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Y la máquina sigue funcionando

por 12 abril, 2021

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Estamos enfrentando una situación catastrófica. Lo que la Presidenta del Colegio Médico nombró en enero de este año como el escenario “más desalentador posible” es hoy una realidad consumada: los contagios han superado la barrera de los 9 mil casos diarios, impactando con crudeza nuestro sistema de salud pública desmantelado y sostenido sobre trabajo precario e hiperexplotado, extenuado luego de un año de pandemia.

Pero la crisis sanitaria es sólo un aspecto de la crisis más general que estamos atravesando. Una crisis política, social y económica en la que se ha precarizado crecientemente la vida de las amplias mayorías de la población. El antecedente directo de la revuelta desatada en octubre es que, frente a esa precarización creciente, el actual Gobierno sólo ha ofrecido políticas de ajuste y ha respondido mediante la violencia represiva contra quienes ejercen su derecho a protesta.

Para un ejemplo paradigmático, observemos lo que ocurre hoy en La Florida, en su sector precordillerano. Allí se encuentra el Bosque Panul, último bosque nativo en Santiago bajo la cota mil, un enorme paño que perteneció a Bienes Nacionales hasta que en el año 1977 fue rematado a un único postor: Vicente Navarrete Marinot, amigo íntimo del dictador Augusto Pinochet, que compró las 543 hectáreas de tierra en un millón de pesos de la época, el equivalente a 17 millones de pesos actuales.

En las faldas de ese territorio privatizado, asechado continuamente por los intentos de urbanización que han seguido avanzando pese a las promesas vacías del actual alcalde 2 , hay en este momento un sonido que no se detiene. Es el sonido que realizan los trabajadores de la construcción que, en medio de esta pandemia, se trasladan cada día para llegar hasta la intersección de Lo Cañas con El Hualle. Estos trabajadores, impedidos de poder “quedarse en casa” en momentos donde se nos llama a consumir exclusivamente “bienes esenciales”, arriesgan hoy su vida y la de sus comunidades para levantar tres edificios de departamentos sacados de una fantasía suburbana decorada con parques privados y bellas puestas de sol. Este “trabajo esencial” tiene lugar a sólo 3 cuadras de la intersección de María Angélica con Tobalaba, donde comienza la Toma Dignidad, la más grande de la comuna.

Llamamos a esta gestión de la crisis sanitaria una gestión criminal. Habrá algunos que consideren que éstos son epítetos destemplados, pero los datos son incontestables. En esta máquina de producción de riqueza que se niegan a detener, la cifra de los muertos es cada vez mayor y proviene de manera desproporcionada de los sectores más precarizados. Estas muertes, así como las vidas afectadas por los distintos flancos de la crisis a la que nos referimos, no son la consecuencia de la “irresponsabilidad” de la población para cumplir con las (extraordinariamente erráticas) indicaciones sanitarias, sino que el resultado directo de la gestión política, económica y sanitaria llevada adelante por este gobierno con la complicidad del parlamento, como han demostrado reiteradamente los datos. De esta situación, sólo podremos salir con un cambio radical en la política, y desde las organizaciones y movimientos sociales tenemos claro que este gobierno no será quien pueda personificar ese giro necesario.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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