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Rehumanicemos la Medicina

por 11 mayo, 2019

Rehumanicemos la Medicina
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El lucro y la eficiencia como motores de gestión de las actividades sanitarias, han terminado con la medicina. Esta es principalmente una relación humana entre personas: por una parte, médicos y/u otros profesionales sanitarios y por la otra, pacientes, familiares y cercanos. Toda acción o actuación médica, se desarrolla en el marco de esta relación humana.

Sin embargo, esta relación se ha transformado en un vínculo clientelar. Los enfermos ya no son pacientes, sino usuarios, cotizantes o clientes. Los médicos han pasado a ser prestadores. Las decisiones médicas de tratamiento, no se adoptan libremente entre un paciente y su médico, sino que están mediatizadas por aspectos administrativos, coberturas de seguros y administraciones hospitalarias. En torno de la medicina se ha creado un lucrativo negocio nacional y transnacional de medicamentos, implementos médicos, nuevos tratamientos, etc., muchos de los cuales son grandes avances científicos, disponibles solamente para los pacientes que pueden pagarlos y solamente admirables a través de Internet para una inmensa mayoría de frustrados beneficiarios que no pueden acceder a los mismos y cuyos sistemas de seguros se niegan siquiera a financiarlos parcialmente.

Así, el carácter relacional y humano de la medicina ha sido avasallado por una maraña gestora-burocrática-administrativa-lucrativa que pretende regular todo, llegando hasta a inmiscuirse en el tiempo que debe durar una consulta médica. Como consecuencia, no se cumple lo que proclaman los textos doctrinales, legales y convenciones internacionales, en el sentido que los pacientes son el centro de la medicina. Ciertamente, en una sociedad verdaderamente humana, ellos deberían estar en el centro, deberían ser objeto de protección social, por la extrema vulnerabilidad y sufrimiento a los que los exponen sus enfermedades, graves, agudas, incurables o crónicas. Un enfermo sufre moralmente no solamente la incertidumbre sobre su futuro, sino que también ve suspendidos sus sueños y proyectos, sustancias sin las cuales la vida carece de sentido.

El médico y humanista español Pedro Laín Entralgo, quien visitara frecuentemente Chile a mediados del siglo pasado, conceptuaba la enfermedad aguda, grave, crónica o incurable, como “un no poder hacer parcial”, que puede acercarnos a la muerte que es un “no poder hacer total”. Laín Entralgo promovía una medicina centrada en el paciente como protagonista del acto médico. Agregaba que sin “amistad médica” (forma en que concebía la relación entre pacientes y médicos) no podía ejercerse la medicina.

Desgraciadamente, los actores de la Medicina – pacientes y médicos -- han terminado siendo marginados por los sistemas de aseguramiento, las administraciones hospitalarias, las clínicas, farmacéuticas, laboratorios, empresas tecnológicas, transnacionales y las numerosas entidades que pretenden obtener lucro de las enfermedades. Los médicos han quedado en un tercer plano y los pacientes, peor aún, en un cuarto plano.

Cursamos un persistente proceso planetario de deshumanización sanitaria. Han quedado absolutamente invisibilizados los dos únicos protagonistas humanos del acto terapéutico: el paciente y el médico. El acto médico ha perdido su carácter de relación humana entre dos seres vivientes, pensantes y sintientes. ¡Cuán lejos estamos del Hospital del Salvador de los años cincuenta, cuando los doctores Hernán Alessandri Rodríguez y Héctor Ducci Claro, humanizaron la atención médica, reemplazando en las camas un impersonal número por el nombre de los enfermos!
La humanización sanitaria requiere que la persona sea considerada en su integralidad corpórea y espiritual. Empero, prima una medicina centrada en alguna parte del cuerpo, una biomedicina que ignora que el paciente es un ser integral, pensante y sintiente, que tiene emociones (rabia, ansiedad, temor, angustia, esperanza y alegría), que vive en un entorno relacional, y que la combinación de todos estos factores algo influye en la aparición de las enfermedades, en la actitud frente a las mismas y en los tratamientos. La biomedicina no asigna papel alguno al paciente y su entorno en el proceso curativo precisamente porque ignora el carácter multidimensional de la enfermedad. Así, el paciente se transforma en un mero objeto, en el campo de batalla de las enfermedades, las cuales, se piensa, solamente tienen causas externas y cuya superación (remedios, tratamientos, intervenciones) también viene exclusivamente desde afuera.

