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Ministro Fernández contra el reloj para dar señal de empoderamiento político 

El errático diseño presidencial que adelantó el síndrome del “pato cojo” en La Moneda

por 29 junio, 2016

El errático diseño presidencial que adelantó el síndrome del “pato cojo” en La Moneda
Las principales críticas internas en el oficialismo, especialmente en el propio Gobierno, es que hay poca actividad en terreno, salvo una que otra gira regional rápida, que la Presidenta Bachelet está “bastante encerrada” en La Moneda, que a su agenda le “falta consistencia”,  que está abocada a pautas que no tienen una lógica política clara, menos una coherencia entre sí que permita vislumbrar un liderazgo nítido hacia donde se quiere apuntar.
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“No pasa nada aquí”, “esto se terminó”, “solo se mueven papeles”, son algunas de las frases que recurrentemente se escuchan en privado en los patios de La Moneda entre dirigentes de partido, asesores de Gobierno y parlamentarios de la Nueva Mayoría el último tiempo.

Expresiones que no solo reflejan el deprimido estado anímico que impera en el oficialismo por la falta de una conducción política más potente desde el seno de Palacio, sino que evidencian un diseño presidencial errático que adelantó demasiado el fenómeno del llamado “pato cojo”, aquel en que las administraciones de turno pierden el control sobre la agenda pública, no inciden ni aglutinan políticamente a sus coaliciones y solo sobreviven para lograr llegar a flote al último día.

Según la última encuesta Cadem, de este martes 28, la Presidenta Michelle Bachelet cerró el mes de junio con uno de sus registros de aprobación más bajos: 22% de apoyo y 70% de rechazo.

Lo que preocupa en el seno de la propia Moneda no son tanto las cifras como el hecho de que no se ven señales concretas de revertir este magro escenario, porque el diseño de actividades de la Mandataria no contribuye a resaltar los logros obtenidos y que, al contrario, apostar al legado de las reformas que se han impulsado es una mirada demasiado a largo plazo, que no ayudará en nada a sortear bien el desafío electoral de las municipales y, menos, las parlamentarias y presidenciales del próximo año.

“La Presidenta Bachelet no está marcando el rumbo ni es un factor que ordene a la coalición”, reconoció un influyente funcionario de Palacio, mientras que los análisis internos en la propia Moneda coinciden en que “el actual diseño presidencial responde a que efectivamente en lo práctico no hay una ruta clara a seguir de aquí a marzo del 2018, más allá del discurso público de la obra gruesa”.

Salvando el ámbito internacional con el tema limítrofe con Bolivia y la ceremonia en La Habana por el acuerdo de paz entre las Farc y el gobierno colombiano, la agenda presidencial ha pasado bastante inadvertida.

En el último mes, se reunió con Pablo Matta, hijo del fallecido artista chileno Roberto Matta; inició la campaña de prevención de invierno; estuvo en el cierre del Ayuno en el Mes Islámico del Ramadán; entregó cartas de nacionalización a hijos de refugiados palestinos; entregó la bandera a la atleta Erika Olivera como abanderada para los Juegos Olímpicos Río de Janeiro 2016; inauguró el Edificio Consistorial de Palmilla, lanzó el voucher de Innovación para Empresas Lideradas por Mujeres, además de otras actividades que son fijas todos los años, como la cuenta pública de la Policía de Investigaciones de Chile, la entrega del Premio Nacional de Derechos Humanos o la ceremonia por el Día Nacional de los Pueblos Indígenas.

Las principales críticas internas en el oficialismo, especialmente en el propio Gobierno, es que hay poca actividad en terreno, salvo una que otra gira regional rápida, que la Presidenta Bachelet está “bastante encerrada” en La Moneda, que a su agenda le “falta consistencia”, que está abocada a pautas que no tienen una lógica política clara, menos una coherencia entre sí que permita vislumbrar un liderazgo nítido hacia donde se quiere apuntar.

No se trata de un mero tema de agenda, sino de algo más profundo, de liderazgo político, afirman.

Ponen de ejemplo la zigzagueante actitud presidencial para enfrentar el tremendo traspié que significó para la reforma laboral que el Tribunal Constitucional votara en contra de la titularidad sindical. La primera semana desde La Moneda se dijo que habría veto, luego se habló de un proyecto de ley, después se anunció una reforma constitucional para finalmente volver al veto, una ambigüedad e incertidumbre que sacó muchas ronchas entre los partidos de la Nueva Mayoría y en el propio gabinete.

Es efectivo que los ministros políticos no tenían una opinión común sobre cómo sortear el tema, pero Bachelet tampoco zanjó el dilema a tiempo.

