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Los militares brasileños descubren el juego electoral: el pasado (no) me condena

por 22 octubre, 2018

Los militares brasileños descubren el juego electoral: el pasado (no) me condena
Una importante faceta de la realidad brasileña es la clara convergencia de los militares en cuestiones más inmediatas y simbólicas que marcan el clima anti-Lula prevaleciente en el país, como son la delincuencia callejera y la progresión del crimen organizado. No es un misterio que la sociedad brasileña está muy golpeada con las más de 63 mil muertes violentas en el país. Un número que, para ponerlo en contexto, supera a los 58 mil estadounidenses muertos en combate durante toda la guerra de Vietnam. Por eso, la presencia militar en el futuro gobierno sería percibida como imagen que refuerza la autoridad.
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La visible y audaz presencia de altos oficiales en retiro en el entorno del candidato vencedor de la primera vuelta en Brasil, Jair Bolsonaro, así como las extensas divagaciones que tratan de comprender cuáles son las claves de esta imprevista situación, traen a la memoria un clásico del cine mundial, Klute, el pasado me condena, un thriller de John Pakula con una juvenil Jane Fonda en el rol de la prostituta Klute, por el cual recibió el Oscar en 1972. El filme va al fondo de un viejo tema existencial y que hoy toca fuerte a la sociedad brasileña: las culpas y condenas por lo que en el pasado se hizo o no se hizo.

Ciertamente que el ingreso al juego democrático por parte de militares brasileños en retiro no es el primero ni será el último. Siempre ha habido militares que, por las motivaciones más diversas, descubren los atractivos del demos y el kratos, desarrollando grandes habilidades en ese ámbito. Lo fue el general Liber Seregni, uno de los fundadores del Frente Amplio en Uruguay. Lo fue también el carismático general Gert Bastian, el primero en anatemizar el emplazamiento de misiles estadounidenses Pershing en suelo europeo a fines de los 70, parlamentario, y, junto a Petra Kelly, figura emblemática de los Verdes alemanes.

Sin embargo, el caso de los generales brasileños llama la atención por el número y por el contexto discursivo.

Y aunque nadie sabe con exactitud (quizás ni el propio Bolsonario lo sepa) qué tan gravitantes serán en su futuro gobierno, nunca antes había existido una circunstancia política, en un país democrático, donde fueran visibles tantos altos oficiales y tan dispuestos a marcar un antes y un después. El cuadro podría sugerir anormalidad y hasta parecer algo chocante, pero hay algunas facetas de la realidad brasileña que podrían dar luces para explicarlo. Veamos.

La primera son las previsiones en cuanto a futuras nominaciones en el gobierno de Bolsonaro, las cuales apuntan a cuestiones bien profundas en lo histórico. Ellos son, hasta ahora, el popular general Augusto Heleno, el mismo que comandó las tropas en Haití, será ministro de Defensa; el general Oswaldo Ferreira ministro de Transporte; el general Alessio Ribeira Souto de Educación; y el brigadier Antonio Machado de Infraestructura; más el futuro vicepresidente, el también general Hamilton Mourao.

Todos ellos tienen elevado ascendiente en las Fuerzas Armadas y lideran el llamado Grupo de Brasilia, núcleo clave de la campaña, del que forman parte otros 20 altos oficiales. La gran motivación, según ellos mismos, es su convencimiento que la visión nacionalista histórica, llamada por algunos Brasil gran potencia, se estaba desvaneciendo de manera definitiva con el lulismo. Se trata de una idea añorada por las más variadas elites del país, así como por vastas porciones de los sectores medios, desde el mismo final de la Segunda Guerra Mundial, cuando combatieron junto a los aliados.

Esta sería la razón por la que el propio comandante en Jefe del Ejército, Eduardo Villas Bôas, le haya dado fuerte apoyo contextual a esta incursión política de los militares. Villas Bôas Villas Boas publicó en abril de este año un tuit donde señaló: “En esta situación que vive Brasil, resta preguntar a las instituciones y al pueblo, quién está pensando realmente en el bien del país y en las generaciones futuras y quién sólo en sus intereses personales”, causando escozor entre los adherentes a Lula. Luego criticó de manera categórica la campaña internacional a favor del ex Presidente, calificando la petición hecha a la ONU para que emitiera un parecer sobre el juicio al ex Mandatario, como “un intento de invasión a la soberanía nacional”. Luego, en septiembre, en una entrevista al periódico O Estado de Sao Paulo, insistió en el tema, manifestando su rechazo a “candidatos con ficha sucia”. Esto da una clara idea de que en las Fuerzas Armadas ha anidado una inquietud efectiva por el presente y el devenir político del país.