Hace ya muchas décadas, el salubrista argentino, Dr. Ramón Carrillo, primer Ministro de Salud Pública de Argentina, entre 1949 y 1954, bajo la primera presidencia de Juan Domingo Perón, destacaba la naturaleza multidimensional de la enfermedad cuando decía : “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la angustia, la tristeza y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causa de enfermedades, son unas pobres causas”.

En una entrevista que poco antes de su muerte, tuve el privilegio de realizar en Buenos Aires, el destacado infectólogo argentino, Dr. Paco Maglio, me decía: “Hay una reacción que se llamaba Mantu, ahora se llama PPD, intradérmico, para ver si vos tenés el bacilo de Koch, y en una sociedad cosmopolita el ochenta por ciento es positivo, pero de tuberculosis se enferma nada más que el veinte por ciento. Porque vos tenés el germen, pero esta es otra causa, tenés que estar desocupado, angustiado, deprimido, mal alimentado; eso actuará como causa de la enfermedad”.

Una medicina parcial e incompleta, centrada en lo biológico, que ignora las emociones de los enfermos y su entorno relacional, que los ve por pedazos y no en su integralidad, que los siente y trata como objetos, no es medicina. En consecuencia, las principales y más urgentes reformas a la salud, de las cuales lastimosamente nadie habla son dos: 1) rescatar la medicina de la red gestora-burocrática-administrativa-lucrativa que la tiene prisionera, haciendo primar factores no médicos en las decisiones sanitarias; y 2) pasar del reduccionismo de la biomedicina a una medicina integral, bio-psico-social, que contemple todos los factores del enfermar y el sanar. Esto es fundamental porque una medicina incompleta y parcial, no sana, sino que enferma, agrava y claramente destruye las relaciones humanas.

No hay tema más omnicomprensivo y transversal que la medicina. Es muy probable que en toda su vida, una persona nunca necesite recurrir a un abogado, arquitecto, contador, ingeniero, etc. Pero hay dos profesionales con los cuales no podrá dejar de relacionarse: el profesor y el médico. Este último estará presente en los actos más trascendentes de su vida, el nacimiento y la muerte. Todos alguna vez nos enfermaremos y llegaremos a ser pacientes (incluidos por cierto los médicos) y entonces querremos ser bien tratados, comprendidos, acogidos y escuchados.
Los pacientes no siempre aspiran a ser sanados, pero siempre quieren ser cuidados con comprensión, afecto y respeto. Bernie Siegel (1932), escritor y cirujano pediátrico estadounidense, muy conocido por su best seller Love, Medicine and Miracles, postula que los factores emocionales contribuyen fuertemente a la aparición del cáncer y otras graves patologías como esclerosis múltiple y SIDA. Entonces no da lo mismo el trato que las personas reciben.
Se cuenta que Siegel consultó a tres jóvenes enfermos terminales, pocos días antes de su muerte, qué querían que él enseñara a los médicos jóvenes. Los tres respondieron lo mismo: “que golpeen la puerta de nuestra habitación antes de entrar, que cuando salgan se despidan y que cuando se comuniquen con nosotros nos hablen a los ojos”. Ninguno pidió ser curado, sólo pedían respeto.

Aunque no pueda curar, la medicina siempre debería acoger. El humanista Dr. Gregorio Marañón, padre de la endocrinología española, decía: "donde no puede llegar la ciencia, tiene que llegar el amor". El doctor argentino Paco Maglio, llamaba a sus colegas a bajarse del pedestal y acercarse a los pacientes. Creía que era necesario que los médicos pasaran de estar al lado de los pacientes a estar del lado de los pacientes. Recogiendo el aporte de los enfermos y sus familiares para el ejercicio de una medicina integral, el doctor Maglio tituló uno de sus libros: Los pacientes me enseñan, una maravilla de HUMANIDAD que todos los pacientes y médicos deberían leer. En el mismo sentido, el abogado, psiquiatra y antropólogo médico chileno, Reinaldo Bustos, en sus obras, llama a sus colegas médicos a escuchar el “lenguaje profano de los enfermos”.

