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El ejercicio del gorila

por 17 julio, 2020

El ejercicio del gorila

Crédito foto: Ludmila Drago

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“Nos contamos historias a nosotros mismos para vivir”, así comienza uno de los ensayos de la escritora estadounidense Joan Didion, es también una de sus frases frases más conocidas y a la cual echo mano permanentemente. Sintetiza en pocas palabras un mecanismo de sobrevivencia humana, individual y colectiva.

También permite armar un relato tal que permita sostenernos y continuar, que construya una idea de nosotros mismos y del resto. Qué duda cabe, lo necesitamos. Pero a veces, nuestras historias eclosionan con lo real.

El día que leí sobre un experimento desarrollado por la psicología cognitiva y que plantea la noción de ceguera perceptiva, recordé la frase de Didion.

Este experimento, que es bastante popular, solicita a un grupo de personas que observen la proyección de un juego de básquetbol. Mientras esto sucede, se les pide que cuenten el número de veces que la pelota cambia de mano entre los jugadores. A la mitad del partido, un hombre disfrazado de gorila ingresa a la cancha, mira a la cámara, se da un par de golpes en el pecho y luego se marcha. ¿Qué ocurre? Más de la mitad de los participantes del experimento no ven al dichoso gorila. Hasta ponen en duda que pudiese haber ocurrido. Sin embargo, cuando a las personas se les pide ver el mismo partido, pero sin la tarea de contar los pases, prácticamente todos lo ven. Los investigadores llaman a este fenómeno ceguera perceptiva. Y al momento en el cual por segunda vez observas el partido, yo lo llamo la caída de una historia. Lo bueno es que rápidamente nos creamos otras y seguimos adelante.

¿Todo relato tiene espacios de ceguera perceptiva? O, ¿los necesita? El filósofo checo Karen Kosík lo preguntó abiertamente: “¿Puede el individuo entender, verdaderamente, el sentido del juego que se desarrolla en la historia?”. Probablemente no. No obstante, esta pandemia está creando en la breve historia de la humanidad un punto de inflexión. Como en algunas series de moda de las plataformas de internet, donde el tiempo lineal no tiene cabida por fome, la pandemia ha puesto en escena a los gorilas que por años obviamos. Con sus cifras, las preguntas por las tecnologías de la vigilancia, el uso de los datos, el diseño de las apps, el aporte de los algoritmos y la inteligencia artificial, el tiempo que avanzaba sin más se acumuló como una bruma que nos impide saber hacia dónde caminar.

Hasta hace poco, la noción de digitalización de la información estaba estrechamente vinculada al miedo y al rechazo (de esto mucho le debemos a Hollywood). Sin embargo, el contexto de la pandemia nos recuerda permanentemente que hay un nuevo mundo por venir, un post-, donde la tecnología tiene un papel clave. Sin embargo, llevamos demasiado tiempo –vaya paradoja– sin siquiera enunciar las primeras palabras de esta historia. Aunque, en este caso, no sabemos si nos distrajimos de más contando pases o nos ocultaron a los gorilas.

Un ejemplo sencillo: las tecnologías reproductivas, en particular las relacionadas con la visualización del feto. Este es un caso que trata la investigadora estadounidense Karen Barad para preguntarse por la influencia del ultrasonido en la disucusión sobre el aborto en Estados Unidos, considerando que su práctica histórica y cultural –como los análisis feministas plantean– implica elementos discursivos y materiales que tienen efectos en los preceptos que se forjan alrededor de la relación madre-feto.

La interrogante es aún más pertinente si pensamos que la ecografía obstétrica es una tecnología concebida para el contexto médico. Barad nos aclara que no. Las ondas ultrasónicas –que son la base de su funcionamiento– fueron utilizadas en un principio para la detección de submarinos durante la Gran Guerra; luego, durante la Segunda Guerra Mundial, esta tecnología experimentó importantes avances y fue adoptada por la medicina, al punto que en la década de 1960 el ultrasonido obstétrico se encontraba ampliamente aceptado. Con la administración de esta tecnología se alteró efectivamente la relación que se tiene con el feto. La primera ecografía es a la vez la primera fotografía del bebé. Con estas imágenes, la concepción del feto se alteró, inevitablemente se comenzó a percibir como un objeto autónomo, lo que contibuyó a la invisibilización de la mujer. ¿Pasó un gorila?

El 6 de mayo pasado, el gobernador de Nueva York anunció que el ex CEO de Google, Eric Schmidt, encabezará un panel para reimaginar la realidad post-COVID del estado de Nueva York. Esto, que fue analizado por la periodista Naomi Klein, supone tantos pases de pelota que casi no son necesarios los gorilas para perdernos el Madison Square Garden completo. En principio exhibe un trato que hace tiempo se había consolidado entre gobiernos y las grandes corporaciones, pero más importante aún, para Klein marca el comienzo de la permanente presencia de la tecnología en los diferentes ámbitos de nuestras vidas.

Klein no se abstiene al dar cuenta de los peligros asociados a este trato. En esta reingeniería los hogares pierden su carácter personal. En efecto, la conectividad digital de alta velocidad establece una conexión con todo: escuelas, consultorios médicos, gimnasios, cárceles, por dar algunos ejemplos. Todo esto, por supuesto, determinado por los gobiernos que tendrán potestad de ingresar en nuestras vidas según las razones que consideren pertinentes. Pero sabemos que expuestas las reglas en estos términos, pronto comenzarán a estropearse las cosas.

En los años 70, Hannah Arendt advirtió que la política había hecho del “estado de excepción” la regla. Cabe recordar la denuncia del estadounidense Edward Snowden contra la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) por violar la privacidad de los ciudadanos, a comienzos de 2010. Desde entonces no hay dudas del estado de vigilancia que nos acompaña. Así las cosas, hoy se nos han acumulado los gorilas. Porque podemos seguir creyendo que un algoritmo es solo un procedimiento. Un paso a paso predecible, pero de cuyos efectos no tenemos certezas. Sí, la tecnología puede contribuir a un mundo mejor, pero para ello necesitamos un pensamiento sobre los efectos sociales de la técnica en nuestras vidas.

Hoy, contarnos una historia donde únicamente hay jugadores de básquetbol puede conducirnos, no a imaginarios distópicos, sino a algo más conocido. El mismo mecanismo de dominación y poder que nos ha tenido contando pases, simplemente llevará a cabo una reingeniería completa de la salud, la educación y la convivencia social. Un futuro –y presente– de privilegiados, es decir, ricos, y un montón de trabajadores anónimos, es decir, pobres.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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