La única excepción ha sido el Proceso Constituyente. La Presidenta participó en un par de encuentros durante junio para motivar a la ciudadanía, lo defendió en todo momento. Incluso ayer, cuando cerró dicho proceso con un acotado acto en el patio de Las Camelias de La Moneda, afirmó que “primó la confianza a pesar del escepticismo y los llamados alarmistas”.

El punto con esta agenda difusa es que en el oficialismo la principal preocupación hoy es no repetir la escena de una Bachelet entregándole una vez más la banda presidencial a Sebastián Piñera y, sobre ese punto, cómo evitarlo, nadie sabe a ciencia cierta lo que pasa por la cabeza de la Presidenta.

“Ha tirado la toalla, no se sabe, está tomando decisiones, no se sabe, está resolviendo conflictos, no se sabe, se decidió dar la pelea hasta el final, nadie sabe”, se lamentó un alto asesor de Palacio.

Fuera de los muros de La Moneda la opinión es crítica sobre la falta de rumbo del actual Gobierno. El mítico sociólogo de la Concertación, Eugenio Tironi, dijo ayer en La Segunda que “el Titanic era un buque que iba en un determinada dirección. Esto tiene aspecto de una balsa que no tiene claro en qué dirección avanza”, refiriéndose a la falta de rumbo que evidencia la administración bacheletista.

No es el único, el analista Marco Moreno precisó a El Mostrador que “el Gobierno perdió el control de la agenda, no tiene hoy día capacidad política, a pesar de tener mayoría, lo que está haciendo es un gobierno de administración básicamente, ese es su diseño (…) lo que va a haber aquí es una lógica inercial, que lo estamos viendo, no va a hacer mucho más por llevar adelante lo que ya se aprobó, esto de la obra gruesa es la inercia”.

Desde la Presidencia en La Moneda se defienden. Reconocen que el diseño presidencial es poco político, explicaron que lo que intentan es darle un sello ciudadano a la agenda de Bachelet, porque “es a los ciudadanos a los que ella se debe, no a los partidos”, que lo que se ha hecho es invertir la fórmula que usaban otros Mandatarios y, desde lo ciudadano, sumar el factor político, lo que se refleja –agregaron en Palacio– en que en la mayoría de las actividades se invitan liderazgos políticos nacionales, regionales o locales, según sea el caso.

Tampoco hacen eco de los cuestionamientos por la falta de una conducción  presidencial más potente. En el entorno de Bachelet son categóricos, aseguraron que el liderazgo de la Mandataria se ejerce de buena manera a través de las reformas que ha impulsado su Gobierno.

“Si el ministro Fernández hace los cambios en el gabinete que realmente se requieren, querrá decir que se destrabó todo adentro y que él se empoderó políticamente”, explicó un alto funcionario de La Moneda. Si no sucede así, las expectativas internas no son muy optimistas.

Ese es uno de los problemas centrales de la administración Bachelet.

En La Moneda, en el resto del gobierno y en la Nueva Mayoría hace rato que aseguran que una de las principales debilidades de la Mandataria es precisamente rodearse de un círculo de yes men, que no le dicen las cosas de frente, que le encuentran todo bueno, no la contradicen y, respecto de los pocos que lo hacen –agregaron en Palacio–, la Presidenta tiende a tomar distancia de ellos.

Eso ha generado el efecto –añadieron desde el propio Gobierno– de un comité político débil, con “ministros que no le dicen las cosas como son, que no toman una decisión clara ante ella, no entienden que a la Presidenta no hay que ir con el problema, sino con la solución”.

Contra el tiempo

Hace exactamente tres semanas, el miércoles 8 de junio, Bachelet cambió a su ministro del Interior: sacó al DC Jorge Burgos y lo reemplazó por el también falangista Mario Fernández. En todas las versiones que circularon hay un antecedente que coincide en cada una, el que la Presidenta no tenía espacio político para poner a otra persona que no fuera el “Peta” Fernández, ni menos que no fuera un militante de la flecha roja, requisito clave para mantener alineado con el Gobierno y la Nueva Mayoría al partido que encabeza la senadora Carolina Goic.

Cuando llegó Fernández, muchos en el oficialismo alabaron su forma de ser, su buena relación con la Mandataria –a diferencia de Burgos–, su presencia en el Congreso, el conocer la importancia de ciertos rituales políticos, como ir a cada uno de los partidos de la coalición a conversar y hacer lo mismo con los parlamentarios de ambas Cámaras del Congreso.

Se dijo que su llegada frenaba por un breve tiempo todos los ajustes internos que debían hacerse en el Gobierno para que el nuevo ministro tuviera tiempo de acomodarse, de tomar las riendas de la compleja cartera.

El problema es que, transcurridas las semanas, ya