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Discriminación indirecta, una traba laboral invisible para las mujeres

por 23 septiembre, 2017

Discriminación indirecta, una traba laboral invisible para las mujeres
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Karla tiene 35 años, es abogada y tiene dos postgrados, uno en una reconocida universidad chilena y el otro en una prestigiosa universidad extranjera. En ambos se ha graduado con distinción, al igual que de su carrera. Ella ha trabajado en la empresa privada y en el servicio público demostrando su calidad profesional en cada uno de sus trabajos. A pesar de su competencia profesional y de haber demostrado sus habilidades en cada empleo en el que se ha desempeñado, Karla nunca ha sido seleccionada para ocupar un cargo directivo.

La breve historia de Karla es bien conocida por muchas profesionales chilenas, mujeres con competencias superiores muchas veces que sus pares hombres, que han hecho carrera en distintas áreas con bastante éxito y que al momento de dar un paso más allá se encuentran con una barrera invisible, una especie de portazo en la cara que no logran ver con claridad, pero sí sentir. Estoy hablando de una discriminación que no es evidente, que no es directa, tampoco institucional como fue en el pasado el hecho de la prohibición del voto femenino. No, no es de este tipo de discriminación del que hablo, es de una más difícil de detectar, más difícil de combatir y en
esta misma línea mucho más difícil de denunciar por ser encubierta: se trata de la discriminación laboral indirecta hacia la mujer.

Para explicar con claridad de qué se trata la discriminación indirecta daré un ejemplo simple, hace tres años sigo una conocida página donde se anuncian cargos directivos en el área pública. Durante este tiempo se ha presentado la oportunidad de postular a un cargo directivo en un servicio público al cual he postulado al menos tres veces. En cada uno de estos concursos se han seleccionado a dos mujeres de 6 seleccionados para la primera entrevista, de los cuales siempre han quedado tres hombres para la entrevista final. Esto no obedece a mejores currículos o mayor experiencia en el área, sino a que históricamente en este servicio se han seleccionado hombres
para ocupar el cargo, jamás a una mujer. Esto no está estipulado en ninguna parte, no obedece a una normativa interna, simplemente los criterios de selección dejan fuera a las mujeres en esta última etapa. ¿Qué justificación razonable existe para esto? La verdad que ninguna.

Así como ocurre con los cargos directivos o de jefaturas, ocurre también con los sueldos. En ninguna parte está escrito que se le deba pagar menos a una mujer sólo por el hecho de ser mujer, no existen leyes que se refieran a eso, no está institucionalizado, pero en la realidad es lo que ocurre, obedece a otro tipo de acción que nace del prejuicio, el maldito prejuicio de creer que "una mujer es menos capaz que un hombre”, el maldito prejuicio de pensar que "una mujer es un cacho porque quedará embarazada en algún momento”, el maldito prejuicio de creer que "la mujer estará menos concentrada en sus labores que el hombre por ser madre, novia, polola”, y un
sin número de prejuicios más que tienen relación tanto a los roles sociales asociados a la mujer, como al imaginario social que poco o nada tiene de asidero en la realidad, esto porque cuando se trata de imaginarios, como bien dice la palabra, no hablamos de cuestiones reales, de cuestiones comprobables, sino que en gran parte hablamos de elementos ficticios que nos llevan a construir una imagen mental sobre una persona o grupo de personas creyendo que se trata de grandes verdades, cuando en la realidad no lo son. Construimos historias completas de estas personas o grupos en base a prejuicios. Para cerrar este párrafo una última frasecita prejuiciosa :“Cuando le
llegue la regla son al menos 3 días perdidos, no rinden lo mismo que el resto del mes y son insoportables”.

Si bien a algunos les pueden parecer hasta graciosas las frases antes citadas, la verdad es que de gracia no tienen nada, son construcciones sociales que van agarrando fuerza y se convierten en verdades absolutas que construyen barreras reales difíciles de identificar, mucho más difícil de atacar.

¿Qué hacer ante un caso de discriminación indirecta en lo laboral? ¡Denunciar! Lo peor es callar. Con el silencio contribuyo a normalizar aún más estas prácticas, todas sabemos que es un cacho denunciar, que muchas veces no hay tiempo para desgastarse tanto, que involucra dinero, entre muchos factores más, pero si no damos el primer paso seguiremos viendo y viviendo este tipo de hechos. El llamado es a no normalizar más este tipo de malas prácticas, darles visibilidad pública y tomar conciencia del daño que provocan.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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