Una segunda faceta de que ocurre actualmente en Brasil, y que puede explicar la presencia de altos oficiales en el entorno de Bolsonaro, está relacionada con la anterior, y nos remite a la alusión hecha por Carlos Alberto Montaner hace algunas semanas, en uno de sus frecuentes comentarios televisivos, a un proyecto denominado “Nueva Democracia”, destinado a retomar la visión nacionalista histórica de Brasil gran potencia, y que habría sido elaborado por militares brasileños cuatro años atrás, con el objetivo de reencauzar el país, ayudados de una agenda conservadora en lo político y ultraliberal en lo económico.

Punto de partida de aquel proyecto fue el 2014, cuando se empezó a hacer evidente la crisis económica producto de las caóticas administraciones lulistas y se tuvo una dimensión certera de los primeros grandes casos de corrupción del Partido de los Trabajadores (Mensalao y Petrolao). Además fue una fecha simbólica para los militares brasileños, pues recordaban 50 años del golpe contra João Goulart. En el proyecto, los militares habrían llegado a la conclusión de que el rol estrictamente profesional asignado por la transición brasileña en 1985 estaba llegando a su fin.

Esto se vincula a lo dicho por el general Ribeiro Souto al periódico O Estado de Sao Paulo hace pocos días, en el sentido de que una de las prioridades del nuevo gobierno será promover cambios en los textos escolares para dejar de referirse al período 1964-1985 “como dictadura, para recordar que hubo dos lados que se enfrentaron durante el gobierno castrense”. Sintetizando, habría sido el grupo de generales que elaboró el proyecto Nueva Democracia, el que se acercó a Bolsonaro para ayudarlo a posicionar su candidatura. Por lo tanto, habría una preocupación sistemática que va más allá de un entusiasmo efímero por ocupar posiciones de poder.

Un tercera faceta de la realidad brasileña es la clara convergencia de los militares en cuestiones más inmediatas y simbólicas que marcan el clima anti-Lula prevaleciente en el país, como son la delincuencia callejera y la progresión del crimen organizado. No es un misterio que la sociedad brasileña está muy golpeada con las más de 63 mil muertes violentas en el país. Un número que, para ponerlo en contexto, supera a los 58 mil estadounidenses muertos en combate durante toda la guerra de Vietnam. Por eso, la presencia militar en el futuro gobierno sería percibida como imagen que refuerza la autoridad.

Las tres facetas descritas nos indican que se está frente a una situación nueva en sus cimientos, políticamente inédita, muy compleja para los otros actores del quehacer público brasileño y donde las explicaciones es imposible que sean blanco y negro.

103 millones de brasileños no habían nacido cuando el país inició el tránsito a la democracia con Tancredo Neves. En consecuencia, nadie podría establecer qué motiva electoralmente a la inmensa mayoría de los brasileños en estos momentos, teniendo en consideración que el padrón electoral es mayoritariamente joven.

En lo concreto, esta irrupción plantea más preguntas que respuestas. ¿Será que este electorado bebió del río Leteo, aquel que los griegos antiguos estimaban necesario para provocar el olvido, o será que la población brasileña en toda su rica diversidad realizó una suerte de exorcismo histórico y los militares en política no representan una novedad tan extraordinaria, o bien que estos jóvenes, puestos ante la disyuntiva entre un pasado lejano y el reciente de Lula, hicieron una ecuación descarnada entre ventajas y desventajas?

Sea cual sea la respuesta, la verdad es que son muchos en América Latina los que siguen sin comprender el comportamiento de este electorado. Por ahora, la mayoría se inclina por ver con espanto a Bolsonaro y se remiten a una percepción algo primaria sobre los militares brasileños. En esos ambientes ha reverdecido un término despectivo y muy popular en los 70: el gorilismo.

Las facetas señaladas hablan además de que el ascenso de los militares en Brasil es una tendencia medible. De ahí la complejidad.

Una encuesta de DataFolha, de junio de este año, mostró a las Fuerzas Armadas como la institución más fiable del país (56%, mientras que los partidos políticos solo 7%). Ya en septiembre del año pasado, la encuesta Paraná Pesquisas había detectado que 43% de los brasileños apoyaba una intervención militar para poner fin a la corrupción y al desorden generalizado en la gestión del PT. Y huelga decir que la elección del 7 de octubre fue bastante categórica al respecto y no solo con Bolsonaro: 38 ex militares y ex policías obtuvieron un sillón parlamentario. En 2014, habían sido solo 14 veteranos.

Cifras que sin duda impactan y son elocuentes.

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