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De 4:33 minutos a 8:46, y de 8:46 al monumental lapso de una vida

por 13 junio, 2020

De 4:33 minutos a 8:46, y de 8:46 al monumental lapso de una vida
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La cruda imagen del video que muestra al policía con su rodilla en el cuello de George Floyd fue casi el doble de tiempo del “Tacet” dejado en la instrucción de la partitura que John Cage, en 1952, presentó en Nueva York ante una audiencia enmudecida por la tomadura de pelo o la inminente posibilidad de que ese silencio fuera imposible, pues nos regresaba a la conciencia de nosotros mismos.

Ese gesto radical de tiempo suspendido, posible de entender desde la poética y el arte, ha sido innumerables veces ejecutado en distintos momentos extremos de la historia de la humanidad. Ese aliento o espíritu ancestral, que no sabemos cuánto pesa ni cómo se ve, en un instante imposible de nombrar, fue despojado de su derecho al lenguaje, y todo a negro. A ruido blanco.

Esa risa, o terror ante el silencio, ocurre en un lapso absurdamente mínimo y ralentizado, recordándonos los espacios que hay en el tiempo que necesitamos para seguir respirando. 4:33 minutos de silencio, es la instrucción para que los músicos obligatoriamente dejen inactivos sus instrumentos: sobre las piernas o el suelo de la escena. 8:46 es el tiempo de la filmación que no pude terminar de ver, en la temporalidad de un ciudadano al que se le ha quitado el aire y la suficiente humanidad como para denigrarlo contra el cemento de una calle en Minneapolis.

En el territorio de la Comunidad Autónoma We Newen, Alejandro Treuquil fue herido mortalmente en una emboscada. El lapso de tiempo en que fue trasladado el Werkén al hospital de Collipulli donde falleció, instala una nueva unidad de medida, donde las figuras numéricas de 4:33 y 8:46 se repiten y fusionan ahora en el tiempo Mapuche y en los otros tiempos de muchos y muchas.

El 25 de mayo en Estados Unidos y el 4 de junio en Chile, a dos seres humanos, que representan a buena parte de la humanidad negada, censurada, sometida a la violencia política, racial, de género y clase, sometidos al hambre, la sed y el frío, se les arrancó del futuro, que para nosotros es este presente cuyo silencio resulta imposible.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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