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Tenemos que hablar de Chile, del planeta y de innovación colaborativa

por 28 mayo, 2020

Tenemos que hablar de Chile, del planeta y de innovación colaborativa
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La invitación que hacen los rectores de la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Chile surge de la experiencia más inmediata de estar aportando juntos en la mesa social Covid 19 y, por supuesto, de sus convicciones más profundas y una ética que se sustenta en la visión y misión institucional de ambas universidades. La convocatoria indica que tenemos que hablar de Chile y en un sentido amplio se trata de una invitación a la colaboración entre todos.

La colaboración surge como asunto y necesidad central, una palabra talismán que da para distintas interpretaciones. Asimismo, se llama a fortalecer la cohesión social, sin embargo, en una sociedad puede haber cohesión, grados de consenso y percepción de pertenencia a un proyecto común, más no cooperación ni menos colaboración como estrategia de juego para optimizar procesos e innovar en cambios generativos y equilibrios sostenibles.

La cohesión social, en lo discursivo y en la práctica, es asunto propio de un orden y autoridad que se desacomoda con la ocurrencia de conflictos y crisis. La cohesión social es más próxima a lógicas de estabilidad jerárquica y no de equilibrios dinámicos incluyentes y se invoca, al igual que el pacto social, para graduar cambios en casos excepcionales.

Diversas investigaciones han demostrado que la colaboración entre actores diversos es una estrategia más ventajosa en la resolución de decisiones dilemáticas para abordar crisis y conflictos, mediante la generación de equilibrios sostenibles, haciendo confluir estrategias con objetivos. En un ámbito muy diferente como el deporte competitivo, se evidencia y concluye que es la colaboración en las dinámicas de juego y no la cohesión de los equipos la que explica el alto rendimiento y bienestar integral de los jugadores. A mayor colaboración, mejores resultados.

La declaración conjunta de los rectores Sánchez y Vivaldi, señala que ‘vivimos tiempos excepcionales’, haciendo referencia a la pandemia y también a la crisis político-social en curso y que las universidades, junto a otras instituciones y otros actores ‘tienen un rol muy importante en la construcción de una sociedad de la que todos participemos’, indicando que la evidencia muestra que en la investigación científica, el diálogo y la interacción de distintas disciplinas y perspectivas es esencial para resolver los problemas complejos y que en tiempos de incertidumbre, el trabajo colaborativo es el camino. Para este objetivo abrieron una plataforma.

En un tono similar, el año 2016, la presidenta Bachelet convocó a una conversación que contemplaba encuentros locales autoconvocados en cada comuna, cabildos provinciales y regionales, para luego sistematizar esas experiencias de participación ciudadana en las bases para una nueva constitución política. Ese llamado público desde la tribuna de la primera magistratura contó con la participación comprometida de casi 300.000 ciudadanos abiertos y dispuestos al diálogo constituyente. Lo demás es historia conocida. Notifíquese y archívese.

Convengamos que, en una mirada del vaso medio lleno, todo esfuerzo colaborativo suma para hacernos cada vez más conscientes de la importancia de la participación ciudadana en procesos de diálogo, deliberación y decisión sobre el Chile que anhelamos, incluyendo, por cierto, el llamado de los rectores Vivaldi y Sánchez que han validado y sostenido su aporte en medio de esta crisis sanitaria, avizorando los complejos tiempos por venir.
La dupla de médicos rectores nos advierte que ‘la pandemia no se despliega en una hoja en blanco, sino sobre una crisis de legitimidad extendida a cuestas y, por lo tanto, resulta fundamental que hoy se escuche a la población en su totalidad, diversidad y divergencia, y no desde una infinidad de pequeñas parcelas’, aunque por costumbre discursiva siguen pensando en la auspiciosa y ‘pegatodo’ cohesión social para salir airosos de las crisis.

Sabemos que lamentablemente el mismo mundo universitario es una infinidad de pequeñas parcelas, muchas veces competitivas entre ellas e incluso competitivas internamente entre facultades, escuelas, direcciones y departamentos con regentes de feudos y parceleros, a pesar de la voluntad y el interés de los propios rectores, académicos, funcionarios y estudiantes.

El llamado a Chile y sus habitantes también es extensible a las propias universidades y otras instituciones formadoras de personas y constructoras de conocimiento, para que estas activen sus inteligencias institucionales y sus comunidades de aprendizaje, despertando todas las inteligencias colaborativas existentes. Aunque las universidades eventualmente crean lo contrario, la innovación colaborativa es un mundo aún poco explorado y por construir.

El desafío mayor que tenemos como país naranja y planeta azul es alcanzar mayores niveles de innovación colaborativa en contextos dinámicos y complejos como el actual y los futuros escenarios de crisis tipo matrioshka.

La exigencia de los desafíos que tenemos como civilización humana contemporánea nos invita una vez más a actuar local y pensar global. En el caso de las universidades y todo tipo de establecimientos educacionales se torna necesario repensar los sistemas de educación vigentes, no solamente desde lógicas de innovación curricular, sino en sus propios fundamentos, procesos y resultados, donde los pilares estratégicos de vinculación con el medio junto a investigación e innovación requieren de un salto cuántico y de tecnologías y metodologías colaborativas 4D.

Una herramienta útil es la indagación apreciativa que nos estimula a cambiar desde las fortalezas, generando un campo energético apreciativo de aspiraciones, oportunidades y resultados como lo ha promovido la Universidad de Los Lagos en su plan 2030, entre otras varias herramientas lúcidas y lúdicas que ya han incorporado universidades e incluso ciudades como Cleveland y Vancouver pensando en la construcción de futuro y su sostenibilidad. Ejemplos hay varios.

En este mismo esfuerzo también resulta gravitante replantear la salud pública como un ámbito estratégico de desarrollo país y no como una política pública más. Lo propio con nuestros sistemas de vivienda, planificación urbana, ciudades y barrios concebidos como comunidades de aprendizaje y ejercicios de innovación colaborativa, para reconfigurar nuestros hábitats, anticipando cuestionables escenarios de discriminación PMV (población mínima viable) y procesos de selección humana propios de la ciencia ficción, para enfrentar adversidades más drásticas e irreversibles producto de la crisis climática y sus efectos ecosistémicos.

Tenemos que pasar de los valiosos llamados a la colaboración hacia acciones estratégicas y sostenibles de innovación colaborativa. En este esfuerzo ‘que levanta la ciencia y la paz’ y ‘alta la frente al cielo’, las universidades y las organizaciones que las complementen en la misión de formar personas y construir conocimientos, aprendizajes y prácticas juegan un rol estratégico y dialógico para ir más allá del horizonte.

Ya estamos viviendo los locos años veinte del siglo XXI. Se vienen las comunidades resilientes ante el flujo de crisis matrioshka con impactos ecosistémicos. La innovación colaborativa nos aproxima a la construcción, arquitectura y diseño de una sociedad del afecto y de una cultura del compromiso, cuya fuente energética somos nosotros mismos con todas nuestras inteligencias.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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