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El führer de la motosierra PAÍS

El führer de la motosierra

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Mauricio Electorat
Por : Mauricio Electorat Escritor y académico chileno. Autor de "El paraíso tres veces al día", "La burla del tiempo", "Las islas que van quedando" y "No hay que mirar a los muertos", entre otros textos.
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La conclusión es evidente: la formidable puesta en escena nazi, digna de una película de Hollywood, con centenares de escuadrones desfilando ante el Führer, ha sido reemplazada por un estadio de rockeros imbuidos de una fe ciega en su líder metalero.


En la práctica de la política como agresión, Milei sin duda alguna es el león, el nuevo león de América Latina (y a lo mejor, del mundo, quién sabe). La secuencia, además, se diría programada por los mejores expertos en comunicación estratégica… de la basura.

Primero viaja a España y en la capital del reino, en una reunión que congregó a los más egregios exponentes de la nueva derecha europea, que no es otra que la viejísima ultraderecha, insulta a la mujer del presidente del gobierno español, llamándola corrupta, y por lo tanto al presidente del gobierno del país que lo acoge y, sin arrugarse, dice enseguida que es él el ofendido. Que un presidente agravie a otro en la casa de ese otro presidente (y no nos olvidemos que España es uno de los principales socios estratégicos de Argentina) es algo que hasta ahora no habíamos visto. Quizás no sea necesario recordarlo, quizás a usted ya se le haya ocurrido, pero bueno, por si acaso: lo mismo hacía Hitler.

Para el Führer, Alemania era la agraviada y, al anexar Austria e invadir Polonia, el Tercer Reich no hacía sino responder al agravio histórico infligido por las potencias occidentales. Para Milei (y es imposible no dejar de ver que en Milei hay “mi ley”) los “zurdos” son lo que eran los judíos para el nazismo: los culpables de todo. Y “zurdo” es hasta el Papa (a pesar de la visita “de cortesía” que se apresuró a hacerle). Enseguida, nada más aterrizar en Buenos Aires, llena el Luna Park (nada menos) y ante una multitud enfervorizada se supone que presenta su último libro (por el que ha sido acusado de plagiar, entre otros, a dos economistas chilenos). Pero lo importante no es la presentación del libro, sino lo que lo antecede.

Ver al Presidente de la República Argentina cantando a voz en cuello un tema de rock (“yo soy el rey, soy el león”) hace de Milei el primer presidente estrella de rock del mundo. Ni Le Pen, ni Abascal, ni Viktor Orban, o sea, esos líderes de la ultraderecha europea que clama por respetabilidad burguesa, se habrán atrevido a tanto. La verdad es que Milei actúa en sentido contrario a ellos. En vez de Dios, Patria y Familia, se transforma en rockstar y demuestra, sencillamente, que el show no ha terminado; el grado de espectacularización de la vida política alcanza una cima difícil de igualar.

Cuando un presidente se sube al escenario como cualquier líder de una banda metalera, la política se ha terminado. Puede decir lo que quiera y actuar políticamente como quiera, porque lo que importa no es el discurso, no es lo que diga, sino el espectáculo. El mensaje es el medio, como decía el viejo McLuhan, o el espectáculo es el medio. Lo suyo es la telerealidad, el show business, mucho más que la política. De hecho, igual que Trump, de ahí viene. Pero ha superado a Trump. Si a esto le agregamos el insulto, las patadas bajo el cinturón a todo aquel que ose contradecirlo, tenemos el clima perfecto para la instalación duradera de la ultraderecha, el mismo discurso de resentimiento, odio y nostalgia de una grandeza perdida que enfervorecía a las masas seguidoras de Hitler y de Mussolini. De hecho, haga un experimento: tómese un minuto y vea un discurso de Hitler en cualquiera de las misas nazis, las más famosas son las de Núremberg (se encuentran en YouTube). Enseguida, vea a Milei desgañitándose en el Luna Park.

La conclusión es evidente: la formidable puesta en escena nazi, digna de una película de Hollywood, con centenares de escuadrones desfilando ante el Führer, como si fueran marchando hacia la guerra del Peloponeso, ha sido reemplazada por un estadio de rockeros imbuidos de una fe ciega en su líder metalero. Ambos prometen cabezas cortadas –o sea, sangre o “telesangre”–, que es la vía sancta de todo dictador hacia la redención, la reparación, el milagro y la gloria. El hombre que habla con sus perros muertos es el nuevo león. Como cualquier adorador de la catástrofe, ha abierto un tobogán que nos sigue llevando hacia el abismo. ¿Cómo responde la democracia ante los Milei, ante los Ortega, ante los Maduro? Esa es la pregunta. ¿Repetiremos en clave de telerealidad la siniestra historia de los años 30? ¿Nos salvaremos?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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