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OPINIÓN

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La breve eternidad de Latinoamérica: poder, el Mundial y crisis

por 6 junio, 2018

La breve eternidad de Latinoamérica: poder, el Mundial y crisis
Para la mayoría de las elites políticas, la Copa Mundial de Fútbol constituirá una pausa de casi un mes, que será dominado por las hazañas de nuestras selecciones. En algunos países se demoró demasiado, quizás para la administración Macri lo mejor hubiera sido resistir los vaivenes del dólar hasta dicho certamen deportivo, quién sabe. El inseguro presidente Vizcarra verá como bendición esta pausa. No cabe duda que al gobierno nicaragüense le pesará en estos días no haber clasificado.
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Trabajar en prospectiva ya es algo desafiante, ¿se puede delinear el futuro? Complejo. Pero hacerlo en América Latina es más desafiante aún, y no es algo solo cultural, contribuye también la débil institucionalización que caracteriza al continente. Tierra de donde lo más seguro es que quién sabe. René Zavaleta lo resumía con su sabia afirmación de que “en América Latina la eternidad es muy breve”.

El final del primer semestre abre un abanico de posibilidades que incidirán con fuerza en el devenir próximo. En esta entrega asumiremos tres temas: el cierre de las campañas electorales en Colombia y México, las dificultades del multilateralismo regional y, no podía faltar, lo que más interesará a millones de latinoamericanos a partir del 14 de junio: la Copa Mundial de Fútbol.

El cierre de campaña en Colombia y México

Como señaláramos en la entrega anterior pasaron a segunda vuelta el derechista Iván Duque, con casi el 40% de los votos, seguido de Gustavo Petro, candidato de centroizquierda que obtuvo un 25%. Muy cerca de él quedó el ex gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, con votación muy parecida. Fajardo lideró las preferencias hasta hace pocos meses y se vio sobrepasado por los dos ya mencionados.

Dato interesante es que tanto Duque como Petro ganaron sus postulaciones en sendas primarias de sus respectivos sectores. No así Fajardo, que no aceptó el llamado de los liberales de concurrir a una consulta de las fuerzas de centro. ¿Moraleja? Las primarias parece que ayudan: movilizan bases, permiten dar a conocer a los candidatos a la ciudadanía, hacer una virtual precampaña y, sobre todo, reclutar “infantería”. Lección que también entregaron las pasadas elecciones chilenas cuando los entonces partidos oficialistas se negaron a realizar una primaria.

La segunda vuelta es una moza joven en la política colombiana. Y en sus cortos años demuestra que es buena latina: poco predecible. Veamos.

En este cuadro, lo que se observa es que la polarización venezolana terminó polarizando a los organismos multilaterales, cuando la lógica diplomática indica que estos últimos deberían haber trabajado en una solución política. Una de las explicaciones radica en la utilización del tema Venezuela en la agenda doméstica, especialmente en tiempos electorales: así el fantasma del “castro-chavismo” ha sido la posverdad con la que se pretende acorralar a Gustavo Petro y a AMLO. En Chile, a fines del año pasado, se acuñó el término “Chilezuela”.

En las elecciones presidenciales del 2010, votaron en la primera vuelta 14.7 millones de ciudadanos, que representaron el 49.2% del padrón. Algo habitual en la política colombiana, que siempre ha tenido una baja participación. Pero en la segunda vuelta votaron menos: 13.2 millones, con un 44.3%. El presidente Juan Manuel Santos, con el apoyo de liberales, el llamado partido de la U y con el tremendo apoyo del saliente presidente Álvaro Uribe, obtuvo más de 9 millones de votos, aplastando a su centrista rival en segunda vuelta, Antanas Mockus.

La cosa fue distinta cuatro años más tarde, para reelegirse el presidente Santos tuvo que enfrentar la fuerte oposición del derechista Óscar Iván Zuloaga, quien ganó la primera vuelta. En dicha primera vuelta votaron 13.2 millones de colombianos, pero en la segunda fueron a votar 15.7 millones, lo que representó el 47.8 % del padrón.

Santos esta vez descendió a cerca de 7.800.000 sus electores, pero le bastó para derrotar a Zuloaga. Las negociaciones de paz con las FARC fueron uno de los epicentros del debate.

Hoy en día, en la primera vuelta votó mas del 53% de los inscritos, 19.6 millones de ciudadanos, de un total de inscritos de 36.7 millones. Es decir, subió el nivel de votación, aunque el porcentaje sigue siendo bajo.

