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Adultocentrismo, adultismo y estereotipos generacionales

por 24 julio, 2020

Adultocentrismo, adultismo y estereotipos generacionales
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Cuando se habla de adultocentrismo, necesariamente se alude a un sistema de opresión olvidado y poco conocido, a pesar de que ha existido a lo largo de la historia de la humanidad. La dominación del mundo adulto hacia el mundo infantil y juvenil es una práctica social arraigada en distintas épocas, sociedades y culturas, y que ha ido transmutando y tomando distintas versiones, pero el razonamiento de fondo es el mismo: el adulto es el modelo referencial (patriarcal), el que posee la verdad absoluta, el que nunca se equivoca, el proveedor y dueño del espacio doméstico, y el que posee el control de los cuerpos de los niños, niñas y adolescentes.

En lo que concierne a su análisis teórico en tanto objeto de estudio desde las Ciencias Sociales, es bastante reciente (desde el año 2000 aprox.) si se le compara con otros sistemas de opresión como el patriarcado y el colonialismo, que llevan décadas de estudio e investigación.

Se podría decir, en términos generales, que las formulaciones, desarrollos y cuestionamientos a lo que conocemos como adultocentrismo en Chile, provienen principalmente del ámbito educativo. Ya sea por académicos y académicas de la educación superior universitaria dedicados a la investigación y producción teórica de este fenómeno, trabajadores y trabajadoras de la educación críticos con el sistema escolar formal (educación bancaria, autoritarismo en las relaciones pedagógicas), y las organizaciones de educación popular que promueven y generan nuevas prácticas antiadultistas en su trabajo político-pedagógico en los territorios.

Si bien en este último tiempo, y especialmente desde el estallido social del 18 de octubre, se ha manifestado una problematización más generalizada en nuestra sociedad desde las organizaciones sociales (trascendiendo el espacio educativo propiamente tal), cuestión que se ha visto por ejemplo con la creación y desarrollo de cabildos infantiles, aun así, no existe actualmente una narrativa en común que identifique y reconozca al adultocentrismo como un sistema de dominación de carácter estructural y sistémico.

Cuando hablamos de adultocentrismo, se tiende a pensarlo simplemente como una acción individual de un adulto dirigida a un niño, niña o adolescente, en la que se le discrimina, violenta, controla y oprime por su edad. Esta concepción particularmente la sostiene y reproduce Sename, atribuyendo la problemática del maltrato infantil a “desajustes” en la crianza, en la línea de “incompetencias” parentales, desconociendo, entre otras cosas, las determinaciones sociales y culturales que configuran un modo determinado de relación adulto-niño.

Pero tal como lo plantea Claudio Duarte (2012, 2015), sociólogo que en nuestro país ha sido de quienes más han investigado, desarrollado y teorizado este tipo de sistema, el adultocentrismo es un modo de organización social que se sostiene en relaciones de dominación en las que las clases de edad adultas definen y controlan el lugar que ocupan en la sociedad a quienes definen como “menores”. Es interesante la concepción que sostiene Duarte, porque al plantearlo en términos de un modo de organización social, nos está hablando de una manera en particular en la que se organiza la sociedad en cuanto a las relaciones sociales, y particularmente, las relaciones intergeneracionales. No hace una formulación desde una lógica individual sino colectiva.

El otro concepto que llama la atención es la de “clases de edad”. ¿A qué se refiere con esto? Desde un punto de vista sociológico, tiene que ver con la categorización de cada grupo social en función de su edad. Entonces, a partir de esta misma, desde una perspectiva cronológica lineal, se clasifica socialmente lo que conocemos como niñez, pubertad, adolescencia, adultez, vejez. Desde esta división de las edades se atribuyen culturalmente ciertas tareas, deberes, funciones, derechos y privilegios. De esta manera se le asigna a cada persona un rol determinado en la sociedad, el cual se instala en el imaginario social del ordenamiento “normal” de la sociedad misma.

