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¿Puede ser el “hidrógeno verde” la bala de plata de la economía chilena?

por 28 junio, 2020

¿Puede ser el “hidrógeno verde” la bala de plata de la economía chilena?
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En agosto de 2019 el Gobierno de Chile por medio del Comité Solar e Innovación Energética de Corfo, dio a conocer el documento “Propuesta de Estrategia para el desarrollo del mercado de hidrógeno verde en Chile a través de acuerdos público privados”.

A partir de este documento, el país se ha planteado la visión de “Ser líderes a nivel mundial en la producción, uso y exportación de hidrógeno verde y sus derivados, a través del desarrollo tecnológico, la habilitación de un mercado competitivo y utilizando el reconocido potencial de energías renovables del país, a fin de contribuir a alcanzar una sociedad sostenible”. Sin ninguna duda, una ambición disruptiva en la idea de desarrollo para el país, que muy pocos podrían rechazar.

Posteriormente, en mayo de este año, el Ministro de Energía comunicó los cuatro ejes estratégicos sobre los cuales el país debería avanzar para materializar la visión: i) desarrollar regulación para su uso y producción; ii) analizar planes y políticas del combustible a nivel internacional; iii) convocar a ministerios, mundo privado y la academia para elaborar la hoja de ruta, que tendrá un plan de acción a 2025 y iv) la identificación de proyectos que estén desarrollando privados para analizar opciones de cofinanciamiento.

A estas alturas, y en el marco de diversos eventos que han sido organizados con el objeto de promover y discutir esta iniciativa, y que han contado con amplia participación del sector público y privado, ya se ha creado la Asociación Chilena del Hidrógeno, Corfo ha puesto plata para la evaluación del uso del hidrógeno en la minería, existen iniciativas para debates abiertos y se ha constituido un comité de hidrógeno verde que reúne a destacadas personalidades políticas y profesionales.

El diagnóstico sobre el cual se plantea el desarrollo de una industria en torno al hidrógeno, tiene sentido hoy en el contexto de la necesidad de reemplazar los combustibles fósiles debido a la crisis climática en ciernes producto del calentamiento global.

Creo firmemente que el país debe plantearse ambiciones de este calibre y aspirar a crear capacidades que compitan exitosamente a nivel internacional. Lo han planteado numerosos expertos, no es posible salir del subdesarrollo ni disminuir los niveles de desigualdad sin invertir en investigación y desarrollo y, como consecuencia, construir una economía diversificada sobre la base de la creación de nuevas industrias y tecnologías con impacto global.

También tuvo sentido plantear que Chile debía ser un país minero que exportara conocimiento experto; tuvo sentido plantear que Chile sería una potencia Agroalimentaria; también cuando se planteó que Chile fuera el “hub” para servicios y la entrada de las economías asiáticas a Sudamérica; tuvo sentido plantear el desarrollo económico del potencial geotérmico y tuvo mucho sentido plantear agregarle valor a la exportación de litio.

Sin embargo, ninguno de los planteamientos anteriores ha significado la creación de una identidad diferenciadora del sistema productivo de Chile, ni el desarrollo de tecnologías, conocimiento o modelos de negocios exportables a escala global. La estrategia seguida durante los últimos 40 años nos ha convertido en un país que debe competir como productor de materias primas, que no cree en sus capacidades intelectuales, y que posee una apertura comercial al mundo que define y condiciona las áreas en las cuales tenemos ventajas competitivas.

Hoy Chile no se diferencia por ser un exportador de conocimiento minero. La extraordinaria riqueza geológica y los desafíos de la ingeniería a lo largo de la cordillera de Los Andes, no ha creado compañías chilenas que compitan globalmente.

Codelco es una de las principales empresas productoras de cobre en el mundo pero, hoy esta reducida a la explotación de sus yacimientos sobre los cuales fue creada, sin las capacidades para transformarse en una empresa global. Como excepción se destaca la osadía de Antofagasta Minerals para transformarse en una empresa internacional, que la llevó a explorar opciones de nuevos negocios en distintas partes del mundo, pero sin logra aún consolidarse como una empresa global. Seguimos siendo un país minero pero, encerrado en la extracción eficiente de materias primas que exportamos con mínimo valor agregado.