Escuchar a los enfermos es acogerlos. Es un factor inmunológico intangible agregado, quizás más importante que los medicamentos y las tecnologías. Para Unamuno un enfermo es “un ser humano, de hueso y carne, que sufre, piensa, ama y sueña”. La mecanicista biomedicina, concentrada exclusivamente en la biología y la enfermedad, ha olvidado a la persona integral del enfermo, su psicoemotividad, el entorno en que vive y actúa. El enfermo no es un auto descompuesto, cuya pieza defectuosa haya que reparar. Debe ser considerado en su unicidad y multidimensionalidad, no olvidando los componentes psicoemocionales y sociales de su padecimiento.

La tremenda soledad y angustia de un paciente internado por una grave enfermedad fue graficada magistralmente hace casi un siglo, por el poeta chileno, Carlos Pezoa Véliz, quien tras sufrir graves heridas por el terremoto de 1906 en Valparaíso, terminó internado en el Hospital San Vicente de Paul (actualmente Hospital Clínico de la Universidad de Chile), donde antes de morir de tuberculosis al peritoneo, a los 28 años de edad, escribió el poema "Tarde en el hospital".

“Sobre el campo el agua mustia cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve.
“Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.
“Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve.
“Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso” (énfasis agregado)

Este enfermo no se queja de sus padecimientos físicos, sino emocionales: soledad, angustia, tristeza, sobresalto. La medicina no puede desentenderse de ellos, so pena de ser una medicina trunca, mutilada, no humana.

Respecto de la multidimensionalidad de la enfermedad, el psiquiatra argentino. Dr. Oscar Eduardo Agüero, ha resumido sus experiencias clínicas en dos obras cuyos títulos lo dicen todo: Emociones que curan y Emociones que enferman. En Chile, la psicooncóloga Jennifer Middleton, con décadas de asistencia profesional a enfermos de cáncer, ha destacado que nunca ha encontrado a un paciente que en los meses anteriores a la aparición de este mal, lo haya estado pasando bien.

El Dr. Alejandro Goic Goic, Premio Nacional de Medicina, ha llegado a la convicción que el ser humano no puede ser disgregado en cuerpo y alma. Cree que en todas las enfermedades influyen factores biológicos y psicológicos, teniendo todas las patologías un carácter psicosomático, por lo cual se requiere un abordaje integral de las mismas.

Bueno, así llegamos a una gran carencia de la medicina moderna: la falta de formación de los médicos en humanidades médicas y la falta de preparación de los enfermos para enfrentar las enfermedades, fenómenos que perjudican la comunicación entre pacientes y médicos, desaprovechándose fuerzas y energías morales que podrían aplicarse a la sanación.

Los médicos son formados básicamente para diagnosticar y curar enfermedades, no para acompañar, cuidad y acoger. Erradamente todos los sistemas de salud han entregado esta tarea – ciertamente la más importante de la medicina – exclusivamente a las enfermeras. En el centro de la formación de los médicos está la biomedicina, porque no se entiende o no se quiere entender que la enfermedad es un fenómeno multidimensional, uno de cuyos aspectos es la biología del ser humano, pero en la cual inciden también los factores emocionales del enfermo y el entorno en que vive, estudia y/o trabaja. Como decía el Dr. argentino Francisco Paco Maglio, la enfermedad es un fenómeno sómato-psico-social o bio-psico-social. Los estudiantes de medicina poco o nada estudian disciplinas que contribuirían a la comprensión cabal del ser humano enfermo, tales como antropología médica, sociología sanitaria, historia de la medicina, psicología, comunicación y otras.

