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La Haya y Bolivia, el jolgorio medieval del día después

por 3 octubre, 2018

La Haya y Bolivia, el jolgorio medieval del día después
Es un hecho que Chile carece de institutos públicos de estudios sobre Argentina, Bolivia, Perú, además de otras realidades o situaciones. No tiene un Instituto de Estudios Estratégicos y, hoy por hoy, tenemos incluso una crisis de los servicios de inteligencia que incluye a gente presa o total judicialización laboral, como ocurre con la ANI. Tampoco tenemos iniciativas ciertas que eliminen los malditos escritorios en la Cancillería, ni una Academia Diplomática que sea un verdadero instituto de formación profesional. Ahí está la orden del día después de La Haya y no en la pachanga medieval que ha organizado la política, pues solo dimos un paso positivo, pero el problema va a continuar.
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El multilateralismo internacional se ha debilitado en los últimos años. Pueden citarse múltiples causas, pero lo importante es que ello viene acompañado de un cambio sustantivo acerca de lo que los Estados deben hacer en materia de su función diplomática. No solo para solucionar controversias con terceros, sino para enfrentar parte de la complejidad de las relaciones internacionales en la era de la globalización, y para alcanzar, efectivamente, el cumplimiento de los intereses nacionales del país.

De ahí que de nada vale esa especie de jolgorio medieval y las mutuas felicitaciones de la elite, que incluyen agradecimientos del canciller Ampuero al Presidente Piñera (sic), por el éxito alcanzado frente a Bolivia en La Haya. Por el contrario, debiéramos alegrarnos discretamente de que la enrevesada postura de Bolivia, que fue en su oportunidad acogida a trámite, no haya sido entendida ni atendida en absoluto por los jueces internacionales. Lo que correspondería a continuación es ponerse a trabajar duro en diplomacia de tercer milenio, en inteligencia estratégica nacional vis a vis con nuestros intereses como país, y a fortalecer los instrumentos con los que el Estado de Chile debe concurrir todos los días al medio internacional a perseguir sus propósitos.

En menos de 10 años Chile ha pasado por dos instancias decisivas en el Tribunal Internacional de La Haya, ante Perú y Bolivia, y tiene pendiente otro juicio con este último país por el Río Silala.

Chile es un compareciente habitual ante la Comisión y la Corte interamericana de Derechos Humanos de la OEA por problemas internos (rezagos de violaciones de derechos humanos y problemas indígenas) y hace solo cuarenta años estuvo a horas de una guerra con Argentina.

Ha debido defenderse en el CIADI en más de una oportunidad y ha visto crecer su nivel de riesgos en materia de controversias económicas, debido tanto a la apertura y liberalidad de su economía, como a la amplitud y cantidad de convenios y tratados con otros países en esta materia.

Chile es, para decirlo en pocas palabras, un activo partícipe del  multilateralismo en la globalización. Y tiene, por lo tanto, un requerimiento de profesionalismo y geometría variable de representación diplomática que requiere de una alta profesionalización que lamentablemente no tiene.

La cultura andina no es simple. Su visión de la vida no obedece a la lógica artistotélica binaria sino que es trivalente, es decir, va más allá de un sí y un no, para aceptar siempre un acaso o posibilidad que complementa lo anterior. A su vez, los seres humanos se articulan a la naturaleza, son parte de ella en un tiempo que no es lineal sino circular. Esta complejidad, mencionada de manera casi banal en este artículo, es muy significativa para interpretar los hechos y dichos de los gobernantes, cómo vienen cambiando su actuar, y entender lo que se debe o puede hacer.

No tenemos ni visión de política exterior, aparte de ciertos vectores de carácter económico ya añejos, ni consciencia de las debilidades estratégicas de nuestro territorio y en qué nos obliga a la política vecinal. Carecemos de una prospectiva sobre los nuevos problemas internacionales (asuntos especiales, les llaman en la Cancillería), por ejemplo, cambio climático, medioambiente o biodiversidad, y vivimos, con el smoking desplanchado y la cara empolvada, una diplomacia del siglo XIX en pleno siglo XXI, incluidos los Presidentes de la República que son quienes la dirigen.