El sueño de transformarnos en una potencia Agroalimentaria ha sucumbido en el desgastado discurso informativo que reitera que somos uno de los principales productores de vinos en el mundo, de buenos vinos, salmones, celulosa y frutas frescas. Mientras la realidad nos muestra que Chile pierde cada año miles de hectáreas agrícolas producto del cambio climático y que muchas familias son obligadas a abandonar los valles transversales por falta de agua. A pesar de múltiples diagnósticos y propuestas, no existe una estrategia nacional para preservar las superficies agrícolas ni potenciar esta industria que, se supone, nos debería identificar como una potencia mundial en la producción de alimentos.

Desde hace más de treinta años se conoce el potencial y los beneficios que generaría el desarrollo de una industria en torno a la energía geotérmica, tanto para la generación de energía eléctrica como térmica. Después de un notable esfuerzo realizado por el Estado en la promoción y licitación de áreas de interés, hoy la inversión en esta industria es prácticamente nula, permaneciendo como única referencia el extraordinario yacimiento Cerro Pabellón, explorado y desarrollado por ENAP y ENEL, dos empresas controladas por los Estados de Chile e Italia, respectivamente.

Paradojalmente, fue una empresa del Estado, ENAP, la que se animó a utilizar su experiencia en la exploración y producción de petróleo en Magallanes para transformarse en una empresa global. Durante los noventa, ENAP se atrevió a formar  profesionales en Europa y Estados Unidos, participó como operador y formó parte de aventuras conjuntas con empresas privadas en países tan diversos como Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia, Irán, Yemen y Egipto y evaluó oportunidades de negocios en varios países de África y Medio Oriente. Como resultado de esa decisión estratégica y la convicción de sus ejecutivos durante los noventa, ENAP aún mantiene operaciones rentables en Egipto y Ecuador. Pocas empresas chilenas pueden mostrar un historial como este.

El tema del litio, es ampliamente conocido. Se formaron comisiones, se redactaron sendos informes sobre lo que podríamos ser y hacer y los medios destacaron en sus portadas la importancia del litio en la electro-movilidad. Aun cuando el Estado de Chile es dueño exclusivo de las reservas de este metal, y teniendo los mejores yacimientos del mundo, aún no somos capaces de producir ni una bicicleta eléctrica movida con una batería de litio “made in Chile”.

Ahora nos catalogamos como la Arabia Saudita de la energía solar y declaramos que queremos ser los campeones mundiales del hidrógeno, y además, verde, el cual se caracteriza por ser producido en un 100% con energía renovable, a través de un proceso denominado hidrólisis, que consiste en separar el agua en Hidrógeno y Oxígeno a través de una reacción química, y que se diferencia de su primo el hidrógeno azul que es producido con gas natural.

La apuesta por el hidrógeno verde implica que utilizaremos este elemento como materia prima en procesos productivos, para la generación de electricidad y como combustible para mover vehículos de carga, buses, barcos y aviones. Significa además, que seremos capaces de crear la tecnología para exportar el hidrógeno a países como Alemania y Japón y llegar a esos mercados con precios más competitivos que nuestros competidores ubicados en España, Portugal, Norte de África, Medio Oriente y Australia.

Suponer que tenemos la oportunidad de transformarnos en un referente mundial en la incorporación del hidrógeno verde por el solo hecho de tener la mejor radiación solar y los mejores vientos del mundo, es insuficiente. La historia es la evidencia, ni por tener los mejores yacimientos de cobre y de litio en el mundo, ni por poseer el 10% de los volcanes activos del planeta, nos hemos transformado en un país que desarrolla tecnología ni exporta conocimiento en estas industrias.

La propuesta es ambiciosa y desafiante, y resuena fuertemente en muchos chilenos ávidos de grandes sueños. El supuesto implícito en la propuesta de transformarnos en los campeones mundiales del hidrógeno verde es que seremos, ni más ni menos, capaces de superar en eficiencia y rentabilidad a los combustibles fósiles y que, a partir de ahí, nos transformaremos en un país con una economía sustentable y un referente mundial.

Pero mientras no abordemos los temas de fondo, no avanzaremos más allá del diagnóstico y una que otra iniciativa aislada. Mientras Chile invierta sólo un 0,36% del PIB en investigación y desarrollo (I+D) y mientras el número de investigadores dedicados a I+D sea del orden de 1,1 por cada 1.000 trabajadores, la probabilidad de innovar en el desarrollo tecnológico es lamentablemente, muy baja. Es bueno recordar que la inversión promedio en I+D en los países miembros de la OCDE es de 2,3% del PIB y que el número de investigadores es de 8,29 por cada 1.000 trabajadores. Por más que tengamos un ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, si no contamos con recursos suficientes, es muy poco los que se puede lograr.

