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La balsa de la Medusa

por 29 abril, 2021

La balsa de la Medusa
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La balsa de la Medusa, famosa obra del pintor francés Theodore Gericault, representa una tragedia marítima que conmocionó a Francia a comienzos del siglo XIX. Cualquier similitud de esta pintura con la actual situación de Chile, queda a la libre imaginación de los lectores.

Relatan artículos sobre este siniestro publicados en este medio electrónico, que en junio de 1816 la fragata francesa Meduse partió desde el Mediterráneo con rumbo a África transportando al futuro gobernador francés en Senegal, Julien Schmaltz y su esposa Reine.

La fragata comandaba un convoy compuesto por otras tres embarcaciones, el buque-bodega Loire, el bergantín Argus y la corbeta Echo. Su capitán, Hugues Duroy de Chaumereys, nombrado en pago de favores políticos carecía en absoluto de capacidad para gobernar una embarcación como la Medusa. Al acelerar inapropiadamente la marcha perdió en la lejanía a las otras tres naves, no supo mantener el timón, equivocó el rumbo y quedó al garete, encallando en bancos de arena frente a las costas de Mauritania. Los esfuerzos por liberar la fragata del encallamiento fueron infructuosos. El capitán y sus más cercanos zarparon raudamente en los pocos botes disponibles con el propósito de surcar las 40 millas que distaban de la costa africana. El resto de la tripulación, 146 hombres y una mujer quedaron abandonados a su suerte, apiñándose en una balsa de apenas 20 metros de largo por 7 de ancho construida precariamente y que se hundió parcialmente al recibir a los náufragos. Diecisiete miembros de la tripulación no pudieron acceder a la balsa permaneciendo en la Medusa.

No hay reportes fidedignos que, desde la costa, el capitán enviara alguna expedición de salvataje. La catastrófica situación de los náufragos empeoró rápida y dramáticamente. Se afirma que en los primeros días fallecieron más de 20 por carencia de alimentación y agua. Según el analista Jonathan Miles la balsa arrastró a los sobrevivientes hasta los límites de la capacidad humana. Desquiciados, hambrientos y sedientos, comieron de los fallecidos, se apoyaron unos a otros pero, asimismo, eliminaron a los más débiles. Con descarnada crudeza la pintura de Gericault muestra el horror y padecimiento de esos hombres y esa mujer, invitando a nuestras mentes a imaginar como aquellas víctimas habrán sido remecidas por toda clase de emociones y sentimientos ante la proximidad de un injusto final.

Casi dos semanas después, y sin noticias del desaparecido capitán, la balsa fue rescatada por la nave Argus, de regreso por esos mares. En el momento del salvataje se encontraron sólo 15 hombres sobrevivientes, el resto falleció por inanición e incluso se sospecha, algunos por suicidio.

La tragedia causó gran impacto en la época y llegó a ser un escándalo internacional descreditando a las autoridades francesas por la negligencia e irresponsabilidad de colocar al timón de una embarcación a un personaje solamente por provenir de las élites y en pago de favores políticos, pero carente en absoluto de condiciones para el ejercicio del cargo.

La obra, que se encuentra en el Louvre, de gran formato, se convirtió en un ícono del romanticismo francés. Se dice que Gericault antes de emprender su trabajo dedicó horas de investigación entrevistando a algunos de los sobrevivientes, logrando interpretar los sentimientos de los pocos náufragos rescatados en una conmovedora obra de tonos grises, luces, sombras y amenazantes nubarrones en aguas tormentosas, escenario de la trágica odisea.

Las alegorías de esta famosa representación pictórica cubren un amplio abanico de enseñanzas. La indolencia al designar en cargos superiores a personajes incapaces e irresponsables. Lo reprochable de que ese tipo de designaciones se realice por meras conveniencias políticas. La despreciable conducta de quien estando al mando de una entidad abandone deshumanizadamente a sus súbditos. La desesperación y sufrimiento de esos abandonados dejados a su propia suerte.

La obra es expresión de una situación real que, sin duda, en variadas formas obedece a tantas otras similares de la vida humana, en que se entremezclan la desidia, la irresponsabilidad, el abandono y la desesperanza.

Tal vez sea alentador, en el complejo contexto anterior, que al menos un puñado lograra sobrevivir mostrando que aún en las mayores tragedias el espíritu humano es capaz de sobreponerse ante la adversidad.

En resumen, y distando mucho de la realidad, la imaginación puede proyectarnos a lo que un país podría precipitarse de no existir una idónea y sabia capacidad de ejercer responsablemente la autoridad y un profundo y auténtico sentimiento comunitario de humanidad, colaboración y solidaridad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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