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La nueva versión del paro de camioneros: ¿estrategia efectiva para la resolución de conflictos?

por 6 septiembre, 2020

La nueva versión del paro de camioneros: ¿estrategia efectiva para la resolución de conflictos?
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Luego de variadas advertencias y amenazas, el pasado jueves 27 de agosto la Confederación Nacional del Transporte de Carga Terrestre de Chile (CNTC), una de las agrupaciones gremiales importantes del transporte terrestre del país, inició una movilización de carácter indefinido debido, en opinión de sus dirigentes, a la desprotección en la que se encuentran sus asociados luego de una serie de ataques y atentados que han sufrido en el sur del país y específicamente en la región de la Araucanía. La condición que los camioneros exigieron tanto al gobierno como al Congreso para terminar la movilización era aprobar con suma celeridad 13 proyectos de ley que eventualmente les darían a los asociados mayores niveles de seguridad y efectividad a las policías y al Poder Judicial en el enfrentamiento de las acciones de violencia que han experimentado.

No obstante, estas exigencias no encontraron en principio la respuesta esperada en el Ejecutivo ni en el Legislativo, ni tampoco en otros gremios del transporte terrestre que calificaron esta movilización como improcedente, sobre todo considerando el contexto de pandemia que vive el país que requiere más que nunca del mantenimiento de las líneas de aprovisionamiento para la población. Después de una semana en paro en el que hubo una serie de incidentes, los que incluyeron la muerte por atropello de uno de los manifestantes, evidencias de obstrucción al libre tránsito por carreteras, y pasar por alto restricciones que rigen en el Estado de Catástrofe, el miércoles 2 de agosto los camioneros concluyeron su movilización, luego de acordar una conjunto de medidas que deberán materializarse en el tiempo y que de su cumplimento depende que no vuelvan a paralizar en el futuro próximo.

Dado este escenario, ¿qué lectura se puede hacer de la movilización de los camioneros?, ¿fue la mejor estrategia para lograr sus objetivos?, ¿fue efectiva?

Ganadores y perdedores

Frente a un conflicto ya manifiesto parecería que las respuestas solo pueden darse en dos ámbitos: enfrentarse o retirarse. Ninguna de las dos por sí mismas aseguran resolver la disputa; es más, frecuentemente una u otra generan consecuencias que pueden terminar siendo más perjudiciales que el conflicto mismo. Si se opta por el enfrentamiento, necesariamente para “ganar” se tendrá que haber considerado la suficiente fuerza para poder derrotar al oponente. Si no se está seguro de esa superioridad, el riesgo es alto. Pero aún cuando exista esa superioridad, esta siempre es contingente, es decir, obedece a un momento dado que con el transcurrir del tiempo y sobre todo con el ingreso de otros actores puede terminar siendo una derrota importante. Por otra parte, retirarse parece ser ventajoso cuando el conflicto es poco significativo y no afecta mayormente los intereses fundamentales. Pero ¿si no es así?, ¿se tendrá que asumir la carga de la derrota sin siquiera haber intentado algo mejor?.

Si bien estas posiciones pueden parecer una simplificación de una realidad mucho más compleja y sofisticada, no es muy diferente de lo que ocurre en un amplio espectro de conflictos de todo tipo. Desafortunadamente, la propensión a comprender las disputas de esta manera, impiden por lo común explorar formas alternativas sin tener que recurrir necesariamente al esquema ganador-perdedor.

De la espiral a la escalada del conflicto

En 1986, los investigadores en psicología social del conflicto, Dean Pruitt y Jeffrey Rubin, desarrollaron el concepto de “espiral” como una manera gráfica de explicar cómo los conflictos a medida que van agravándose incorporan cada vez más elementos externos al mismo, arrastrando una serie de residuos que como tal “ensucian” el conflicto. Por ende, hacen más difícil poder llegar a su resolución efectiva debido a la confusión que se genera entre sus aspectos basales y otros que están teñidos de percepciones, deficiente comunicación y/o generación de estereotipos, los que con el transcurso del tiempo van aumentando y escalando en energía, agresividad y violencia. Uno de los hallazgos que reconocieron es que no solo las acciones violentas tienden a generar respuestas más violentas, sino que en muchas ocasiones una réplica defensiva, no agresiva o directamente pacífica, igualmente es apreciada como una acción violenta de la otra parte.