Poco o nada se hace para fomentar la empatía con los enfermos. A comienzos de los 70 en un hospital de Santiago, se realizó una experiencia socio-humanitaria única, que tuvo repercusión más allá de nuestras fronteras. A un grupo de profesores se les ocurrió hacer un juego de roles, haciendo que los internos se acostarán en las camas, jugando el papel de enfermos, y, a la par, los enfermos fueran vestidos con batas médicas. Luego, estos médicos disfrazados procedían a pasar visita y examinar a los “pacientes”, acentuando todos los gestos y actitudes negativos que a diario recibían (la mayoría), pero resaltando también las actitudes virtuosas (las menos). A juicio de los internos, ésta fue la mejor enseñanza de medicina que jamás hubieran recibido, ya que les permitiría a futuro colocarse en el papel del enfermo (empatizar con él) cada vez que lo atendieran.

Esfuerzos aislados se realizan actualmente para fomentar esta suerte de empatía sanitaria. El profesor y Dr. Manuel Ipinza me ha narrado el impacto que provocaba en sus internos el ejercicio del paciente incógnito. Los internos debían pedir atención en un establecimiento médico y luego reportar al colectivo. Una inmensa mayoría señalaba que el médico apenas los había mirado, no los había examinado, no los había tocado, nada les había dicho sobre el “mal” que reportaban, limitándose a extenderles una receta.

Ni la sociedad, ni la familia, ni la escuela preparan a las personas para saber que tarde o temprano serán actores del proceso de enfermar y qué es lo que pueden hacer para pasar de objetos a sujetos activos de la medicina.
Hemos perdido la enseñanza de los iniciadores de la medicina, quienes fomentaban la participación activa del paciente, familia y amigos en el acto medicinal, considerando los aspectos del entorno en el quebrantamiento de la salud y el intento por restablecerla. En Historia de la medicina. Hechos y personajes (2004), el Dr. Alexis Lama nos aporta la siguiente cita del filósofo griego Platón: “El médico libre comunica sus impresiones al enfermo y a los amigos de éste. Mientras se informa desde el paciente, al mismo tiempo y en cuanto puede, le instruye. No le prescribe nada sin haberle persuadido de antemano. Con esta persuasión (meta peithous) lo tranquiliza y le dispone favorablemente en su intento de conducirle poco a poco hacia la salud. Sin esta obra psicológica de la persuasión, no sería enteramente eficaz ni totalmente humano el tratamiento. No sería propio de enfermos y médicos libres” (página 78).

Ahondando en la insuficiencia de un biologicismo reduccionista, el doctor Vial Correa (2006, p. 17) explica que la “medicina relacional” se enraiza con la medicina hipocrática, “tal como es referida por Platón, la medicina ´de los hombres libres´, cuyo acto médico es iniciado por una conversación prolongada entre médico y paciente en la que se va desentrañando el problema que lo aflige y se lo va incorporando en su comprensión y en el camino de solución. El paciente en aquella medicina no era un objeto, sino un interlocutor en el empeño de percibir el daño de la naturaleza y superarlo. Las consideraciones de eficiencia, de costos y de número de pacientes han hecho casi desaparecer esa ´medicina de hombres libres´ y la han reemplazado de hecho por una ´medicina de esclavos´ como la llama el propio Platón. La recuperación del paradigma ´relacional´ en la medicina podría enriquecer la relación médico-paciente y arrojar luz sobre multitud de trastornos de salud pequeños y grandes que persiguen como achaques la vida del hombre contemporáneo …” (énfasis agregado).

Para Maglio, “el escuchatorio es terapéutico. Hace 2500 años el padre de la medicina, Hipócrates, dijo que muchos pacientes se curan con la satisfacción que les produce un médico que los escucha”, y agregaba: “En el 1800, otro maestro de la medicina, el canadiense William Osler dijo que practicar la medicina sin los libros es navegar sin brújula, pero practicarla sin escuchar a los enfermos, ni siquiera es embarcarse” .

En verdad, son frecuentes los pacientes insatisfechos porque dicen que el médico apenas los escuchó y que se limitó a ingresar datos en un computador y luego a darle dos papeles, uno para exámenes y otro para remedios. Algunos incluso informan no haber sido examinados clínicamente de su dolencia.