Si nos focalizamos en los impedimentos sectoriales podemos sostener como ejemplo,  que la neutralidad tecnológica en la industria de la electricidad, postergará cualquier iniciativa para la incorporación de plantas en base a hidrógeno en la matriz de generación hasta que, en otras partes del mundo, se desarrolle el mercado y la tecnología que compita con alguna de las fuentes de generación que hoy utilizamos, tecnología que importaremos, dejando todo el valor agregado que tenemos como objetivo capturar, en otros países.

Mientras Chile sea un país dependiente de la importación de petróleo, y mantenga el precio de las gasolinas y diésel a niveles más bajos que sus potenciales competidores en la carrera por el hidrógeno, su reemplazo es inviable. Mientras no exista un incentivo directo para incorporar fuentes alternativas, el uso de, por ejemplo, gas natural como materia prima para extraer el hidrogeno en la fabricación de amoniaco y en la refinación de petróleo, seguirá siendo más eficiente y económico que la opción en base a hidrógeno verde. Hoy existen reservas de gas natural para abastecer la demanda mundial por los próximos 150 años, las reservas siguen aumentando y existe un mercado cada día más accesible, con disponibilidad y volúmenes crecientes en el mercado spot.

El esfuerzo de todos aquellos quienes creen que el hidrógeno verde es una opción de desarrollo para Chile, es loable. Sin embargo, la falta de convicción y voluntad política para formular y sostener planes estratégicos de largo plazo, puede que impida, una vez más, que el país sobrepase la fase de diagnóstico.

La historia y las políticas públicas nos demuestran que no tenemos la vocación para crear capacidades que nos transformen en actores globales. Sabemos desde hace larga data que la estructura actual de las exportaciones chilenas no es muy distinta a la que teníamos en los ochenta, e incluso, que la complejidad de los productos que exportamos se ha reducido. Los diagnósticos sobre las causas han sido latamente difundidos por distintos medios, y son de conocimiento trasversal en todo el espectro político.

Lo que deberíamos hacer también es conocido. A modo de ejemplo, mientras no se grave adecuadamente el impacto que generan las fuentes contaminantes que utilizan combustibles fósiles, en beneficio directo de fuentes alternativas, su reemplazo será marginal y de impacto limitado.

Pero en la asignación de gravámenes, no podemos perder de vista el contrasentido que significa que un país importador de hidrocarburos como Chile, donde la mayoría de sus habitantes tiene ingresos inferiores a 700 dólares mensuales, aumente los impuestos a los combustibles fósiles para reducir emisiones de CO2 o el nivel de importaciones, sin afectar el sustento de las familias. Como lo demuestra la experiencia con la instalación de los medidores inteligentes, la realidad indica que es imposible transferir al cliente final el costo total de la inversión en nuevas tecnologías.

El hidrógeno tiene la virtud de ser un portador de energía multipropósito que se puede usar en aquellas áreas donde la electricidad no se puede usar directamente desde las fuentes renovables, pero para que se convierta en un reemplazo de los combustibles fósiles en Chile, se requiere una estrategia que integre toda la cadena de valor y el Estado, además de generar el marco regulatorio, debe tomar los riesgos y liderar la inversión en la generación de la demanda, junto con la construcción de prototipos con aplicaciones tecnologías en la producción, almacenamiento, infraestructura y uso final del hidrógeno.

A modo de conclusión, se puede sostener que la orientación filosófica de la economía chilena impide que desafíos como el hidrógeno verde se transformen en un pilar de desarrollo para el país, en los términos planteados. Mientras no abandonemos la doctrina ideológica del laissez-faire (dejar hacer) en la economía, iniciativas como ésta están destinadas a quedar como meras buenas ideas.

Si el país decide apostar por el hidrógeno verde como la bala de plata para una  economía sustentable, debe ser una opción tomada por la sociedad en su conjunto, refrendada por la mayoría del espectro político y legislar en consecuencia. No sirve hacer el diagnóstico hoy y dejar el plan de acción para el año 2025.

Sólo la implementación de estrategias de desarrollo convenidas transversalmente, con políticas públicas y marcos regulatorios vinculantes en el largo plazo, nos dirá si somos capaces de crear una industria como la del hidrógeno verde, a través del desarrollo tecnológico, la habilitación de un mercado competitivo y la utilización del reconocido potencial de energías renovables del país.

 

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