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AMLO: sigo siendo el rey ANÁLISIS

AMLO: sigo siendo el rey

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Juan Pablo Glasinovic Vernon
Por : Juan Pablo Glasinovic Vernon Abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), magíster en Ciencia Política mención Relaciones Internacionales, PUC; Master of Arts in Area Studies (South East Asia), University of London.
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A ocho meses del fin de su gobierno, AMLO presentó una última batería de reformas constitucionales. AMLO sigue tratando de moldear al país y su institucionalidad de acuerdo con sus ideas, para muchos en desmedro de su democracia, y eso es particularmente peligroso cuando tienen arrastre popular.


Andrés Manuel López Obrador, conocido como AMLO, está en los últimos meses de su sexenio, teniendo lugar las elecciones generales el 2 de junio próximo. En México no hay reelección presidencial y quien ocupó La Silla del Águila (recomiendo leer esta novela de Carlos Fuentes, para acercarse a la dinámica del poder al más alto nivel en México) ya no puede volver a postularse.

AMLO sin duda ha sido un presidente polémico, pero con una larga y acontecida trayectoria política. Entre 2000 y 2006 fue alcalde de la Ciudad de México. Ese último año y como militante del Partido de la Revolución Democrática, escisión por la izquierda del Partido Revolucionario Institucional (PRI), fue candidato presidencial por primera vez. En esa oportunidad y en lo que se considera la elección más competitiva de la historia democrática de México, estuvo a punto de triunfar, siendo derrotado por el candidato del PAN Felipe Calderón, quien se impuso con una diferencia de 0,56% de los votos. En esa ocasión AMLO y muchos otros alegaron que se cometió fraude, pero la institucionalidad electoral no dio pie a los reclamos más que en forma parcial, consagrando a Calderón. Diversos estudios posteriores dan cuenta de que muy probablemente, de haberse hecho una revisión más amplia, AMLO hubiera sido el ganador.

Pero AMLO siguió adelante con su objetivo, lo que con los años lo llevó a alejarse del PRD, del cual incluso fue presidente, y fundar su propio partido en 2011, el Morena (Movimiento de Regeneración Nacional). En 2012 volvió a fracasar, pero Morena empezó a tener presencia nacional y fue reforzando su figura. Finalmente, en 2018 llegó a la presidencia mexicana, incluyendo el control del Congreso.

Como decía, AMLO es un personaje controvertido con una visión mesiánica de la política. De ahí el nombre del partido que creó. Durante toda su vida política su propósito ha sido “salvar” al país de lo que considera sus distintos males: la corrupción, la desigualdad y la concentración del poder. El mismo ha sido siempre austero, rechazando la mayoría de las prebendas de los cargos que ha ocupado. También ha querido ser él un abogado de los “sin voz e invisibilizados”, como son los distintos pueblos indígenas del país. Esta vocación viene probablemente de haber vivido un quinquenio en comunidades chontales en su estado natal de Tabasco.

Pero, así como esa visión le ha dado un sentido de propósito a su vida política, también lo ha inserto en una lógica maniquea. O sea, se está a favor o en contra de él y los otros son amigos y enemigos, y quien deja de ser su amigo se convierte en traidor. Evidentemente que esta forma de ver y ejercer la política choca con la democracia, donde la escala de grises siempre prima sobre el blanco y el negro.

Así y todo, AMLO es inmensamente popular. Esa popularidad se sostiene en su historia personal y política de mucha interacción con el pueblo y de promover a los más desfavorecidos, así como en un discurso simple que conecta con la mayoría. Otra cosa por supuesto es cómo se implementa esa promoción social y, bajo el gobierno de AMLO, eso ha sido con un énfasis redistributivo, con un amplio recurso a los subsidios y transferencias de todo tipo, que, como lo demuestra la experiencia internacional, siempre tienen efectos positivos en el corto plazo, pero si son en desmedro del crecimiento económico o superan los recursos que este genera, siempre terminan en un descalabro que deja a la sociedad peor.

Desde que asumió, AMLO prometió privilegiar la agenda local y así lo ha hecho, restándole de la arena internacional y saliendo en muy pocas oportunidades del país. Durante estos años se ha producido un notorio retiro de México de la política regional y global. Esto se atenuó durante la segunda parte de su mandato cuando resucitó a la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) y parecía que iba a tomar el liderazgo regional, pero volvió a su dinámica aislacionista.

El aislacionismo de México ha sido perjudicial para el rol de América Latina en el mundo en un contexto de gran incertidumbre y cambios, además de derechamente dañar al país, que ha quedado más a la merced de lo que otros, incluyendo Brasil, hacen internacionalmente. También lo ha sido en el ámbito de la crisis de seguridad que enfrenta la región con la expansión del crimen organizado transnacional, fenómeno de vínculos innegables con los carteles mexicanos, respecto de los cuales AMLO ha tenido una política predominantemente de apaciguamiento, con ocasionales campañas de seguridad cuando los carteles traspasan ciertos límites o por la presión externa, principalmente de Estados Unidos.

