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Religión y política

por 10 enero, 2020

Religión y política
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Existe una opinión bastante extendida en nuestro medio que sostiene que la sociedad actual es irreligiosa. Si el sentimiento religioso conlleva la búsqueda de un absoluto, de una certeza incontrovertible, de un valor supremo (celestial o terrenal, suprasensible o sensual, trasmundano o mundano) que le dé sentido a la vida, me parece que tal opinión merece ser reconsiderada. Es un hecho consumado que el pathos religioso se desvinculó de las iglesias tradicionales, que abandonó las orientaciones puramente espirituales y que desahució las expectativas supraterrenales. Pero ello no significa en modo alguno su muerte. De hecho, ahora anda en busca de nuevas entidades a las cuales adherirse, de nuevas divinidades que lo cobijen, que lo verbalicen, que lo visibilicen. Tal pathos no sólo está vivo, además, goza de buena salud. Incluso rebosa de un entusiasmo juvenil, especialmente cuando florece en una nueva entidad a la que le otorga un valor absoluto. Sólo por nombrar algunos en el último tiempo: los animales, la productividad, el género, el mercado, la igualdad, el consumo, etcétera.

El sentimiento religioso no muere, sólo cambia de domicilio. En nuestro tiempo abandonó sus residencias milenarias y ahora anda en busca de nuevas moradas. Sólo para ilustrar su permanencia invito al lector a escrutar las vitrinas publicitarias que están en las estaciones del tren subterráneo de Santiago. Contabilice cuántos anuncios hay en total y de esos cuántos corresponden a publicidad de fraternidades fideístas alternativas. Pero el pathos religioso no sólo milita en dichas fraternidades, también cristaliza en el dominio de la política, concretamente en ideologías que tienen un formato similar al de las religiones reveladas y que, por tal motivo, merecen llamarse religiones seculares.

Desde una perspectiva netamente empírica, la religión es un asidero para afirmarse en el mundo, para hacer llevadera la vida, para mitigar nuestra incapacidad para aceptar el absurdo. El vértigo que suscita el olfatear la nada, la impotencia que produce el palpar el vacío existencial, es difícilmente llevadero para quienes carecen de la fortaleza anímica necesaria para vivir sin fantasías, sin las mentiras piadosas que son indispensables para hacer llevadera la existencia. Tal fragilidad incita a los náufragos de la vida a aferrase a hipótesis de absoluto, a ideales, que les den sentido a sus existencias y que se las hagan llevaderas.

La mayoría de las personas no pueden vivir sin esperanzas, sin fantasías, sin ilusiones. No se bastan existencialmente a sí mismas. No pueden vivir sin estar alienadas. No pueden vivir sin algo que les permita mantenerse a flote, sin algo que le subsidie su existencia, sin algo que les impida negar la vida y eludir la opción del suicidio. No pueden vivir sin la esperanza de un salvador, de una redención, de un más allá (o más acá) intramundano que sea pura ilusión. Dios era una de esas ilusiones. Después de la muerte de Dios, de la extinción de esa ilusión, el trono no puede estar vacío para los que tienen la disposición a creer en absolutos.

Buscan ansiosamente sucedáneos de Dios. No tardan en aparecer dioses unidimensionales con promesas de felicidad o mensajes de salvación. Divinidades que peroran doctrinas que eluden el problema de la teodicea o que intentan resolverlo, de manera simplona, a través de un maniqueísmo pueril. Así surgen las ideologías radicales que no son otra cosa que religiones seculares. Vivimos en medio de ellas.

Si se compara a las nuevas religiones, ya sea con las viejas religiones milenarias o con las paganas del mundo mediterráneo, una de las cosas que más se echa de menos es cierta sabiduría que tenían las viejas divinidades para explicar la imperfección del mundo, el carácter enrevesado de la existencia humana, el ineludible sufrimiento, los límites de la racionalidad, etcétera. Inversamente, lo que caracteriza a las religiones seculares es cierto afán de perfección absoluta y cierta aspiración a instaurar una bondad impoluta a este lado del mundo. Pero es imposible concretar ésta o aquélla idea de pureza si, previamente, no se remueve el obstáculo que impide su realización. Escollo que es visto como un mal en sí mismo y que urge extirpar de manera inexcusable y, por lo mismo, exculpa y glorifica a quien ejecuta la tarea.

