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Alerta por brote de la enfermedad

Todo sobre el mortal coqueluche: síntomas, tratamiento, prevención y qué tienen que ver los antivacunas

por 5 octubre, 2017

Todo sobre el mortal coqueluche: síntomas, tratamiento, prevención y qué tienen que ver los antivacunas
El ministerio de salud confirmó un brote de coqueluche luego de la muerte de tres lactantes en Talca y nuevos casos que se han sumado a lo largo de nuestro país.
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Aunque en un primer momento las autoridades de salud descartaron un brote de coqueluche, la muerte de tres lactantes en la región del Maule por esta tos convulsiva, preocupó a la población, sobre todo porque la enfermedad es sumamente contagiosa.

Dos de los bebés fallecieron en el Hospital de Talca, mientras que un tercero fue trasladado a Santiago y murió en el Hospital Roberto del Río. Hay otros 17 casos confirmados en la Región del Maule, y otros pacientes en observación para confirmar o descartar la enfermedad.

Finalmente ayer, el subsecretario de Salud Pública, Jaime Burrows, confirmó un brote de coqueluche en Talca. El anuncio se conoce luego que la Seremi de Salud del Maule determinara que los tres lactantes fallecidos por coqueluche nacieron en la misma clínica. 

"Se nos entregó información incompleta, y después de que el equipo ha salido a terreno, identificamos que los tres niños que fallecieron nacieron en la clínica Lircay"explicó la seremi de Salud Valeria Ortiz a T13.

Por esta razón se realizó un llamado para vacunar a las mujeres embarazadas con más de 28 semanas de gestación y a los menores por el posible brote de esta enfermedad, el cual todavía se está investigando.

La autoridad detalló que también se están vacunando a personal de salud de neonatología de las instituciones de salud en Talca.

Esta es una época preocupante. El coqueluche afecta a las vías respiratorias y aparece principalmente durante la primavera y el verano y a quienes más afecta es a los niños menores de cinco años.

Su característica principal es la inflamación traqueobronquial y accesos típicos de tos violenta y espasmódica con sensación de asfixia que terminan con un ruido estridente durante la inspiración.

Como se transmite a través de gotitas de secreciones respiratorias de personas infectadas y su tasa de ataque secundaria es muy alta, el contagio puede llegar al 100% en personas expuestas con el infectado de manera prolongada y estrecha, como en el hogar, colegio, sala cuna o jardín infantil.

La mayor prevención ha sido la vacunación sistemática de la población pediátrica. Sin embargo, esto ha aumentado la infección en la población adolescente y adulta, quienes pueden presentar desde un cuadro asintomático a pocos síntomas respiratorios, por lo tanto no es una enfermedad mortal para la población adulta: el riesgo, eso sí,  es que se transforman en fuente de contagio para los lactantes que no han sido vacunados o que no han completado las tres dosis de la serie primaria. El sistema de vacunación se realiza en varias dosis: a las 2, 4, 6 y 18 meses de vida.

Por eso es importante tener en cuenta que el período de incubación se estima entre tres y quince días, pero puede durar hasta 21 días. Después de ese período en general hay síntomas respiratorios poco importantes, tos leve, estornudos o secreción nasal. Esta fase inicial se conoce como la etapa catarral y el cuadro clínico se asemeja al de un resfriado común. Los principales síntomas son estornudos, enrojecimiento de los ojos y fiebre leve. Pero después de una o dos semanas de evolución de la tos clásica aparecen accesos incontrolables, cada uno con cinco a diez crisis de tos violenta, espasmódica y sin interrupción que suelen terminar con una inspiración también violenta y prolongada, a la que se suma un silbido o estridor inspiratorio característico, dado que el paciente lucha por respirar. Los portadores pueden transmitir el coqueluche desde la aparición de los síntomas hasta tres semanas después del inicio de los episodios de tos.

Es importante saber que el tratamiento farmacológico consiste en la administración de antibióticos como la eritromicina o la claritromicina en una fasetemprana de la etapa catarral. Lamentablemente en la mayoría de los pacientes el diagnóstico se establece en el estadio avanzado de la enfermedad, cuando los antibióticos pueden ser poco efectivos, aunque eliminar la bacteria de las secreciones puede reducir el riesgo de que el paciente transmita la enfermedad.

El peligro está en los lactantes de menos de 18 meses que requieren supervisión constante porque la respiración puede detenerse temporalmente durante los accesos de tos. Cuando la enfermedad es grave, conviene hospitalizar a los niños menores de seis meses para permitir la creación de un mecanismo de vigilancia cardiorrespiratoria estrecha y la atención de personal de enfermería especializado durante la fase aguda.

El coqueluche presentaba una baja incidencia desde la década de los ochenta en Chile. Pero actualmente, a pesar de los planes de vacunación, la enfermedad aún es un problema de salud pública, principalmente por sus dificultades que implican su prevención y control en la población.

La infectóloga de la Red de Salud UC Christus, Marcela Potin, explicó a 24horas.cl, que "cada 3 a 5 años tenemos un nivel de aumento de contagio, el último brote en 2012 generó una alerta por el número de muertes de bebés pequeños".

