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OPINIÓN

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La rebelión del cardenal Medina

por 15 junio, 2018

La rebelión del cardenal Medina
El cardenal roza la acusación de impostura contra el Papa. La deja flotando e insiste en la ‘inmadurez’ de su empeño. No lo acusa directamente de infidelidad, pero lo deja a las puertas de la herejía. El inquisidor que habita en Medina advierte a los suyos que deben estar alertas para defender la verdadera fe en contra de los desvaríos de las ‘actuales’ autoridades de la Iglesia católica.  
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Finalmente, el cardenal Medina salió a la palestra en una columna en El Mercurio. Su discurso habla de los ‘hechos dolorosos en la Iglesia’, sin decidirse entre el dolor sufrido por la institución y el dolor causado a las personas. Esa indecisión es solo una estrategia discursiva. El cardenal no ve a las víctimas, no las nombra ni le interesan.

Medina dice escribir en medio de noticias ‘ingratas’. Para alguien que lo espera todo de la gracia, la ‘ingratitud’ no es lo poco grato, es lo desagradecido mismo ante el don de Dios; lo desgraciado es la humanidad, mirada desde lo alto. Los ingratos son los que han roto el pacto de fidelidad criticando a la Iglesia católica, que es Santa a todo evento. Incluso lo era en el siglo X, dice el cardenal. En ese siglo, según una publicación católica, Roma alcanzó los niveles más bajos de degradación y corrupción. Aun en esos tiempos, según Medina, esta Iglesia seguía siendo Santa, no por su humanidad sino por su divinidad; “Es Él quien es nuestra peña, nuestra roca, y no los hombres que en ocasiones claudican y pueden no estar a la altura de las circunstancias”.

¿No habla del Papa explícitamente? Sin dudarlo, se refiere al Papa y a todos los hombres de Iglesia que son débiles en la defensa de la fe, pero, en especial, habla del que se presenta como la piedra sobre la que Él construyó su Iglesia.

El llamado a la rebeldía

El cardenal roza la acusación de impostura contra el Papa. La deja flotando e insiste en la ‘inmadurez’ de su empeño. No lo acusa directamente de infidelidad, pero lo deja a las puertas de la herejía. El inquisidor que habita en Medina advierte a los suyos que deben estar alertas para defender la verdadera fe en contra de los desvaríos de las ‘actuales’ autoridades de la Iglesia católica.

Esta carta debe ser leída por todos para entender la relación directa entre la Iglesia de Medina y las conductas abusivas e indiferentes de la fe señorial que la sustenta. La Iglesia que se despide no ve a los hombres y mujeres que han sufrido por su causa; solo tiene una mirada tierna para las estructuras autorreferentes que confirman su soberbia y su impasibilidad ante cualquier abuso o acto de amor humano.

Para el cardenal, la ‘obra cumbre de la salvación de la humanidad’ es la muerte de Jesús, no el milagro de la resurrección. El núcleo de su fe es el sacrificio de una muerte, no la gracia de la vida. La fe, dice, ‘no se fundamenta en el rostro humano de la iglesia ni en sus deficiencias’, sino en el señorío de Dios. La desconsideración explícita de lo humano desafía abiertamente la autoridad del Papa en nombre de ‘elementos que hay en la iglesia que ella no tiene autoridad para cambiar’. Habla, entonces, del canon de las Escrituras, de los ritos esenciales, de los contenidos de la fe y de la estructura sacramental del culto. Todas configuraciones instaladas por mano del hombre, cristalizadas a lo largo de siglos y elevadas a la categoría de dogmas e inspirados en una memoria burocrática que funciona como un Estado celestial.

El llamado de Medina a la rebeldía llega hasta el condicionamiento de la obediencia debida al Papa. Todavía no hay ruptura, pero ya hay falta de respeto, incluido el reconocimiento al ‘particular estilo’ de fidelidad al Evangelio del ‘actual Papa’.

La frontalidad de Medina se complementa con la cantinela del AyaAy, compungido y oportunista, con que Ignacio González se apropia de los discursos del Papa mientras apoya al intachable obispo Duarte de Valparaíso, finge haber protegido a las víctimas en la Comisión que ahora preside y escala posiciones en la jerarquía para emplazar a Ezzati.

Retorno a la Iglesia señorial

Medina y los suyos no dan crédito alguno a la humanidad y a la compasión en la Iglesia. Para ellos, la Iglesia ha sido atacada injustamente y las acusaciones han sido acogidas por ‘inmadurez’ del Papa. Todo esto se ha tratado solo de ‘deficiencias reprobables pero puntuales, aunque hayan sido reiteradas’.

Esta carta debe ser leída por todos para entender la relación directa entre la Iglesia de Medina y las conductas abusivas e indiferentes de la fe señorial que la sustenta. La Iglesia que se despide no ve a los hombres y mujeres que han sufrido por su causa; solo tiene una mirada tierna para las estructuras autorreferentes que confirman su soberbia y su impasibilidad ante cualquier abuso o acto de amor humano.

Todo confluye en la figura y en el discurso de Medina. La complicidad de esa Iglesia con la dictadura. La manga ancha para pedófilos y abusadores. La comunión en el abuso. La esclavitud literal de las ‘esclavas de Cristo’. El clasismo y su elitismo natural. La versión más descarnada del patriarcado. La que pide respeto pero no da tregua.

La carta de Medina es un llamado al reagrupamiento de la Iglesia inquisidora, indiferente y dogmática. Esa Iglesia esta siendo llamada a un regreso que no va a Jesús sino a la clandestinidad de la secta que intercambia privilegios e inmunidades –tal como pedía Karadima– mientras se prepara para la reconquista o para el cisma.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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