sábado, 26 de septiembre de 2020 Actualizado a las 17:12

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Desde y con el territorio

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El estallido social de octubre y la pandemia mundial que estamos viviendo lo transformó todo: nos mostró que no sólo el modelo político y económico debe mirarse y reconfigurarse, aprender a escuchar desde otros lugares y bajar los niveles de tecnocracia, sino que también es un ejercicio imprescindible para quienes estamos desde la vereda de la sociedad civil. La situación actual urge que todos miremos y revisemos nuestras prácticas.

El presente, revuelto y pandémico, nos obliga a reflexionar sobre nuestro quehacer a partir de lo que nos enseñan las personas con quienes trabajamos. Muchas de ellas participaron del estallido de octubre pasado. Mucho quedó al descubierto a partir de esa fecha. Como país habíamos fallado, y nosotros también. A ellos —hombres, mujeres, niños y niñas— siempre los tuvimos enfrente, pero no logramos sensibilizar y movilizar lo suficiente para que sus vidas fueran diferentes, ni tampoco logramos de forma exitosa incidir en las decisiones que los afectaban directamente.

En el actual contexto, quienes estamos en la sociedad civil y firmamos esta columna, estamos abocados al cuidado del trabajo con las comunidades que viven las situaciones de vulnerabilidad y pobreza con las que estamos fuertemente comprometidos. Hoy la distancia física para resguardar la vida constituye un desafío mayor e inédito, y sin duda presenta un escenario de resguardo, innovación, pero también de gran incertidumbre. Este escenario nos interpela por la relación y cercanía de los agentes intervinientes y la comunidad. Se trata en definitiva de cuestionarnos el sentido más profundo de nuestro trabajo.

La pregunta que surge entonces es ¿cómo logramos el equilibrio entre lo positivo que pueden tener herramientas avanzadas de intervención social y la urgente —e imprescindible— cercanía de quienes la requieren para así no alejarnos de sus esperanzas, anhelos, deseos y experiencia? Esa pregunta nos debe interpelar constantemente como organizaciones. Cada olvido tiene un impacto directo en las personas por las cuales y con quienes trabajamos. Para hacer un trabajo de calidad no basta sólo con tener proyectos, sofisticación y programación. Debemos relevar la voz de quienes han sido históricamente excluidos e impulsar que sean ellos los protagonistas de sus decisiones.

Hoy la crisis social y la emergencia sanitaria nos obliga e invita a revisar las experiencias de intervenciones que surgieron hace décadas atrás, así como también a analizar con detención las propuestas actuales para rescatar aquellos elementos que posibilitarán que continuemos de la mano de las personas y comunidades, construyendo con ellos y no para ellos. Debemos levantar las demandas que emanan desde los territorios, en conjunto con las comunidades —incluyendo siempre a los niños, niñas y adolescentes, los principales ausentes de las decisiones importantes, incluso de las que les afectan. De esa manera debemos levantar también el conocimiento: son ellos y ellas quienes viven la exclusión, y es a ellos y ellas a quienes debemos escuchar, para co construir prácticas que escalen hasta ser políticas públicas y programas idóneos.

Tendremos que ser creativa/os, flexibles, innovadores, ágiles y llegar donde nadie está llegando, democratizando el conocimiento y la toma de decisiones. Maritza Montero, reconocida psicóloga comunitaria, lo dijo hace muchos años: “(debemos) fomentar y mantener el control y poder que los individuos pueden ejercer sobre su ambiente individual y social para solucionar problemas que los aquejan y lograr cambios en esos ambientes y en la estructura social”. Y tal como hoy lo plantean Banerjee y Duflo —ganador y ganadora del Nobel de Economía 2019—, no podemos seguir reduciendo a quienes están en pobreza y exclusión a clichés y suposiciones respecto a sus trayectorias de vida y circunstancias, sin acudir a sus propios relatos, razones, deseos y creencias, es decir, teniéndolos como protagonistas. Esto es particularmente urgente hoy en plena crisis sanitaria y social. El virus no discrimina, es cierto, pero sus impactos sí. Así, debemos actuar ahora y también prepararnos colectivamente para lo que vendrá después.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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