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Ellas, el silencio y las palabras

por 3 mayo, 2019

Ellas, el silencio y las palabras

Crédito: Agencia Uno

Es probable que nosotras no hayamos todavía aprendido a transitar, con autoridad y sin complejos, entre la tensión de una identidad femenina funcional y de corte metafísico adoptada por las buenas o por las malas, y la enorme y rica diversidad que hemos desplegado sincrónica y diacrónicamente. No conocemos aún del todo nuestra fuerza interior, y hay mucho que está por verse.
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Hay un solo estereotipo de ser humano que en la cultura occidental no se ha visto nunca en la necesidad de fundamentar su humanidad. Su elenco de características es bien preciso: varón, blanco, cristiano, europeo o de ascendencia europea, sano, alfabetizado, independiente económicamente, heterosexual.

Todo el resto -los indígenas, los negros, los minusválidos, las minorías sexuales, las mujeres- hemos debido, por nosotros mismos o a través de otros, fundamentar -esto es, legitimar- nuestra pertenencia a eso que llamamos humanidad.

La humanidad (sic), este varón blanco como único sujeto de derecho, posee la palabra y la razón, tiene el privilegio de la salvación, acaricia las armas, llama a la guerra, define a los demás seres y a los dioses a partir de sí mismo: razonable y consciente.

¿Cómo se resiste al peso de esta autorreferencia? La historia es este relato adulterado que escuchamos: de obras de santos, de héroes protectores, de padres cuidadosos y sacrificados, de esposos -nunca tan- fieles. Tenemos su torrente de palabras a nuestra disposición acerca de quiénes son y, especialmente, acerca de quienes deben ser las mujeres; desde Aristóteles a Donald Trump, desde las “hombres imperfectos” del primero hasta las “objetos estéticamente agradables” del segundo. Todo esto pasando por una infinidad de tipos que - lo reconozco - admiro, como Tomás de Aquino, Kant, Freud, Tolstoi, Kazantzakis, Juan Pablo II, Gandhi, etc.

No abundan, en cambio, los relatos en primera persona que exploren y expliquen quienes en realidad son las mujeres, cómo se auto interpretan en sus roles y cómo imaginan sus identidades funcional y formalmente.

Los que antes se legitimaban con la palabra, ahora se deslegitiman en el silencio, y es en este silencio que podemos escuchar otras voces, tímidos relatos de memorias reprimidas, memorias disociadas, vidas derribadas, guerras perdidas.

Cuánto nos costó a los chilenos aceptar el vulgar humor de “Chiqui Aguayo”, o aquél de Natalia Valdebenito explicándonos en cetáceo el feminismo. Así, pero mil veces más, nos cuesta aceptar el relato de las mujeres abusadas y violentadas. Palabra contra palabra, se suele decir, y ya se sabe quien que vale más y quien que tiene que callar/se.

Curiosamente, lo que nos toca ver hoy es que la mayor parte de los imputados y condenados por los abusos y encubrimientos en la iglesia chilena, en todo su derecho desde el punto de vista legal, optan por el silencio, y no se atribuyen más el privilegio de la palabra. Silencio contra palabra.

Ahora, por fin, se insinúa el cambio de paradigma. Los que antes se legitimaban con la palabra, ahora se deslegitiman en el silencio, y es en este silencio que podemos escuchar otras voces, tímidos relatos de memorias reprimidas, memorias disociadas, vidas derribadas, guerras perdidas.

Es probable que nosotras no hayamos todavía aprendido a transitar, con autoridad y sin complejos, entre la tensión de una identidad femenina funcional y de corte metafísico adoptada por las buenas o por las malas, y la enorme y rica diversidad que hemos desplegado sincrónica y diacrónicamente. No conocemos aún del todo nuestra fuerza interior, y hay mucho que está por verse.

Martha Nussbaum señala que la vida social se asienta en dos sentimientos morales fundamentales: la indignación y la compasión. La indignación frente a situaciones que nos parecen injustas y la compasión que, a través de la imaginación moral, nos permite ponernos en la posición del otro y actuar en consecuencia.

Vengan todos, nadie sobra. Hagan silencio, pongan a trabajar la imaginación, y pónganse en el lugar de Marcela Aranda, de todas las que susurran, de las que gritan, de las que se fueron y de las que vendrán.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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