A pocos meses de dejar el gobierno, AMLO quiere dejar su impronta en el sistema político mexicano. No le importa no ser recordado por las “mañaneras” (se imaginan escuchar todos los días a su presidente hablando de lo humano y de lo divino como también lo hacía Hugo Chávez con “Aló presidente”. ¡Un horror!), pero sí quiere incidir en su sucesión y en la arquitectura del sistema.

Respecto de lo primero, entroncando con la historia del PRI donde estaba “el tapado”, que era el ungido por el presidente saliente, también tiene a quien podría sucederle. Se trata de Claudia Sheinbaum, quien hasta el año pasado fue alcaldesa de la Ciudad de México, la primera mujer electa en la historia de la ciudad y quien corre como favorita, al haber sido designada como candidata de la coalición Sigamos Haciendo Historia, de la cual forma parte su partido Morena. Sheinbaum, de triunfar, sería también la primera mujer en sentarse en La Silla del Águila.

En cuanto a lo segundo, durante todo su gobierno AMLO ha buscado modificar la institucionalidad (debilitar para el suscrito) en el sentido de tener menos cortapisas para el Ejecutivo. Eso ha ido levantando una ola de rechazo de importantes sectores, que no siendo probablemente aún mayoritarios, podrían afectar la campaña de Sheinbaum y la proyección del legado del propio AMLO.

A ocho meses del fin de su gobierno, AMLO presentó una última batería de reformas constitucionales, una veintena de propuestas que serán discutidas en el Congreso y que, según sus dichos, buscan modificar “artículos antipopulares” introducidos durante “el periodo neoliberal” de las últimas cuatro décadas.

En mi opinión, muchas de ellas son el fiel reflejo de la creencia que comparte buena parte del espectro de la izquierda, esa del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla, de que la realidad económica y social se va a ajustar mágicamente a las disposiciones de la Carta Fundamental.

Entre las 20 propuestas destacan reconocer a los pueblos indígenas y afromexicanos como sujetos de derecho público, lo que implica poder recibir anualmente recursos del presupuesto y autorizar ciertas obras y proyectos en sus territorios; pensión universal para los mayores de 65 años, la que deberá aumentar anualmente; que los trabajadores y sus familias sean dueños de sus viviendas; atención médica universal y gratuita; prohibir el comercio de vapeadores; reformar el sistema de pensiones; disminuir el número de parlamentarios casi a la mitad y reducir los recursos para campañas; elegir por voto popular a los consejeros y magistrados de los organismos electorales y también a los jueces; y eliminar todas las dependencias y organismos onerosos y elitistas “supuestamente autónomos”.

Entre estos están los entes reguladores, como el de antimonopolio o de transparencia, porque considera que “no le sirven al pueblo” aunque todos los partidos de oposición han arremetido duramente contra esta idea que dañaría la democracia y la competitividad en el país. AMLO intentó también reformar, sin éxito, el Instituto Nacional Electoral y las leyes electorales justo antes de la contienda de este año.

Esto conlleva multitudinarias manifestaciones la semana pasada, con entre 100 mil y 700 mil manifestantes (según la fuente) en el Zócalo de México.

La verdad es que, por un tema de quórum, la llave de las reformas está en la oposición y, por lo mismo, la mayoría no debiera pasar.

Sin perjuicio de eso, AMLO sigue tratando de moldear al país y su institucionalidad de acuerdo con sus ideas, para muchos en desmedro de su democracia, y eso es particularmente peligroso cuando tienen arrastre popular. 

La cuestión que deja planteada su figura y actuación, es cómo conciliar la efectividad y urgencia del rol gubernamental en democracia ante las necesidades de la población. Su propuesta parece ir por mayor discrecionalidad en manos del Ejecutivo a costa de debilitar los controles. Y como sabemos, el infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Sin duda ha sido uno de los presidentes con más influencia desde el término de la hegemonía del PRI en México y su figura seguirá vigente no solo en su país, sino en la región. Habrá que ver si Sheinbaum, en caso de sucederle, apalanca la continuidad de sus objetivos o cobra vida propia.

A pocos meses de cesar en su cargo, imposible no tararear la inmortal canción “El Rey” de José Alfredo Jiménez:

Con dinero y sin dinero

Yo hago siempre lo que quiero

Y mi palabra es la ley

No tengo trono ni reina

Ni nadie que me comprenda

Pero sigo siendo el rey

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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