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Delirium tremens

por 17 septiembre, 2020

Delirium tremens
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La ducha es el mejor lugar para pensar. Duchas cortas eso sí, el cambio climático obliga. La de hoy estuvo especialmente apretada, de pronto me descubrí bailando con elefantes de colores al ritmo de Elton John cantando “don't give us none of your aggravation, we had it with your discipline”.

Elefantes azules de la muerte, verdes fiscalizando asados dieciocheros, elefantes amarillos que rechazan para reformar, rojos estacionados en calles y caminos, naranjos en los matinales, rosados apurados: iban atrasados al club de golf. Había uno celeste, más bien tímido, que venía llegando de un bar y otro café, acusado constitucionalmente.

Hace días que me siguen, no puedo distraerme, o podría terminar aplastado. Les hago preguntas, cientos. Algunas tienen respuestas cortas, otras son complejas y me pierdo en la mitad. Se incluye al elefante verde en la lista de trazabilidad del asado o no cuenta si es en el patio. Cuántos elefantes caben en un auto camino a la playa. Cómo llega el elefante naranjo tan rápidamente a su trabajo en la municipalidad o el Congreso después del matinal.

Frente a nuestro tímido pudú, mis elefantes de colores parecen bestias magníficas. No vuelan, pero mueven montañas. O al menos recursos públicos, odiosidades, temores y ambulancias. Quizá deba acostumbrarme a convivir con ellos, desde hace un tiempo invadieron la discusión pública y las plazas del país, que podría hacerme inmune.

La manada de elefantes de colores no solo baila con Elton John, también lo hace con Los Huasos Quincheros, montados en camionetas Ford, sacan banderas por la ventana y se divierten a la sombra de los elefantes verdes. A estos los conozco bien, hace días utilizan el baño de mi edificio y bloquean el estacionamiento.

Qué hacer con estos elefantes, no tengo forraje suficiente para alimentarlos. Es probable que dejen a otros animales sin sustento. Qué sabe de estas preocupaciones un elefante, mientras tenga pasto y agua se encontrará feliz y tranquilo. Bestia majestuosa, Napoléon la pensó como el símbolo del poder imperial, decidiendo finalmente a la abeja trabajadora por sobre el coloso voraz.

Mi elefante café bailaba sin ánimo, preocupado de no mojar el teléfono, mientras revisaba Twitter. Incluso pidió que cambiara la canción, de manera no muy amable. Está acostumbrado a elegir la música, no escucha cualquier cosa y les canta al oído a los otros paquidermos.

Los rojos se movieron a un lado, dejaron pasar, pero si los otros animales se descuidan, podrían estacionarse de nuevo. ¿Sabe usted, querido lector, cómo mover a un elefante estacionado? Hay que ofrecerle algo, atraerlo, los elefantes no se engañan fácilmente y rara vez comparten. Son amigos de los elefantes verdes, sus colores se camuflan fácilmente.

A los elefantes naranjos les he dicho hasta el cansancio que la televisión no es lo suyo, los engorda. No me escuchan, están ocupados calculando. Elefantes burócratas, cambian la piel varias veces al año, pues curiosamente comparten genética con algunos reptiles.

Los elefantes rosados son los peores compañeros de ducha. Cambian la temperatura del agua, eligen qué champú usamos todos los demás, le pegan manotazos a la cortina y cantan sobre la libertad, pero sin la gracia de Serrat. De la playa al club, del club a la nieve, no les gusta pagar impuestos y sueñan con ser vacas, de esas sagradas.

Sigo pensando qué voy a hacer con mis elefantes, los trato de dejar afuera cuando cierro la puerta, pero se meten por la ventana. No les digo que hasta a la ducha me acompañan. Ruego que alguien me cuente si ha visto elefantes de colores dando vueltas estos días, no pueden ser solo un delirium mío.

 

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