Y es que todos los años, unas 300 mil personas mueren en el mundo a causa del coqueluche, (también llamada tos convulsiva o tos ferina), y la mayoría son pequeños de menos de un año. La enfermedad es causada por la bacteria Bordetella Pertussis, un mal para el que los seres humanos nunca generan una inmunidad total, pero que sí es otorgada en los primeros años con vacunas que garantizan inmunidad hasta la edad adulta, cuando los efectos de la enfermedad son más leves.

¿Y qué tienen que ver los antivacunas?

El movimiento antivacunas se inició el año 1998, cuando el Dr. Andrew Wakefield publicó un artículo en la prestigiosa revista The Lancet en que explicaba que 12 niños con trastorno autista lo sufrían como consecuencia de la vacuna Triple Vírica del sarampión, rubéola y parotiditis (paperas). Ese artículo inició una revolución sanitaria y social. Los padres empezaron a dudar si poner la vacuna o no a sus hijos, algunos profesionales empezaron a desaconsejar su administración y los padres de niños con trastorno del espectro autista empezaron a estudiar sus casos particulares, dándose cuenta de que la vacuna podría ser la causante. Claro, la vacuna se administra entre los 12 y 15 meses y suele ser un poco después cuando se empieza a notar que el niño puede padecer el trastorno.

Dr. Andrew Wakefield

Estudios posteriores no lograron repetir los resultados y un periodista, Brian Deer, se dedicó en cuerpo y alma a analizar el estudio y los doce casos. Sus primeras investigaciones se publicaron a finales del 2003, pero no fue hasta 2008 que logró desmontar el estudio. Todo era una farsa, un montaje de Wakefield, a quien le revocaron su licencia de medicina en el 2010 acusado de mentir, de generar una alarma mundial que aún hoy sigue trayendo consecuencias. Y graves. Seguramente porque desde que se publicó hasta que se retiró y se demostró el engaño pasaron tantos años que el mal ya estaba hecho. El mensaje caló tan hondo en la población, que llegó hasta países como Chile.

En marzo del año pasado, en Osorno, los padres de un menor de cuatro meses se enfrentaron a la justicia porque se negaron a vacunar a su hijo, a pesar de estar hospitalizado con un diagnóstico de tos convulsiva. Finalmente la Corte Suprema le dio el permiso al centro asistencial para poner las vacunas al pequeño, ya que sus progenitores insistían en los efectos secundarios.

El Ministerio de Salud descartó que la vacuna produzca efectos secundarios relacionados con el mercurio, como temen estos grupos. Sólo el año 2015 siete niños, todos menores de dos meses, murieron por este mal en el país, niños que por su edad no contaban con la vacuna, pero que fueron infectados por algún adulto cercano.

Fernando Muñoz, jefe del Programa Nacional de Inmunizaciones del Ministerio de Salud en ese momento, explicó que contrario a lo que se cree, la vacuna contra el coqueluche contiene trazas de timerosal, un tipo de sal de mercurio que no tiene nada que ver con el metilmercurio, sustancia que se ha mencionado como riesgosa para la población y que es la que acumulan peces de aguas profundas. "El timerosal no se difunde en el organismo y el que contienen las vacunas es una cantidad muy pequeña. La suma total de todas las vacunas pentavalentes que están en el programa nacional poseen menos mercurio de lo que puede tener una lata de atún", dijo en la oportunidad Muñoz a La Tercera.

El timerosal es usado para preservar el medicamento y evitar que las dosis se contaminen o ingresen infecciones. Se usa por lo general en vacunas de multidosis (un frasco sirve para varias vacunas) y Polivalentes (que cubren varias enfermedades).

En julio de 2015 se conoció el resultado de un informe que el Minsal pidió a la Academia Chilena de Medicina respecto de la seguridad de esta sustancia que es parte de las vacunas pentavalentes (Hepatitis B, difteria, tétanos, tos convulsiva e influenza tipo B). Tras un año de trabajo, en el que participaron siete investigadores, la conclusión fue que toda la evidencia acumulada mostraba que no existe asociación entre timerosal y autismo.

La doctora Cecilia González, quien pertenece al Programa Nacional de Inmunización (PNI), explica que la tos convulsiva no se ha erradicado en ningún país. Por lo tanto, su vuelta no se debería a las comunidades antivacunas.

Sin embargo, el año 2013, la presidenta de la Sociedad Chilena de Infectología, Jeannette Dabanch, declaró que "en los últimos años hemos tenido brotes de rubéola y de coqueluche, que tiene una alta mortalidad en lactantes menores de 3 meses. Eso ocurre porque la gente no se vacuna".

En países como EE.UU. y Reino Unido, de hecho, se usa una vacuna contra el coqueluche que se aplica durante el último trimestre del embarazo y permite que ese recién nacido tenga la inmunidad transmitida por la madre hasta por lo menos seis meses de vida, tiempo suficiente para que sus propias vacunas puedan protegerlo.

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