A propósito, el Dr. Maglio destacaba que en un estudio realizado en Canadá, 5.000 pacientes fueron atendidos en 15 minutos y otros 5.000 sin límite de tiempo. Entre estos últimos, el 90% decía estar mejor después de la atención y únicamente el 35% había recibido recetas. Entre los atendidos con límite de 15 minutos, el 90% señaló estar peor que antes de la atención y el 80% tenía receta.

Los enfermos quieren acogida, respeto y comprensión. No hay excusas para no cuidar a un enfermo. Otra cosa pasa con la curación. Ésta no puede ser una obligación garantizada. La obligación es aplicar todos los recursos, todos los medios para intentar la curación, pero ella no siempre es posible. Como decimos los abogados, el ejercicio de la medicina implica una obligación de medios no de resultados. Maglio consigna que Platón en la Apología de Sócrates destacaba que éste atribuía dos condiciones a los médicos: 1) habilidad y conocimientos para curar, llamada tekné (raíz de la tecnología), las que son propias de un técnico; 2) pero para ser buen médico importaba la actitud de cuidar a otro, o sea el medeos. “Por lo que en cuanto a su etimología, médico es la persona que cuida a otra persona y además la cura”.

Para rescatar la medicina, resulta esencial la educación de los médicos y de las personas. Respecto de los médicos, hay que reforzar la formación no solamente en técnicas, sino también en comunicación. Una destacada enfermera y mediadora francesa, Christine Dumazedier, ha subrayado que la enseñanza sanitaria es incompleta, porque solo se enseña el saber hacer, pero no el saber estar. El saber estar implica comunicación, empatía, acogida hacia los enfermos y sus familias .

Ante la eclosión de los grandes avances de medicamentos y tecnologías en medicina, recién pasada la mitad del siglo XX, en una entrevista periodística se consultó al médico chileno, doctor Rodolfo Armas Cruz, cuál era, a su juicio, el adelanto principal en el área. Tras pensar unos instantes, y ante el estupor de la periodista, el médico dijo; “La silla, ya que me permite estar al lado del enfermo, conversar, conocerlo y saber de su enfermedad”, o sea acompañar, empatizar, saber estar .

Jennifer Middleton, psicooncóloga chilena con décadas de asistencia a enfermos de cáncer, ha señalado que los médicos a veces se muestran “distantes para protegerse de sentimientos de dolor frente a una enfermedad que a veces no logran dominar. Disociados, viendo partes del enfermo y no la totalidad para no involucrarse con la emotividad de alguien que está sufriendo” .

Otra falencia dice relación con la emocionalidad de los propios médicos y profesionales terapéuticos, ocultada por ellos mismos, seguramente para no abrumar a sus pacientes, con las inseguridades, dudas y angustias que ellos “padecen” respecto de la patología que están atendiendo. El destacado médico argentino, doctor Alberto Agrest ha resaltado la necesidad de la comprensión entre médicos y pacientes, lo cual podría llevar a un ejercicio de “empatía sanitaria”; en que cada uno se ponga en el lugar del otro. “El médico debe comprender que el paciente es eminentemente vulnerable, por su enfermedad o por sus temores; y éste, que el médico vive inmerso en un mar de incertidumbres que lo abruman. El médico debería enseñar a sus pacientes a no excederse en su capacidad de abrumarlo. Si el paciente es incorregible, el médico debe aprender a tener siempre a mano el recurso del humor para desabrumarse”.

La incertidumbre del médico es natural. Formado para curar y, en el extremo, intentar salvar vidas, ante graves dificultades de diagnóstico, ante patologías no conocidas o muy poco frecuentes, es evidente una reacción de desazón y angustia. Es demasiada la responsabilidad que siente. Una interesante obra al respecto es la del médico británico, Henry Marsh, titulada Ante todo no hagas daño . El autor, uno de los neurocirujanos más eminentes de Gran Bretaña, describe los sentimientos del profesional al enfrentar una compleja intervención neuroquirúrgica, la ansiedad e inseguridad que le suscita el temor de dañar al paciente con consecuencias irreparables (muerte, ceguera, estado neurovegetativo, invalidez). La obra está llena de sentimientos de empatía hacia los pacientes y sus familiares y narra buenas prácticas señaladas por la experiencia, como que el propio cirujano visite siempre al paciente en su habitación la noche previa a la cirugía. Marsh que tuvo a un hijo pequeño gravemente enfermo, indica que ser paciente o familiar de un paciente muy cercano, es parte importante de la formación de un cirujano. “Como les digo siempre a mis residentes, los médicos no sufren lo suficiente” (énfasis agregado).

