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A mí también… A mí también… y a mí, también

por 26 diciembre, 2017

Ese fue el hashtag (#Metoo) que caló en las redes sociales después de los episodios de Harvey Weinstein, el influyente productor hollywoodense acusado de violación y abuso sexual por un centenar de mujeres, como Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie. En un circuito más criollo, parece aun arriesgado hacer estas denuncias, a causa de la falta de valor y empatía de quienes debían apoyar a las víctimas. Suele escucharse “Es que a mí jamás me ha hecho algo”, o “Nooo, yo lo conozco hace miles de años”, y otras “pruebas” de inocencia. Algunos vetustos caballeros llaman “tonteritas” a los abusos.

Es verdad que muchos no siempre se dan cuenta cuando cruzan la línea de lo decente y tienen internalizado un raro derecho a tomar a las mujeres como si fueran parte del mobiliario público.

Se dice que ciertos directivos prefieren no contratar mujeres para evitar que los hombres cometan abusos. Poner a la venta el sillón de don Otto no es resolver adecuadamente. Es también el caso de acabar con el celibato sacerdotal (que no es mala idea) para evitar potenciales abusos. Los célibes que abusan son simplemente hombres abusadores, y lo demás es detalle. Quizás sólo hay que elaborar protocolos de buenas prácticas, eso hemos estado haciendo en las universidades públicas, aún sin muy buen resultado.

Otros ciudadanos alegan que ya no se atreven a tomar iniciativas con las mujeres por temor a ser acusados de acoso. Y bueno, confiamos en que el sentido común en una época de derechos sigue vigente como guía de comportamientos.

Los hombres decentes deberían iniciar una cruzada en contra del acoso y los abusos sexuales de sus congéneres, en sus infinitas variedades, no aceptando la creencia de que su sexualidad sea tan inmanejable como la de los conejos y que, por el contrario, responden a un patrón humano, tienen sentimientos y un respetable número de conexiones neuronales que resisten buenamente una minifalda o un escote (muchas veces solicitados por los propios empleadores).

Se dice que ciertos directivos prefieren no contratar mujeres para evitar que los hombres cometan abusos. Poner a la venta el sillón de don Otto no es resolver adecuadamente. Es también el caso de acabar con el celibato sacerdotal (que no es mala idea) para evitar potenciales abusos. Los célibes que abusan son simplemente hombres abusadores, y lo demás es detalle. Quizás sólo hay que elaborar protocolos de buenas prácticas, eso hemos estado haciendo en las universidades públicas, aún sin muy buen resultado.

Me pregunto qué habrá originado en su momento la idea de habilitar lugares de votación sólo para mujeres. Esto, al ver que algunos proponen medidas mecanicistas parecidas, como carros de metro separados. Hasta hace pocos años la Armada se negaba a aceptar mujeres aduciendo problemas de intimidad que había que conservar, como si entre hombres no existieran los acosos. Y como criticaron algunos respetados periodistas y organizaciones de mujeres, en el caso de la negativa para designar a Paula Navarro como entrenadora del club Santiago Morning porque “sería incómodo tener una mujer en el camarín”, considerando que no se reclama lo mismo “cuando hombres dirigen equipos femeninos”. ¿Son las mujeres las que deben limitar sus áreas de acción, o los hombres deben cambiar resignándose a ser civilizados sapiens?

Los hombres, si de verdad quieren ayudar a que tengamos una mejor convivencia, pueden partir por apoyar la legislación y normas que sancionan el acoso y las cien clases de abuso sexual que se han observado en la coexistencia diaria.

Pueden también apoyar las prácticas de igualdad en sus lugares de trabajo, entendiendo que lo que es bueno para las mujeres también lo es para ellos, y que eso de la guerra de los sexos es una frase ingeniosa pero embustera. Las mujeres no se han puesto como meta dar vuelta una tortilla de abusos; sólo quieren vivir seguras en el transporte colectivo, en el colegio, la universidad, la consulta médica y en la cama, por nombrar algunos escenarios.

Si les queda tiempo, traten de dilucidar qué hay detrás de quienes inventaron el término “feminazi” y por qué necesitan usarlo.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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