Duque logró 7.5 millones de sufragios, Petro 4.8. La gran pregunta es por quiénes votarán –o si votarán– los cerca de 6.5 millones de colombianos que optaron por candidatos que no pasaron a segunda vuelta. Interesan en especial los cerca de 4.5 millones de votantes que lo hicieron por Fajardo, en teoría más afines a Petro que a la derecha.

Después de la primera vuelta, los principales partidos tradicionales han declarado su apoyo a Duque, incluidos los liberales, hasta hace poco acérrimos opositores al uribismo. Su líder, el ex presidente Gaviria, reconocía que a veces la política no es consistente.

Por su parte, Petro ha obtenido el apoyo mayoritario de los Verdes y de sus ex camaradas del Polo Democrático. Tanto Duque como Petro tratan de desarmar a los principales fantasmas de los que los acusan. Petro promete que no convocará a una Asamblea constituyente (que suena mucho a chavismo) y Duque, por su parte, promete que no cambiará radicalmente los términos del proceso de paz.

En la campaña, en sus dos vueltas, ya no está el tema de la guerra, de qué hacer con las FARC. Era un asunto real en las décadas pasadas. Han sido reemplazados por la posverdad. La derecha azuza el fantasma del “castro-chavismo” y que, de ganar Petro, se vendría otra Venezuela, algo muy sensible en Colombia. La izquierda por su parte agita con el retorno del paramilitarismo y el incremento de la corrupción.

Una lectura con los datos de hoy, augura una victoria para Duque, pero también una fuerte votación de la izquierda. Si los apoyos ofrecidos se concretan, Duque tendría también mayoría parlamentaria, con un gran bloque donde estarían los conservadores, los liberales, los uribistas, la gente de Germán Vargas y lo que queda de santismo. No es poca cosa. Sería un gobierno fuerte. Pero enfrentaría una sociedad polarizada.

Si la participación electoral se mantiene, nos hablaría de una nueva Colombia: más urbana que rural, más participativa y más independiente de los caudillos locales (“la maquinaria”, como dicen en Colombia). ¿Cuánto de eso tiene que ver con una población más joven, más informada, más en redes?

Veamos la campaña mexicana.

Aquí hay más claridad electoral (otra cosa será la realidad de poder poselecciones).

Andrés Manuel López Obrador crece día a día en casi todas las encuestas, a su vez, todas colocan en segundo lugar al frentista Anaya y lejano en tercer término al candidato apoyado por el PRI (no es militante), José Antonio Meade. AMLO gana en casi todos los Estados de la República, más allá de sus tradicionales bastiones de la capital y del sur.

Se estaría produciendo un efecto de apuesta por el caballo ganador, y lo que queda de bases del PRD se estaría trasvasijando con entusiasmo a Morena, el partido de AMLO. Algo parecido sucedería con buena parte del voto priista en provincias.

Además de la debilidad de sus competidores, AMLO se fortalece en primer lugar por la trasparencia que exhibe, en un medio donde la corrupción ha ido de la mano de la política. Además, tiene opositores que terminan favoreciéndolo: cada vez que Trump dice una salvajada contra los inmigrantes, indigna a la sociedad mexicana. Recientemente, grandes empresarios han manifestado públicamente su oposición al triunfo de Morena.

Si el resultado electoral está cantado, al menos a nivel presidencial, otra cosa serán las parlamentarias, se abrirá una nueva fase: el largo periodo entre el 1 de julio y la toma de posesión en diciembre.

Este virtual semestre de gobierno electo, que perdura desde los tiempos del “carro completo” priista, le permitía al nuevo presidente negociar, acomodar, auscultar el amplio abanico del entonces partido de Estado. Las diferentes tribus se acomodaban tras el liderazgo del nuevo Tlatoani.

Pero ahora estamos en otros tiempos, ya no hay partido de Estado y tenemos un maltrecho pero real sistema de partidos. El presidencialismo de antaño se ha debilitado en aras de la democracia, pero el resultado ha sido la autonomía relativa de los gobernadores, que a menudo conforman un transversal Comité Central de Gobernadores que negocian con el Ejecutivo lo más sagrado del sistema: el Presupuesto de la Federación.