El doctor Goic resalta que la medicina efectivamente se practica en medio de la incertidumbre y, “por lo tanto, en el riesgo, esperable en un saber que no es una ciencia exacta. Son precisamente las habilidades y destrezas clínicas diagnósticas y terapéuticas del médico, ejercidas en un ambiente de incertidumbre, lo que convierte a la medicina en un arte: ´ars medica´, es decir, un oficio de constante creación intelectual” (destacados en el original) .
El doctor Goic propugna una Medicina Psicosomática como “un enfoque médico que postula que existen enfermedades cuya naturaleza sólo puede ser comprendida si se investigan simultáneamente sus componentes físicos – somáticos - y psicológicos, como, por ejemplo la Cefalea tensional, la Jaqueca o Migraña, la Úlcera duodenal, el Colon irritable, la Colitis ulcerosa inespecífica, la Taquicardia paroxística supra-ventricular; pero en verdad para mí este enfoque es aplicable a todo tipo de enfermedades tanto orgánicas como funcionales, por ejemplo, la Enfermedad coronaria y el Infarto cardíaco .

Para Barra la multicausalidad de las enfermedades no puede ser soslayada. “Así como anteriormente se consideraba que la enfermedad era producto de un único agente patógeno, actualmente se reconoce que las enfermedades pueden ser multideterminadas, producto de una interacción entre predisposiciones individuales, influencias ambientales, vulnerabilidad orgánica, estilos de vida y aún procesos emocionales. Y por lo tanto el enfrentamiento de la enfermedad también debe ser multifactorial, atendiendo tanto a los aspectos somáticos como psicológicos y sociales”.

Middleton adhiere a la concepción del tratamiento integral de la enfermedad y el enfermo, considerando “sus características físicas, psicológicas y espirituales, como también su relación con la familia y con la sociedad, representada esta última por su trabajo, amigos y religión, y, desde luego, su relación con el equipo de salud” .
La verdad es que las emociones sí importan, aunque la cultura dominante las niegue. La psicóloga chilena Pilar Sordo, en Educar para sentir señala que “la expresión de las emociones es clave en el desarrollo de cualquier ser humano que vaya a desempeñarse en el mundo de hoy y del futuro” (p. 39). La falta de expresión de emociones como rabia, pena, miedo y alegría, responde a un “control social de impulsos”, que comienza desde la más tierna infancia. Así, “la alegría, la risa son sancionadas como un signo de inmadurez y de poca cultura o educación … Es muy triste pensar que cueste tanto reírse y que haya que pasar una serie de barreras sociales para poder hacerlo en libertad. Más aún, tiene un costo para la persona que lo experimenta”.

Sordo (p 52) destaca que cuando alguien llora de emoción, se dice que “se quebró”, lo cual sería expresión de una “pésima definición de fortaleza que manejamos en nuestros países, donde se asume que la gente fuerte es a la que no le pasa ni expresa nada” (p. 53). Prosigue la autora:

“… la gente que de verdad es fuerte, la que resiste todo lo que la vida le puede traer, es la vulnerable, la que ríe cuando tiene que reír y llora cuando tiene que llorar, la que pide perdón cuando se equivoca, la que dice te quiero sin vergüenza, la que pide ayuda cuando la necesita y la que no tiene problemas para expresar todo lo que le está pasando. Estas personas son las más fuertes y las que difícilmente podrán elaborar cuadros psicológicos dañinos a lo largo de la vida.

