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50 años: mirar la mirada Opinión

50 años: mirar la mirada

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Rodrigo Baño
Por : Rodrigo Baño Laboratorio de Análisis de Coyuntura Social (LACOS). Departamento de Sociología Universidad de Chile.
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La Unidad Popular es la culminación de un proceso de movilización social y política de los sectores populares, pero si la Unidad Popular era indudablemente popular, tenía poco de unidad. Y lo de unidad no era una cuestión solamente de dirigentes y líderes, era una cuestión social.


Entre tanta ciencia que a poco andar muestra que tiene las patas de barro, lo cierto es que la numerología me merece cada vez más respeto. No sé si será sorprendente, pero gran parte del debate político reciente parece haber sido convocado por el número 50, muy importante en el sistema decimal, al marcar cinco veces 10 y la mitad de 100. Cincuenta años del Golpe Militar en Chile que ha llenado al país de conmemoraciones y recuerdos, pero en esta convocatoria del número 50 destaca que las referencias al Golpe Militar casi perdieron protagonismo ante la irrupción de la consideración de la Unidad Popular.

Hace cincuenta años, el proceso de la Unidad Popular fue interrumpido; ese proceso se analizó ahora con una particular perspectiva que da cuenta de lo que exageradamente se podría denominar “el espíritu de la época”, de la época actual. La historia siempre se escribe desde un ahora, de manera que la historia constituye un conocimiento del pasado junto con un conocimiento del ahora en que se escribe.

Una primera observación que puede hacerse es que este once de septiembre estuvo mucho más marcado que otros años por la fuerte polarización existente en la actualidad que, de alguna manera, replica lo que fue la polarización que se produjo en tiempos de la Unidad Popular y que culmina con el golpe de Estado.

La ingenuidad de quienes se lamentan de que no se haya realizado una conmemoración orientada a la armonía, a la concordia, a la unidad nacional, no pareciera considerar que la polarización política actual no da lugar a los abrazos fraternos, sino que es más bien un pretexto para marcar las posiciones polarizadas. Unos pondrán énfasis en la brutalidad del golpe militar, los otros pondrán énfasis en los desastres de la Unidad Popular.

Naturalmente, no tengo el tiempo ni la capacidad para hacer mi propio análisis de todo ese proceso interrumpido, de manera que sólo haré referencia a un cierto tono que pareciera existir en los análisis que se hacen, y que está particularmente presente en este rememorar cincuenta años. Este tono, o lo que escucha mi distorsionado oído, seguramente tiene poca relevancia en el concierto de informaciones y opiniones sonoras, pero imagino que está.

El tono, imaginario o real, tiene el delicado timbre de una presencia por ausencia, puesto que suena como cierta carencia, la carencia de una perspectiva más social del proceso. En efecto, en los libros, artículos, presentaciones y discusiones, profusamente desarrollados en el presente año, en que se ha abordado el proceso de la Unidad Popular y su interrupción por el Golpe Militar, se tiende a poner el énfasis en una visión personalizada de la historia, en donde todo pareciera definirse por la actuación de determinados personajes: Allende, Aylwin, Prats, Frei. En la avalancha de publicaciones abundan las biografías y diarios de vida de los actores considerados gravitantes en lo ocurrido. A veces, con más audacia, la referencia es hacia las dirigencias partidarias, los liderazgos, las elites. Todo el proceso se entiende en esos términos e incluso el golpe militar se explica por la acción de actores individuales, como Pinochet, Agustín Edwards, Kissinger y Nixon.

Por cierto, los personajes existen y también está suficientemente documentada su participación en el proceso. No se trata de discutir eso, sino de insertar esos comportamientos en las condiciones sociales que los hacen posibles y los delimitan.

La Unidad Popular no es un invento de algún iluminado, ni la oposición a ella se levanta porque Nixon amaneció enojado. Hay procesos sociales más difíciles de estudiar y menos brillantes que el relato que se puede tejer con personajes concretos con los que se puede hacer una película, pero los procesos sociales existen.

Precisamente esa ausencia es lo que resulta más notorio en los relatos ligados a esos cincuenta años. Pocos análisis hacen referencia a la existencia de un largo proceso de generalización y organización de intereses de los sectores populares y cómo se desarrolla un movimiento social y político mediante el cual se va a ir gestando un proceso transformador, que abarca intereses y perspectivas distintas.