Cuadrar la caja en México no es fácil, bueno, casi en ninguna parte es fácil –exceptuando regímenes como Corea del Norte–, pero convengamos que en algunos casos es más difícil.

Otro tema no menor para la nueva administración serán sus relaciones con EE.UU. En especial, lo referido a la renegociación del TLC. Es obvio que después del 1 de julio, la administración de Peña Nieto tendrá que considerar la opinión del gobierno electo. Y este es un punto central en esa negociación.

No solo serán complejas sus relaciones con EE.UU, como señalábamos, al interior de México deberá construir algún nivel de entendimiento con el empresariado. AMLO posee varias cartas para ello, pero una de las principales son los oficios de Alfonso Romo, empresario regiomontano que lo acompaña a todas desde hace años. Y como señal a la comunidad internacional, ha dicho que piensa en la actual ejecutiva de CEPAL, Alicia Bárcena, como su embajadora ante la ONU.

Así, salvo imprevistos, el “Peje” será el próximo presidente de México, y probablemente sea uno de los sexenios en el cual las expectativas serán mayores que nunca.

De este modo, un eventual triunfo de Iván Duque en Colombia va a ser interpretado por muchos como la consolidación del fin de la era izquierdista de América Latina, pero AMLO desmentirá esta tendencia pocas semanas después. ¿Conclusión? América morena seguirá siendo imprevisible y diversa.

La bancarrota del multilateralismo regional

Un experimentado internacionalista regional comentó una vez que no había nada más resistente que un organismo internacional latinoamericano. Cuando uno no funciona, es superado por la historia o las circunstancias, entonces, los latinoamericanos, creamos otro organismo, pero… mantenemos el anterior. Así, se van sumando como capas geológicas uno tras otro, construyéndose de este modo un abanico de organizaciones que se superponen en sus atribuciones, aunque permitan mostrar los matices, en lo cual la región es muy generosa.

Tenemos un organismo hemisférico septuagenario, la OEA, surgida en tiempos de posguerra y que tiene una historia que va desde apoyar la invasión a Santo Domingo en 1964 hasta invitar a Cuba a volver a su seno. Es el espacio en el cual los latinos y caribeños pueden dialogar directamente con EE.UU. y Canadá. Hace algunos años surgió la CELAC, compuesta solo por latinos y caribeños, y no están los países “OTAN”.

Cada subregión posee su propia organización, aunque en algunos casos, además de la concertación política, se proponen mecanismos y rutas de integración: Caricom, SICA. Y está Unasur, más reciente, que emerge como fórmula de concertación política, dejando los afanes económicos a otros organismos más especializados, desde la ALADI, hasta los pactos como Mercosur y la Alianza del Pacífico: ambos acompañan a un organismo que subsiste pese a los vaivenes del tiempo, como es la Comunidad Andina, que incluso tiene su Parlamento, que carece de imperio, pero posee un gran edificio en Bogotá.

Qué decir de las Cumbres, pero, bueno, eso es otra historia. La validez de los organismos se reflejan en momentos de crisis, y desde hace rato las principales crisis de la región han sido resueltas por organismos ad hoc: las guerras centroamericanas tuvieron la mediación del llamado Grupo Contadora y los Acuerdos de Esquipulas; la guerra de Ecuador y Perú tuvo la facilitación de los países garantes del Protocolo de Río; Malvinas se resolvió militarmente; la paz colombiana fue producto de un diálogo directo con el acompañamiento de Cuba y Noruega, apoyados por Venezuela y Chile, en fin.

Hoy el desafío principal está en la crisis venezolana, que ya desborda sus fronteras vía migración. Los organismos multilaterales han tomado partido en vez de construir una solución. El pacto social venezolano se resquebrajó y la economía qué decir. El resultado es que no hay consenso entre sus principales actores políticos, la oposición dividida no logra construir una fórmula de salida y el gobierno no consigue convencer más allá de sus partidarios de que posee la legitimidad estatal.

En el horizonte se avizora una gran dificultad: la persistencia de la crisis venezolana sin solución política, que en el segundo semestre coexistirá con la instalación de un gobierno de derecha en Colombia que no oculta sus simpatías con la oposición venezolana.

