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Opinión

Colombia: rendición incondicional y sentencia de muerte política

por 4 octubre, 2016

Colombia: rendición incondicional y sentencia de muerte política
Los grandes triunfadores de la jornada no fueron quienes ganaron el plebiscito. Son los rezagos del paramilitarismo enquistados en el Estado y la fuerza militar con apoyo empresarial, y la guerrilla contumaz del ELN y las fracciones duras escindidas del mando de las FARC. También la industria criminal y el narcotráfico, para los cuales los Estados conflictuados son una buena oportunidad para vender protección.
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Es ilusorio pensar que el resultado de las elecciones del plebiscito colombiano sobre el acuerdo de paz suscrito entre el gobierno y las FARC deja algún espacio para seguir dialogando. Aunque es un acto político, su significado es profundamente militar, ya que este es el fondo del tema que llevó al gobierno colombiano a tentar un procedimiento para terminar una guerra de 52 años, con 260 mil muertos y millones de desplazados. Con este resultado plebiscitario, perdió la política, militarmente nadie ha vencido a nadie y Colombia dio un gran salto al vacío.

Lo ocurrido en términos prácticos es una condena a la guerrilla que le cierra el acceso a la política sin uso de la fuerza. Tiene dos componentes que es preciso destacar: a) la prescindencia de los colombianos que no sienten el conflicto como algo que los afecte directamente o que se acostumbraron a vivir con esa violencia y que llega a un holgado 60%, y, b) que, en esa omisión electoral, el 49% y fracción de los que votaron Sí al acuerdo es una enorme minoría nacional, inoponible para la verdadera condena a muerte política que el resultado implica para la guerrilla. El mensaje simple es que siga la guerra.

En esas condiciones de acorralamiento cívico, la guerrilla no tiene ni espacio político ni oportunidades de inclusión ciudadana para dejar las armas. Ni siquiera si desertan o hacen un abandono unilateral de sus acciones. Están obligados a continuar, pues la alternativa es la rendición incondicional y eso equivale a reconocer que se perdió la guerra. Por lo tanto, la lógica racional indica que tratarán de mostrar que están vivos, incluso más allá de las zonas de sacrificio que votaron mayoritariamente Sí, y que ello implica un riesgo real de terrorismo en Medellín y Bogotá.

El camino para la guerrilla, de ser un factor político nacional, se cerró de manera casi definitiva, principalmente por los que no fueron a votar, y eso debe estar rondando la mente de su mando militar. Si una guerrilla es percibida por la población de manera mayoritariamente abismal como una banda criminal, no tiene opciones en la vida civil. El problema es que ello trae aparejados nuevos problemas y un tiempo largo en resolverse.

Los grandes triunfadores de la jornada no fueron quienes ganaron el plebiscito. Son los rezagos del paramilitarismo enquistados en el Estado y la fuerza militar con apoyo empresarial, y la guerrilla contumaz del ELN y las fracciones duras escindidas del mando de las FARC. También la industria criminal y el narcotráfico, para los cuales los Estados conflictuados son una buena oportunidad para vender protección.

Es verdad que también son triunfadores los movimientos de derechos humanos que cuestionaron abiertamente el criterio de justicia transicional, mediante el cual los líderes de la FARC y militares involucrados en violaciones a los derechos humanos no irían ni un minuto a la cárcel. Si era difícil pensar que una jefatura militar pudiera sentarse a dialogar la paz para después terminar entre rejas, hoy es más difícil convencer que el rechazo de la población es apenas un tropiezo, y no lleva implícita una condena, en este caso prácticamente a muerte, para la guerrilla. De alguna manera se legitimó la guerra.

Por ello, es cuestión de horas que se reanuden, aunque sea en escala menor, los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército, y que la lógica de los próximos días esté dominada por la fuerza y la demostración de estar vivos y enteros frente al otro, y en ser capaces y suficientes todavía en el manejo militar de la situación.

Para las fuerzas militares del Estado colombiano la situación es en sí compleja. Militarmente están obligadas a golpear lo que más puedan, de manera rápida y suficiente –lo que no excluye la sobreabundancia de medios– a objeto de provocar daños o eventualmente aniquilar la fuerza física y moral de la guerrilla en un momento de extrema debilidad de esta.

Es cuestión de horas que se reanuden, aunque sea en escala menor, los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército, y que la lógica de los próximos días esté dominada por la fuerza y la demostración de estar vivos y enteros frente al otro, y en ser capaces y suficientes todavía en el manejo militar de la situación.

La guerrilla, por su parte, sabe que es cuestión de tiempo para que deba ampliar la eficiencia de sus golpes para recuperar el terreno perdido durante las negociaciones, lo que podría dar lugar a un ejercicio de terrorismo selectivo en las ciudades, para llevar la realidad de la guerra –y de la paz frustrada– al núcleo desaprensivo de la ciudadanía.

Una cosa es cierta: por más incertidumbre que pueda generar el resultado del plebiscito, la presión es al uso de la fuerza y a guarecerse del adversario. La percepción de fragilidad domina el escenario, pues se han “deconstruido” las débiles contenciones de paz y el tiempo es un factor en contra de todos. Lo peor sería que una mayoría muy frágil se transformara en una victoria pírrica que no le diera ninguna oportunidad a la paz, y se volviera a una renovada violencia política en Colombia por otras cinco décadas.

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