Lo de Bolivia nos pone una lección en política exterior, muy particular por cierto, pero de enorme importancia para ver las debilidades extremas de esta función del Estado. La fundación del Estado Plurinacional de Bolivia por parte de Juan Evo Morales Ayma no es un hecho menor. Implica, por primera vez en la historia de ese país, una potente presencia cultural indígena en los asuntos de Estado, cuyos mayores componentes son aimaras y quechuas, pero con una infinidad de pueblos y lenguas oficiales constitucionalmente reconocidas: kallawaya, chiriguano, mojeño, entre muchos otros, 33 en total. Son unos 5 millones (quechuas 2 millones 900 mil y aymaras 1 millón 800 mil, principalmente) de un total de casi 12 millones de habitantes.

La cultura andina no es simple. Su visión de la vida no obedece a la lógica artistotélica binaria sino que es trivalente, es decir, va más allá de un sí y un no, para aceptar siempre un acaso o posibilidad que complementa lo anterior. A su vez, los seres humanos se articulan a la naturaleza, son parte de ella en un tiempo que no es lineal sino circular. Esta complejidad, mencionada de manera casi banal en este artículo, es muy significativa para interpretar los hechos y dichos de los gobernantes, cómo vienen cambiando su actuar, y entender lo que se debe o puede hacer.

En Chile no existe una comprensión cultural de lo andino ni de las implicancias actuales en la política boliviana. No es solo una carencia de la Cancillería, sino también de la inteligencia nacional estratégica, que sería incapaz hoy de decirnos qué hacer un día después de La Haya.

En la visión boliviana, dominada por la trivalencia de juicios, en donde, además de un sí y un no existe un acaso o posibilidad, con el tiempo como un proceso circular que vuelve sobre sí mismo y una pertenencia del hombre no a su voluntad interior sino a su vínculo con la naturaleza, los problemas que tenemos volverán a producirse, salvo si somos capaces de anticiparnos o preverlos. El asalto cultural de las escuelas bolivianas con el tema del mar y el despojo territorial traerán ecos en el futuro.

No es raro entonces que Evo se salte olímpicamente los resultados de La Haya y que insista en que se debe dialogar y que la reivindicación del mar es irreductible. Mañana y pasado –consolidada y homogeneizada la influencia cultural indígena en la política altiplánica como una amalgama permanente, Chile volverá a tener que enfrentar nuevos reclamos.

Lo único posible por hacer, en este y todos los casos, es “achicar” la realidad, primero que nada comprendiéndola en toda su dimensión y, en segundo lugar, eliminando ripios o cosas pendientes en ella, que generalmente dependen exclusivamente de la voluntad propia.

Un ejemplo con Bolivia es solucionar todo lo pendiente en el ferrocarril Arica-La Paz, más concretamente entre Visviri y el Puerto de Arica. Nadie entiende por qué EFE se niega a aceptar la propuesta del puerto de llegar con línea hasta las instalaciones interiores y ceder, además, dos mil metros cuadrados de terreno para un mejor acceso vial. Tampoco por qué no se hace una inversión con aduana de sellado de vagones de carga en Visviri, para evitar, si no todo, al menos parte de los impactos negativos (que incluyen narcotráfico) de los miles de camiones de carga procedentes de Bolivia que transitan hacia el puerto a través de territorio chileno. Para eso no se necesita diálogo ni mucha inteligencia, solo voluntad.

Es un hecho que Chile carece de institutos públicos de estudios sobre Argentina, Bolivia, Perú, además de otras realidades o situaciones. No tiene un Instituto de Estudios Estratégicos y, hoy por hoy, tenemos incluso una crisis de los servicios de inteligencia que incluye a gente presa o total judicialización laboral, como ocurre con la ANI. Tampoco tenemos iniciativas ciertas que eliminen los malditos escritorios en la Cancillería, ni una Academia Diplomática que sea un verdadero instituto de formación profesional. Ahí está la orden del día después de La Haya y no en la pachanga medieval que ha organizado la política, pues solo dimos un paso positivo, pero el problema va a continuar.

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