“Las otras, en cambio, las rígidas, las que parecen invulnerables y que además ostentan la no expresión de las emociones, tienen muchas más probabilidades de enfermarse. Es por esto que en el desarrollo de las competencias personales hay que entender que la expresión de emociones es un gesto de fortaleza y no de debilidad … la sobrevaloración del ´cara de culo´ como le llamábamos en la investigación de la felicidad a este ser humano, hombre o mujer, en cuya conducta prima el mal humor y que tiene una valoración cultural positiva, siendo considerado como inteligente, creíble, sólido, culto maduro y con problemas importantes. Este ser se contrapone con el optimista, entusiasta y liviano, que genera la persona de buen humor, cuyo comportamiento suele ser evaluado como inmaduro y poco serio y creíble” (pp. 53-55).

El tan despreciado y minimizado “lenguaje profano de los enfermos”, al que alude el doctor Reinaldo Bustos tiene que ser oído. Un ejemplo demuestra esa imperiosa necesidad: hace unos años un paciente consultó en la urgencia de un hospital público chileno. Su esposa, que lo acompañaba, sospechando que su marido estaba cursando un accidente vascular encefálico (AVE), pues presentaba los mismos síntomas de su padre, fallecido un tiempo antes por esa circunstancia, le insinuó tímida y respetuosamente al médico de turno ese eventual diagnóstico, recibiendo un airado descarte – “Sra., YO soy el MEDICO” --, remitiendo al enfermo a la casa, quien posteriormente falleció en otro hospital debido al AVE que efectivamente estaba cursando. Fue desaprovechado un tiempo valioso por despreciar el conocimiento profano por parte de un profesional que carecía de la más mínima actitud de escucha, acogida y empatía, esenciales para el ejercicio de la medicina que se basa en la confianza entre médicos y pacientes, confianza que se construye sobre la base de un intercambio comunicacional respetuoso y simétrico.

Ni los adelantos científicos y tecnológicos, ni las decisiones de la maraña gestora-burocrática-administrativa-lucrativa deberían continuar reemplazando la relación humana de un médico con su paciente. Ello es más vital aún en el caso de la telemedicina, porque el profesional que a distancia ve una imagen está actuando sobre un objeto, sin conocimiento personal del paciente a quien corresponde esa imagen. Pero ese paciente, aunque se encuentre en otro lugar, tiene una existencia corpórea y espiritual, una historia de vida, y probablemente es presa de sentimientos de miedo, angustia y ansiedad frente a un diagnóstico. Por ello es irremplazable un médico a su lado que le comunique su diagnóstico, que lo acoja, que aclare sus dudas en el lenguaje más sencillo posible. Este es el aspecto más importante de la medicina, si él falta la telemedicina no ayuda, sino que perjudica, alejando aún más a los médicos de los pacientes.

La acogida es crucial en el ejercicio de la medicina. Pocos médicos lo comprenden. Pero algunos dan ejemplos notables de una medicina humana, que sus colegas deberían seguir.

Como paciente frecuente, asertivo y respetuoso de los médicos, siento que la medicina (curar-cuidar) es la actividad humana más noble. La muerte no es el fracaso de la medicina, porque es un curso natural, el fin de la vida. La medicina no asegura eterna vida física, sino que esfuerzos (intentos) de sanación y siempre, siempre, siempre, debe ofrecer cuidado. Maglio (2011, p. 100) lo resume siempre citando el epitafio que atribuye al doctor Trudeau en su tumba (siglo XI): “Curar a veces, mejorar a menudo, confortar siempre” .

Médicos y pacientes deberíamos trabajar unidos para rescatar la medicina de la postergación a la que la ha confinado la biomedicina y las decisiones no médicas de la maraña gestora-burocrática-administrativa-lucrativa, reafirmando el carácter de relación humana de este arte. Así ganaríamos todos, los enfermos, los médicos y el país.
Tarde o temprano, todos llegaremos a ser enfermos y tenemos derecho – médicos y enfermos actuales y futuros – a proponer un deber ser de una medicina humana, horizontal, participativa, acogedora y respetuosa. Sin esos atributos de humanidad, la medicina no pasa de ser una pura técnica.

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