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El espejo oscuro y un punto azul pálido

por 8 junio, 2020

El espejo oscuro y un punto azul pálido
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En Estados Unidos se envía un cohete al espacio y casi en simultáneo un policía asesina a una persona afroamericana asfixiándolo con su rodilla sobre el cuello: antes de buscar vida inteligente en el espacio, hay que buscarla en la Tierra. La civilización occidental, que prepara un viaje a Marte, la misma de la hiperconectividad y las revoluciones digitales, esconde profundos secretos que no quiere o no se atreve a mirar.

Al reverso de lo que Europa llamó “la modernidad” está la conquista y la esclavitud: fueron manos esclavas las que cortaron las cañas de azúcar, edificaron los palacios de sus amos, plantaron algodón, cosecharon café y tabaco. Digestiones, así llamaba Eduardo Galeano al proceso mediante el cual la riqueza de los pocos depende de la pobreza de los muchos. Sin la plata de Bolivia y de México, puente de plata que atravesó la mar, ¿habría podido Europa ser Europa? Sin el oro de Brasil, puente de oro que atravesó la mar, ¿habría sido posible la Revolución Industrial en Inglaterra?

Con fondos del negocio negrero se construyó el gran ferrocarril inglés. A James Watt, y su máquina de vapor, lo subvencionaron mercaderes que hicieron su fortuna comerciando esclavos, manufactura y azúcar. La Casa Blanca, levantada entre 1792 y 1800, la construyeron esclavos negros. ¿Sin la esclavitud podría haber existido la sociedad industrial y todo el progreso de Inglaterra y Estados unidos?

Y como el proyecto civilizatorio occidental promete que el tiempo es una flecha, que va de lo atrasado a lo moderno, de lo bárbaro a lo civilizado, la cosa no ha cambiado mucho: los mismos que producían caucho, arroz, café, azúcar, ahora venden sus brazos a bajo precio para armar computadoras, zapatillas deportivas y todos los productos que la globalización (o globalidad, porque el proceso tiene una intención, hay alguien que globaliza) exige.

El viaje al espacio y el hombre asfixiado: dos caras de un mismo mundo. Así como lo serán los supremacistas blancos que, armados, empiecen a disparar sobre los negros a los que no les interesa ver ni menos entender, pero sí aplastar, negar, silenciar y esconder.

Karl Jung decía: lo que escondes, te somete. Lo que aceptas, te transforma. ¿Aceptaremos alguna vez que la idea del progreso, así como lo prometieron, depende de aniquilar la biosfera para ser real? ¿Qué pasaría si los mil cuatrocientos millones de chinos decidieran tener dos autos y casa en la playa? ¿Qué mundo nos quedaría? Quizás sea ahí, en la naturaleza, donde resulte más evidente lo que no queremos reflejar en el espejo: es saqueada porque existe un proyecto civilizatorio que crece en la medida que se envenena el medio ambiente.

Es la era del Antropoceno, dicen los geólogos y repiten los loros, culpando a toda la humanidad del desastre planetario. Generalizar la responsabilidad del ecocidio es la mejor forma de omitirla. Y la paradoja no termina ahí, porque los mismos que la destruyen ahora dicen defenderla mediante el uso de geoingeniería, Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono (BECCS) y todas esas grandes mentiras que el capitalismo verde empieza poco a poco a instalar en el imaginario ambiental. Destruirla o defenderla, la naturaleza sigue siendo una cosa que está allá afuera, lo otro. Si el salvaje y el negro han sido lo inferior de occidente, la naturaleza es lo exterior, el problema es que el lugar de la exterioridad es también el de la inferioridad.

Yuval Noah Harari (que también carga su propia paradoja: es historiador y superventas) popularizó mundialmente la idea de que las sociedades se construyen sobre la base de mitos e historias. La superioridad del Homo sapiens frente al resto de seres vivos se debe a la capacidad de generar relatos comunes y redes de cooperación sustentadas en esas historias inventadas con la imaginación y justificadas con la palabra. Quien controla el mundo es quien mejor justifica su dominación (lo mismo que Gramsci llamó hegemonía y que Joseph Nye plagió y le llamó “poder blando”).

A veces, sin embargo, se puede huir de la historia sin justificarla. El racismo es un buen salvoconducto para huir de ella, decía el mismo Galeano, porque si los ganadores han nacido para ganar, los perdedores han nacido para perder. Si el destino esta en los genes, la riqueza es inocente de cinco siglos de crimen y saqueo, y la pobreza de los pobres no es un resultado de la historia, sino una maldición de la biológica. Si los ganadores no tienen de qué arrepentirse, los perdedores no tienen de qué quejarse.

El racismo existe porque se justifica la idea respecto de que una entidad biológica es superior a otra. Joseph Bank, botánico que navegó junto con el explorador británico Cook hacia Nueva Zelanda, medía y pesaba los cráneos de los maoríes para probar que las mentes primitivas eran mas pequeñas que las europeas. Así se inventó la ciencia de la craneometría. Merata Mita lo define de este modo: “A través de nuestra historia la gente mira a los maoríes con lupa de la misma manera que un científico mira a un insecto. Los que miran se dan el poder de definir”.

Así como el racismo, la mayoría de las jerarquías sociopolíticas carecen de una base lógica o biológica: no son mas que la perpetuación de acontecimientos aleatorios sostenidos por mitos (Harari, p. 577). El proyecto civilizatorio de occidente, este que colapsa por todos lados, necesita de esos relatos que explican y justifican las diferencias biológicas y sociales. Pero como dijo Piketty, uno que se ha dedicado a estudiar la desigualdad, “cada sociedad humana debe justificar sus desigualdades: hay que encontrarles razones sin las cuales todo el edificio político y social amenaza con derrumbarse. Cada época produce así un conjunto de discursos e ideologías contradictorias que apuntan a legitimar la desigualdad”.

Yo me pregunto cómo se ve la Tierra desde la estación espacial a la que llegaron los astronautas estadounidenses. ¿Verán las banderas, los ejércitos, el color de la piel, el capitalismo y el socialismo y todos los mitos e historias que nos adornan la jaula planetaria? Cuando Carl Sagan vio la Tierra captada por la sonda Voyager 1, desde 6 mil millones de kilómetros de distancia, habló de un pequeño apunto azul pálido suspendido en una rayo de sol, y dijo que no hay mejor demostración de la locura de los conceptos humanos que esa distante imagen de nuestro minúsculo mundo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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