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Ante la pandemia y la crisis social solo un Estado fuerte puede conducir al salvataje

por 17 marzo, 2020

Ante la pandemia y la crisis social solo un Estado fuerte puede conducir al salvataje
Esto no es alarmismo, es realidad: debiera declararse ya una cuarentena total. Que solo se mantengan funcionando las farmacias, la alimentación, los servicios básicos. Lo indispensable. Todo lo demás debe suspenderse. Nadie en las calles. No hay alternativa. Es un desvarío que se haga la Teletón, ni nada en este contexto. Que sigan desplazándose buses llenos a la hora punta es sencillamente criminal. Miremos lo que eran países como Italia o España hace algo más de un mes: cifras como las chilenas de hoy, incipientes. Se descuidaron, hicieron mofas, durante varias semanas no se tomaron demasiado en serio el asunto y de un día para otro se descubrieron inmersos en una catástrofe sanitaria: centenares de cadáveres cada día.
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Y la mancha se sigue expandiendo por el mundo.

Emmanuel Macron, presidente francés de centroderecha, agradeció en estos días la fortuna de tener un Estado de bienestar, un Estado fuerte que se ha puesto al servicio de todos los ciudadanos ante esta tragedia colectiva. “La salud no puede estar sujeta a los vaivenes del mercado”, declaró.

Si en países como Francia o España (que tienen una seguridad social robusta, servicios de salud universales, etc.) los servicios sanitarios han colapsado, ¡y los médicos han llegado al extremo de tener que elegir entre salvar a uno u otro paciente!, uno puede imaginar el invierno que se nos viene en este pequeño país con vista al mar. Puede ser semejante a lo de Italia o España, pero en el frío terrorífico del julio chileno y con un paupérrimo sistema hospitalario y de seguridad social. Si antes del coronavirus las postas chilenas ya estaban colapsadas (¡con personas alojando en carpas en sus puertas intentando ser atendidas!), uno puede imaginar la hecatombe que se nos avecina. Decenas, centenares de seres humanos que se van a ir muriendo día a día.

Arremete el coronavirus después de meses en los que el país ya ha estado ardiendo. El reventón insurreccional desnudó la brutal precariedad en la que vive una inmensa mayoría de chilenos, incluyendo la clase media acomodada. Mostró cómo viven sus viejos, sus niños. Y en el fragor volvió a irrumpir el odio, la represión desaforada que creíamos sepultada en el pasado. Como si no fuera bastante, el país arrastra una devastadora sequía que no tiene para cuándo terminar. El cóctel es impresionante: como si hubiese unos dioses griegos muy iracundos fraguando aquí una tormenta perfecta. Solo nos falta un terremoto, dijo alguien por allí.

¿Por qué va a ser una locura que un Presidente fuerte declare que las clínicas privadas se conviertan en hospitales públicos durante esta emergencia? ¿Qué fuerce a los fondos de pensiones a hacerse cargo de verdad de nuestros viejos en esta terrible coyuntura? ¿Por qué no hacer que ciertos grandes hoteles se conviertan, por ejemplo, en hospitales de emergencia? ¿Por qué no se puede obligar a que las grandes empresas –que han gozado de gigantescas subvenciones estatales en estos años– pongan una parte significativa de sus ganancias en un gran fondo que sirva para mitigar el horror que se nos viene? ¿Por qué no se pueden subvencionar las cuentas de luz, agua o teléfono durante esta crisis, como hizo Macron en Francia?

Una catástrofe inminente, sin embargo, también puede ser vista como una oportunidad. ¿Por qué no? Este mismo paisito supo levantarse con fuerza de hecatombes anteriores. ¿No habrá llegado el momento del despertar definitivo? El cientista político Juan Pablo Luna, profesor de la Universidad Católica, decía en estos días que la nostalgia de los empresarios chilenos por volver a la antigua normalidad es inútil.

“Deberían entender que no hay forma de volver al pasado. Hay que pensar en un nuevo tipo de capitalismo, y eso implica desarrollar relaciones más cooperativas con los trabajadores, con los consumidores. Es ilusorio pensar que los mercados funcionan autónomamente, sin necesidad de anclajes políticos y sociales. El 18 de octubre demostró que los anclajes anteriores se rompieron, y que no es posible que vuelvan a tener legitimidad social instituciones de mercado manchadas con el abuso, la desigualdad, la falta de dignidad. Las van a seguir saqueando”.

Por allí va la cosa y la oportunidad parece haber llegado. La pandemia en curso es tan devastadora como una guerra, y en la guerra –es sabido- se revisan todas las relaciones y los contratos preexistentes. Una crisis humanitaria de esta magnitud obliga a retomar de inmediato la idea de un estado fuerte, contundente, que conduzca al salvataje, que ponga la cara en medio de la zozobra. En un país con la ortodoxia económica tan radical como la de Chile (que no en vano es considerado “la Corea del Norte del capitalismo”), todo esto puede parecer una locura.

Pero sucede que sencillamente no hay otra solución.

¿Por qué va a ser una locura que un Presidente fuerte declare que las clínicas privadas se conviertan en hospitales públicos durante esta emergencia? ¿Qué fuerce a los fondos de pensiones a hacerse cargo de verdad de nuestros viejos en esta terrible coyuntura? ¿Por qué no hacer que ciertos grandes hoteles se conviertan, por ejemplo, en hospitales de emergencia? ¿Por qué no se puede obligar a que las grandes empresas –que han gozado de gigantescas subvenciones estatales en estos años– pongan una parte significativa de sus ganancias en un gran fondo que sirva para mitigar el horror que se nos viene? ¿Por qué no se pueden subvencionar las cuentas de luz, agua o teléfono durante esta crisis, como hizo Macron en Francia? ¿Por qué no posponer pagos de créditos, hipotecas, arriendos, dividendos? ¿Por qué no se puede subvencionar a esa inmensa mayoría de ciudadanos que viven del mercado informal y que, al tener que quedarse en sus casas, no van a poder generar ingresos?

El dinero en Chile está, pero en muy pocas manos. Los meses tremendos que se nos vienen pueden ser la gran oportunidad de las grandes empresas para legitimarse socialmente y reencontrarse con la ciudadanía. Que abran sus arcas, que compartan sus millonarias ganancias para enfrentar la tragedia. Joaquín Estefanía, exdirector del diario El País de España, que no es ningún rojillo ni comunista, decía en estos días que los estallidos sociales generalizados de los últimos meses deben llevar a la revisión de todos los modelos de capitalismo que se han estado llevando a cabo. “La economía es demasiado importante para dejársela solo a los economistas”, dijo.

Es el momento: frente a una calamidad sanitaria de ribetes bíblicos, que no deja muchas opciones, es el momento de dar el giro de timón y comenzar a construir un país distinto, un país de todos y para todos, que estimule los vínculos cooperativos, que deseche por fin el sálvese quien pueda y que asuma que los problemas de cualquier ciudadano son un problema de todos nosotros.

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