La no consideración de los movimientos sociales y políticos que convergen en el proyecto de la Unidad Popular es la que está detrás del hecho de que los análisis insistan en mostrar una absoluta libertad de decisión de cada uno de los personajes considerados determinantes, como es el caso de la tan repetida descripción de un posible acuerdo entre Allende y Aylwin para solucionar la crisis, en circunstancias de que no era un problema de buena o mala voluntad, sino que estaban en una situación que no controlaban y que condicionaba las alternativa posibles. También se habla de la ceguera o porfía de las dirigencias, de las confusiones del discurso, de los errores de diagnóstico.

Se suele señalar que había una prolongada crisis del modelo de sustitución de importaciones, pero no se releva suficientemente los sectores que se hacían significativos en el conflicto social que se desarrollaba concomitantemente a esa crisis y que llevaba a la generalización y organización de los intereses de los sectores populares orientándolos a la acción política.

La Unidad Popular es la culminación de un proceso de movilización social y política de los sectores populares, pero, como lo he dicho anteriormente, si la Unidad Popular era indudablemente popular, tenía poco de unidad. Y lo de unidad no era una cuestión solamente de dirigentes y líderes, era una cuestión social.

Ya he hecho anteriormente referencia a una distinción entre sectores populares ortodoxos y sectores populares heterodoxos para diferenciar a lo que se puede considerar en los tiempos de la Unidad Popular un sector popular integrado en el modelo de desarrollo y que se constituye fundamentalmente como clase obrera, ligada a la industria, la construcción y la minería; junto al cual se puede considerar al sector popular definible gruesamente como masa marginal y que está constituido fundamentalmente por cesantes, trabajadores por cuenta propia, servicio doméstico y otras ocupaciones precarias e informales. Las discrepancias entre “consolidar lo obtenido” y “avanzar sin transar” tienen carne social, no es una mera discusión de los dirigentes.

Hago referencia a esos antiguos estudios para volver a recordar que todos estos sectores populares se hacen significativos en el conflicto político social que expresa la Unidad Popular, pero con distintos intereses y capacidad de generalizar y organizar sus intereses, de manera que es necesario considerar que el proceso social y político que conduce a la Unidad Popular no es un proceso personalizado en el que los personajes que regularmente se citan tienen plena autonomía para actuar, sino que se trata de una movilización bastante compleja, en la que confluyen varios actores sociales con sus particulares intereses y diversos tipos y grados de generalización y organización de tales intereses.

La posibilidad de alianzas o confluencia de los intereses de los sectores populares no siempre resulta fácil, y desde ahí las dificultades de dirigentes y personajes para lograr acuerdos sobre el carácter y dirección del proceso. No es a la inversa, que fueran las diferencias en los liderazgos lo que impidiera la generalización de intereses.

Al conmemorarse esos cincuenta años, ese predominio de una perspectiva personalizada de la historia, se corresponde en el análisis político actual con una profusa preocupación por los personajes y una escasa o nula preocupación por lo social. Más allá de señalar que en Santiago hay tres comunas de fuerte componente de clase alta, que se identifican claramente con la derecha, o referirse a una vaga y veleidosa clase media, que no se sabe dónde comienza y dónde termina, hay muy escasa preocupación por los sectores sociales, especialmente los populares, y todo se reduce a líderes, proyectos y organizaciones políticas.

Por cierto, ha cambiado la estructura social y ya no es tan fácil identificar los sectores sociales que se percibían durante la Unidad Popular. Definir incluso lo que es sector popular es bastante difícil y más difícil aún es saber si persiste aquella diferenciación entre sector popular ortodoxo y sector popular heterodoxo, así como la posición de estos distintos sectores en la situación política actual.

La mirada hacia el pasado de la Unidad Popular está teñida del presente. No es raro que no se haga un análisis social de ese período, porque no se hace un análisis social del presente. Los sectores populares han desaparecido del estudio y no se consideran sus intereses y diferencias, percibiéndose el conflicto político como un conflicto solamente cultural entre los nuevos valores que se suelen denominar posmodernos y las resistencias del tradicionalismo valórico. Situaciones como el rechazo a la Constitución propuesta por la Convención Constituyente o el fuerte apoyo de sectores populares a candidatos a Consejeros Constitucionales del Partido Republicano son vistos simplemente como persistencia de tradicionalismo en esos sectores, que presentarían un retraso respecto al desarrollo de nuevas perspectivas de valor.

Naturalmente exagero, pero a veces una lupa puede ayudar a ver mejor, otras veces limita la mirada. Usted decide, yo no discuto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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