Una forma de comprender esta distorsión está en la dinámica y escalamiento del conflicto en que, a medida que la espiral va creciendo, entender el conflicto se torna más complejo y ante ello las partes tienden a simplificarlo, lo que explica la lógica dicotómica de buenos y malos, o de ellos o nosotros, tan propio de los conflictos con altos niveles de violencia.

La escalada del conflicto tiende a concentrar y unir lo que en principio no lo era. Es una representación falsa de simplificación del conflicto y, por lo tanto, el reduccionismo al estar alejado de la realidad hace más lejana la posibilidad de llegar a acuerdos de mutuo beneficio.

En el caso del conflicto camionero, de hecho, la referencia es a un grupo bastante diverso y heterogéneo, pues en dicha categoría caben los grandes empresarios del transporte terrestre, pequeños empresarios, conductores propietarios de uno o dos camiones, mecánicos, peonetas, etcétera, en circunstancias que según los datos que en su momento dio el gobierno, los movilizados no superarían el 5% del parque total del transporte terrestre nacional, aproximadamente 1.830 camiones. Pero la simplificación también está en la contraparte, ya que la paralización es en contra de los “terroristas” que asolan las rutas de Chile, los que también de manera tanto implícita como explícita incluiría a grupos étnicos o eventuales representantes de estos, movimientos políticos extremistas, tanto nacionales como internacionales, delincuencia común, narcotraficantes, reducidores de especies y un largo etcétera de individuos y grupos desconocidos que a la fecha no han sido identificados por las policías.

Otra de las alteraciones que genera la escalada, según Pruitt y Rubin, es la eliminación de los grupos intermedios que podrían mediar o facilitar la resolución del conflicto. De esta manera, los actores que podrían y deberían cumplir este rol en la movilización de los camioneros, como el gobierno u otras instituciones legitimadas para ocupar ese espacio, son presionadas para adoptar una posición. La neutralidad en la escalada no es bien recibida como tampoco aliarse a una de las partes en disputa.

La salida del conflicto

Si bien son evidentes los trastornos y los costos que provoca un conflicto escalado, las partes también perciben que desescalar o abandonar el conflicto implica también una pérdida no solo de los intereses percibidos, sino de toda la inversión realizada en términos de tiempo involucrado, prestigio, imagen, liderazgo gremial y costos económicos, aun cuando satisfacer las demandas originales se vean cada vez más lejanas.

Tal como en otras ocasiones en que se ha recurrido a las movilizaciones para lograr determinados propósitos corporativos, el conflicto pasa por momentos de mayor tensión y agresividad, para paulatinamente transitar al estancamiento o resolverse sobre la marcha de la presión y la urgencia, llegando a salidas que aunque parecen satisfactorias no abordan las raíces profundas del conflicto. Se apaga el incendio, pero quedan las brasas. En ese sentido, una estrategia habitual es la compensación económica que más que resolver nubla la visión respecto a los intereses fundamentales que originalmente se planteaban y deja abierta la posibilidad que ante un nuevo incidente resurja el conflicto.

Resolver conflictos a través del escalamiento, si bien puede llegar a un término relativamente aceptable, debería hacer reflexionar a los participantes sobre otras formas alternativas pacíficas de resolución. Los resultados a los que se suelen llegar están muy lejos de los originalmente perseguidos y restaurar la confianza termina siendo el mayor costo que hay que asumir, confianza que puede tomar años o décadas en restituirse, pues la historia aunque trate de ser minimizada, nunca se borra.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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