El otro cree predicar el resguardo de lo público y del Estado. El otro cuida como hueso santo los intereses espirituales de la curia romana. Pero no vemos una cohesión, y no la veremos porque los rectores son parte “del modelo”, es algo que todavía recién está empezando a notarse con más vehemencia, y es un factum: han sido y son parte del modelo. No podría ser de otra manera. Son parte de aquella “forma institucional” que también hay que repensar cuando decimos que queremos superar el neoliberalismo en educación.

El conflicto tiene que ver, en realidad, con el sentido de la institucionalidad que conocemos con el nombre de “rectoría”.

Digámoslo coloquialmente: ¿acaso no hay un grupo de rectores que tira para el lado del “no al aborto”?; ¿acaso no hay otro grupo que tira para el lado de “las universidades privadas son también públicas”?; y más, ¿acaso no hay todavía otro grupo que tira y afloja (afloja más que tira) desde un consorcio de universidades públicas hacia los proyectos de sus propias corporaciones?... y así suma y sigue.

Durante los últimos años, las rectorías, en tanto institucionalidad, se han visto seriamente dañadas en la imagen pública. Se ven como un grupo de poder en el que cada cual “tira” para su propio lado y nadie “tira” para el lado del país, la sociedad, la ciencia, las humanidades, la educación y la cultura. Son guardianes de intereses, claramente. Y en ese sentido tienen una conciencia “salvífica” de sí y de su puesto en el cosmos universitario… Un rector cree predicar los domingos la sociedad liberal biempensante. El otro cree predicar el resguardo de lo público y del Estado. El otro cuida como hueso santo los intereses espirituales de la curia romana. Pero no vemos una cohesión, y no la veremos porque los rectores son parte “del modelo”, es algo que todavía recién está empezando a notarse con más vehemencia, y es un factum: han sido y son parte del modelo. No podría ser de otra manera. Son parte de aquella “forma institucional” que también hay que repensar cuando decimos que queremos superar el neoliberalismo en educación.

En este contexto, lo de Armanet es legítimo, normal y propio de esa institucionalidad: es lo que haría cualquier rector en su posición, cuidar intereses. Mentalidad tecnocrática. Mentalidad neoliberal o, mejor dicho, “ethos neoliberal”.

No es solo “la rectora” Pilar Armanet la que está en la zona de conflicto, es “la institucionalidad rectoría”, la que pide a gritos ser desplazada por otra forma de ejercicio del poder y régimen de gobierno universitario.

Estoy de acuerdo: el Tribunal Constitucional y la Constitución misma, muestran su peor rostro en esta coyuntura. Pero solo estoy diciendo algo que fenomenológicamente también es relevante para entender la ecuación: no es solo el Tribunal o la Carta Fundamental, son también los rectores los que están en crisis.



Voy a decir algo escandaloso. Decretos con fuerza de ley, impuestos desde el Poder Ejecutivo de la dictadura de Augusto Pinochet, por allá por el año 1981, configuran el poder que tiene hoy (2018) una gran mayoría de los rectores de las actuales instituciones universitarias en nuestro país. Impresionante. En 1981, la Dirección de Educación Superior del Ministerio de Educación impuso un Proyecto de Estatuto Universitario “modelo”, una grilla orgánica que muchas de las universidades ha seguido hasta el día de hoy de forma inalterable, con intentos cansinos –eso sí– de búsqueda de otros estatutos orgánicos. Ciertamente, después del año 1989, las instituciones han tratado de generar una “cultura” distinta a la heredada, pero la verdad es que, aunque no se crea, la –llamémosla así– “Carta Magna” de muchas de las universidades chilenas, sigue siendo el “estatuto-patrón” (Cox, 1990) de la dictadura de Pinochet. Escandaloso. Impresionante.

Es la crisis del modelo de gobernanza de las rectorías universitarias chilenas, enlazada como una unidad, con la crisis neoliberal de la sociedad, la cultura, la ciencia, la educación, las humanidades, la filosofía… y el ethos global del Chile postdictadura y del Chile post-Concertación.

Luis Huerta advertía el otro día en El Mostrador: “El poder en las universidades estatales, regidas por los estatutos promulgados en dictadura en 1981, se ha ejercido de una manera que no ha hecho fácil la disidencia ni menos que aquella logre plasmarse exitosamente como una alternativa válida para la conducción de la universidad. Es así que la permanencia de un mismo rector en el cargo ha contado con la posibilidad de extenderse indefinidamente, si aquel hace su trabajo relativamente bien o no incurre en graves desaciertos.”

¡¿Su trabajo relativamente bien?! Por favor, ¿cuál trabajo?... Por eso insisto: Pilar Armanet es la representación performativa de la crisis que viven hoy los rectores en las universidades chilenas.

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