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Opinión

Problemas de gobernabilidad o incapacidad para gobernar

por 18 julio, 2016

Problemas de gobernabilidad o incapacidad para gobernar
La actual volatilidad de los gobiernos, la rápida erosión de sus bases de apoyo –según muestran las encuestas– y la dificultad para dirigir procesos complejos, tiene su origen en un hecho fácilmente comprobable: sabemos mucho más de cómo conseguir el poder que acerca de qué hacer con él.
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Una nueva tesis busca instalar el gobierno –y el segundo piso presidencial– a través del factótum favorito de La Moneda. El ministro Nicolás Eyzaguirre, en entrevista concedida a El Mercurio –misma que suponemos fue visada por la Mandataria y su círculo de confianza– señalaba que “no sembramos vientos para cosechar tempestades. Los vientos estaban instalados desde antes en la ciudadanía”.

En otra parte de la misma afirma que “cuando los gobiernos están con popularidad más baja, el costo de desalinearse es muchos menos, y a veces es hasta muy rentable criticarlos”. La hipótesis del ministro de la Segpres sería que el desencanto con los últimos gobiernos y con la propia democracia y sus instituciones –partidos políticos, Parlamento, incluso las elites– podría explicarse por los problemas de gobernabilidad, resultado de las demandas excesivas de los ciudadanos –los vientos instalados en la ciudadanía– que genera una sobrecarga del gobierno.

Detrás de esta línea argumental se busca invisibilizar el problema real de la incapacidad para gobernar. Esto es, nuestras dirigencias políticas no reconocen las deficiencias del proceso de gobernar en la alta dirección, sino en la base social. Abajo, no arriba.

Se suele hablar equivocadamente de problemas de (in)gobernabilidad –derivados de la sobrecarga de demandas– cuando lo que habría que hacer es afrontar el problema real de la incapacidad para gobernar, esto es, de la capacidad para procesar tecnopolíticamente problemas complejos.

El intento comunicacional de los editores de La Moneda por instalar la idea de los crecientes problemas para la gobernabilidad del país resulta, así, a lo menos incorrecto y peligroso.

Es incorrecto porque lo que se entiende como ingobernabilidad de la sociedad suele ser el resultado del fracaso de los gobiernos para ajustarse a las cambiantes condiciones del entorno. Y es peligroso porque proporciona una coartada para las desprolijidades de los gobiernos, que terminan endosando la culpa de decisiones incorrectas a otros actores o a la sociedad, es decir, a los “vientos sembrados por la ciudadanía”.

Teniendo en cuenta las serías debilidades de los gobiernos –del actual, pero también de los anteriores– habría que concentrar más los esfuerzos en desarrollar la capacidad para gobernar que en pretender clausurar los debates o en poner término uniltateral a los cuestionamientos a la baja capacidad, inculpando a las sociedades de ingobernables.

Es verdad que hoy el proceso de gobernar se ha tornado no solo más complejo sino que también más conflictivo. Lo anterior es tributario no solo del tipo de problemas –de nuevo cuño– o de la multiplicidad de actores que buscan intervenir en el proceso gubernamental, sino también por la creciente dificultad para procesar los problemas y ofrecer respuestas en clave de políticas públicas efectivas y eficaces.

Los problemas públicos han ido creciendo a pasos acelerados. En contraste, la capacidad personal, política, técnica e institucional de los gobiernos parece estar cada vez más distante a este desafío.

La actual volatilidad de los gobiernos, la rápida erosión de sus bases de apoyo –según muestran las encuestas– y la dificultad para dirigir procesos complejos, tiene su origen en un hecho fácilmente comprobable: sabemos mucho más de cómo conseguir el poder que acerca de qué hacer con él.

La reforma ausente es la reforma de la “cabeza” del Estado, ya que en la base de los problemas de capacidad de gobierno está el déficit en la dirección superior del gobierno. No estaría de más recordar otra máxima, como las que tanto gusta citar el ministro Eyzaguirrre: los pueblos solo fracasan cuando fracasan sus dirigentes.

Si la política está protagonizada por gente que ha demostrado más habilidad para acceder a ella que para gobernar efectivamente, la lógica consecuencia es que hay más promesas que realizaciones. Lo anterior estaría en la base del incremento de la decepción con la gestión pública. No resulta extraño, entonces, la creciente desafección política que se ha comenzado a instalar en el país y que se comienza a expresar en el vaciamiento del espacio público por parte de los ciudadanos decepcionados de sus gobernantes y de los resultados del proceso de gobierno.

Elevar la capacidad de gobierno requiere actuar sobre la pericia de los gobernantes y de las instituciones, sobre sus sistemas de trabajo –especialmente los sistemas de alta dirección– y sobre el diseño organizativo.

La cabeza que debe encabezar este proceso está en el gabinete del gobernante. Esa cabeza es la que impone un techo de calidad a todos los componentes de la capacidad de gobierno. Esta es, sin embargo, una tarea difícil y lenta porque los líderes y los políticos no reconocen los problemas de capacidad y eficacia directiva, desconocen las maneras de elevar dicha capacidad en el ámbito institucional e ignoran el desarrollo de las ciencias y técnicas de gobierno. Reiteramos, el problema lo localizan abajo, no arriba.

La invitación al ministro Eyzaguirre y a sus colegas de gabinete y, especialmente al llamado 'segundo piso', es a afrontar el problema de la eficacia gubernamental sin tantos ambages y artilugios comunacionales. Los “pies” andan mal porque la “cabeza” estaría menos preparada que los pies para cumplir sus funciones.

La reforma ausente es la reforma de la “cabeza” del Estado, ya que en la base de los problemas de capacidad de gobierno está el déficit en la dirección superior del gobierno. No estaría de más recordar otra máxima, como las que tanto gusta citar el ministro Eyzaguirrre: los pueblos solo fracasan cuando fracasan sus dirigentes.

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