Cuando la política se vive de manera religiosa —sea cual sea la deidad que la inspira— aumentan exponencialmente las posibilidades de sufrimiento y de frustración. Pero esas probabilidades se incrementan más aún cuando ingresan a la arena política los credos de las religiones seculares. La devastación suscitada por dos de ellas, el marxismo y el fascismo, en el siglo veinte es bastamente conocida. No así una religión aparentemente inocua —e incluso supuestamente irreligiosa— como lo es el liberalismo; debido, quizá, a que estrangula sin derramar sangre. Para ilustrarlo tomaré uno de los discursos más populares y reconfortantes del liberalismo: el de los derechos humanos.

La expresión “derechos humanos” es ambivalente; porque afirma y, a la vez, niega lo humano. Por lo mismo es sumamente engañosa. Por una parte, apela la humanidad —cualidad de la que participan todas las personas por el mero hecho de existir— y, por otra, le expropia, capciosamente, ni más ni menos que la humanidad a quienes vulneran el canon. Incluso, en algunos casos, a cualquier funcionario público —independientemente de que sea uniformado o no— y a Estados que son expresión de formas culturales diferentes de las que prevalecen en Occidente. Aquellos que los invocan, convierten (en el acto mismo de invocación) en inhumanos a los transgresores. Es una expresión insidiosa que incita de manera solapada a agudizar el maniqueísmo y, por consiguiente, a configurar la polaridad humano-inhumano. Por tal motivo, sustituiría la expresión “derechos humanos” por la dicción “derechos de las personas naturales frente a los agentes del Estado”. Así, la discordia, la confrontación de derechos, sigue siendo entre personas, entre humanos, y el criminal sigue siendo humano. Si no se mantiene esta simetría la parte acusadora, el juez, la opinión pública movilizada, podría actuar de manera tan insensata como el criminal.

Los derechos humanos, en sus orígenes, son una sutileza de la cultura política liberal y fueron concebidos como un arma ideológica para combatir moralmente a los regímenes comunistas y fascistas. Actualmente son un ideal que suscriben casi todas las culturas políticas. Ellos suponen ciudadanos sumamente razonables, sensatos y escrupulosos; ciudadanos que confrontan a la fuerza pública de manera pacífica y a rostro descubierto. Por eso, quizá, la doctrina de los derechos humanos sólo es viable en sociedades altamente civilizadas, en las cuales el manifestante protesta civilizadamente. Pero, a decir verdad, no sé si existe una sociedad así en el planeta tierra.

En el Tercer Mundo, en las coyunturas álgidas la lucha política suele ser de tal intensidad que los adversarios intentan, recíprocamente, poner en tela de juicio la humanidad de sus respectivos antagonistas. De hecho, proceden a cosificarlos, exacerbando de ese modo la propensión al maniqueísmo y acentuando aún más la odiosidad política. Tal propensión, en Chile, por ejemplo, se trasluce en el hecho de que las víctimas suelen apropiarse del bien por el solo hecho de ser víctimas, pese a que sus intenciones no siempre son bondadosas respecto de los demás seres humanos.

Como se ve, tal doctrina es difícilmente viable a cabalidad en los países del Tercer Mundo (la denominación súbitamente reverdeció), donde el extremismo religioso, en su variante secular, goza de buena salud y donde los derechos humanos generalmente son sólo un arma más en la lucha política. Por eso, no es insólito que quienes no creen en ellos, porque ofrendan a otros dioses, los invoquen sólo instrumentalmente, y al hacerlo —en última instancia— los menosprecian y los desvirtúan.

Los ideales de perfección que enarbolan las religiones seculares son, para sus feligreses, verdades intransables que urge materializar. Tales hipótesis de absoluto —que para los creyentes son algo así como verdades reveladas—, dan pie a vehementes fanatismos que no tardan en expresarse en una abierta intolerancia frente a quienes no los suscriben a cabalidad. Cuando ello ocurre, no tardan en adquirir un aterrador sentido de realidad estos versos de Rubén Darío: “Huyendo del mal, de improviso se entra en el mal por la puerta del paraíso artificial”.

Quizá si tomáramos distancia de las religiones seculares, y si partiéramos de supuestos menos optimistas y más escépticos, y si aceptáramos de que no hay seres humanos absolutamente buenos o completamente malos, y que, por lo mismo, no es posible construir un orden político perfecto, quizá nuestras vidas, individual y colectivamente, serían más llevaderas.

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