En este cuadro, lo que se observa es que la polarización venezolana terminó polarizando a los organismos multilaterales, cuando la lógica diplomática indica que estos últimos deberían haber trabajado en una solución política. Una de las explicaciones radica en la utilización del tema Venezuela en la agenda doméstica, especialmente en tiempos electorales: así el fantasma del “castro-chavismo” ha sido la posverdad con la que se pretende acorralar a Gustavo Petro y a AMLO. En Chile, a fines del año pasado, se acuñó el término “Chilezuela”.

La proyección es que los organismos multilaterales seguirán en su abanderización, la OEA será el espacio para el llamado Grupo de Lima, y la CELAC lo será para los países del ALBA. Unasur está neutralizado. Lo peor es que en ausencia de una solución política se abre el espacio para una solución de fuerza. El pacto social resquebrajado y los principales actores políticos, en lógica de exclusión del otro, solo llevan a incrementar la polarización.

Pero no es todo, la hiperinflación desestabiliza más que la oposición. Las cifras ya no dan cuenta de la desarticulación cotidiana. Curiosamente, las presiones de EE.UU. contra Irán por el programa nuclear han afectado a su comercio petrolero, lo que explicaría el alza del crudo y la consiguiente alza de divisas para los países exportadores, entre ellos, Venezuela.

Un estallido social no es un horizonte lejano, de desencadenante más socioeconómico que político, tipo Caracazo. ¿Quién podrá imponer orden en esa situación?

La pausa mundialera

Tomemos nota, miremos el calendario y veamos cómo se vienen los partidos del Mundial y esos días no se podrá programar nada serio en nuestra región. Ocho países de la región concurrirán a las estepas rusas: México, Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Brasil, Argentina y Uruguay nos representarán en la principal fiesta deportiva. Tres de cada cuatro latinos tendrán a su selección en la Copa del Mundo. Se suspenderá la lucha de clases y muchas otras cosas más.

Dos países estarán en campaña electoral o saliendo de ella. El Mundial de Rusia arrancará el 14 de junio y durará hasta mediados de julio. Los colombianos van a segunda vuelta el 17 y los mexicanos elegirán a su presidente el 1 de julio. Los brasileños tienen elecciones en octubre, así que verán tranquilos el Mundial, tregua nacional.

Para la mayoría de las elites políticas constituirá una pausa de casi un mes, que será dominado por las hazañas de nuestras selecciones. En algunos países se demoró demasiado, quizás para la administración Macri lo mejor hubiera sido resistir los vaivenes del dólar hasta dicho certamen deportivo, quién sabe. El inseguro presidente Vizcarra verá como bendición esta pausa. No cabe duda que al gobierno nicaragüense le pesará en estos días no haber clasificado.

Y ese es otro efecto, los que no clasificaron no tendrán este tsunami comunicacional futbolero y su agenda proseguirá con todos sus altibajos: Evo Morales tendrá que explicar mejor a su ciudadanía la inauguración y sobre todo el costo del nuevo palacio de gobierno, suite presidencial incluida, amén de enfrentar la protesta de su otrora sólido bastión de El Alto. Las maras en Centro América no tendrán distractivos mayores y el movimiento feminista chileno y los estudiantes seguirán poniendo a prueba la capacidad de maniobra del gobierno de Piñera, quien trata de instalar su agenda. Los guaraníes tendrán cambio de mando y en Ecuador el presidente Moreno persistirá en el nuevo rumbo que lo diferencia cada vez más de la herencia del ex presidente Correa.

A modo de conclusión

Los días que se vienen son fiel reflejo de los dichos de Zavaleta, la eternidad es muy breve en América Latina: poder, fútbol, crisis, son los contenidos de la coyuntura por venir, pero ese futuro inmediato se construye hoy.

Los eventuales triunfos de Duque y AMLO serán arrasados por el festival mundialero, pero como EE.UU. no vibra con el balompié como el resto, es probable que las señales que de allí emerjan mantengan su ritmo y su rumbo de inquietud para empresarios, migrantes y diplomáticos latinoamericanos. Si el proteccionismo abre paso a retaliaciones comerciales, no serán tiempos fáciles. Asimismo, la dureza en el tema de migración puede acentuarse con ocasión de las elecciones parlamentarias estadounidenses de fin de año. Lo más inmediato: el TLC de América del Norte.

En el caso de la crisis venezolana y los organismos multilaterales, es evidente que, si se lograse construir un camino de diálogo para superarla, ese camino surgirá o de un mecanismo ad hoc (una especie de Grupo Contadora) o de Naciones Unidas, o alguna de sus agencias.

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