En ese sentido, esta división de clases de edad, no responde a una condición psicoevolutiva de “naturaleza psicológica”, sino que más bien a las condicionantes históricas, sociales y culturales que van moldeando el lugar que ocupa cada grupo social en una época, territorio y cultura determinada.

La edad entonces es la categoría central en el sistema adultocéntrico, porque no opera en términos simplemente clasificatorios, sino que además implica una determinada atribución de derechos, deberes y patrones de conducta.

En esa línea, se sostiene la existencia de estereotipos generacionales, los cuales instalan representaciones sociales de la niñez (inmadurez, emocionalidad, dependencia, incompletitud, incompetencia), adolescencia (apatía, flojera, impulsividad, desorden) y adultez (madurez, racionalidad, autonomía, autoridad, competencia). Así como existen estereotipos de géneros (y que coexisten con los estereotipos generacionales), los cuales atribuyen y condicionan ciertas características (masculinas o femeninas según el sistema binario) a las personas en función de su sexo biológico, en los grupos generacionales ocurre lo mismo, pero en función de sus edades.

Como todo estereotipo, en tanto percepción simplificada de cierto grupo social, va de la mano muchas veces con discursos prejuiciosos y discriminadores, reproduciendo esa violencia simbólica que mantiene los roles preestablecidos y relaciones intergeneracionales jerárquicas, sin dar lugar a otras formas de pensar y vincularnos con la niñez. Esto da pie a prácticas cotidianas legitimadoras de la distribución y ejercicio desigual del poder en las relaciones intergeneracionales, siendo el mundo adulto siempre el privilegiado.

Ahora bien, el adultocentrismo no se remite a un asunto entre individuos (adulto-niño), sino que es un fenómeno sociocultural con múltiples y diversas expresiones. Una de ellas ocurre en el ámbito político-institucional, en el que, por ejemplo, las políticas públicas de infancia, más allá de las buenas intenciones, son siempre diseñadas, planificadas y ejecutadas desde el mundo adulto, sin la participación (vinculante y no meramente consultiva) de los niños, niñas y adolescentes.

Por tanto, me parece necesario comenzar a problematizar y complejizar el análisis y debate actual que hay sobre las violencias hacia las niñeces y adolescencias. Esto porque las narrativas hegemónicas identifican ciertos espacios institucionales donde se expresan las distintas formas de violencia, como la familia (maltrato infantil), la escuela (violencia escolar), el Sename (violencia institucional), las comunidades mapuches (violencia estatal-policial), acotándolo a conductas individuales de ciertos adultos. El problema es el adulto agresor y violento. Ya sea el policía, el padre, el profesor, etc. El problema de esa visión, de ese discurso, es que, por un lado, realiza un análisis individual, y por tanto parcial y fragmentario del fenómeno de la violencia; y por otro, se enuncia bajo la terminología jurídica de “vulneración de derechos”, reduciéndolo a una cuestión netamente técnico-jurídica, desprovisto de un análisis político.

En cambio, lo que propongo es hacer un desplazamiento de una lógica individual, parcial y fragmentada, a una lógica colectiva, intersectorial y estructural, que pueda identificar el sistema adultocéntrico como la raíz a partir de la cual se despliegan las múltiples formas de violencias hacia las niñeces, desde la criminalización y persecución que hace el Estado con la niñez y juventud popular, hasta el maltrato infantil en el ámbito doméstico.

Esto implicaría dar cuenta de la especificidad de las violencias hacia este grupo etario en particular, visibilizando su componente adultista. El adultismo entendido como el acto de discriminación por edad, es la materialización de la violencia cuya lógica se encuadra en el adultocentrismo (Alexgaias, 2014) (para que se entienda mejor, si hacemos un paralelismo, el adultocentrismo es al patriarcado, lo que el adultismo es al machismo).

En conclusión, llamemos las cosas como son: no es cualquier tipo de violencia, no es simplemente vulneración de derechos, es violencia adultista.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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