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Ley de identidad de género: ¿Cuánta dignidad cabe en un nombre?

por 27 diciembre, 2019

Ley de identidad de género: ¿Cuánta dignidad cabe en un nombre?
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Nuestro nombre suele ser lo primero que aprendemos a escribir y se vuelve parte esencial de nuestra identidad, es lo primero que le decimos a un desconocido al presentarnos y nos sentimos reconocidos cuando los demás lo recuerdan y asocian a las demás partes de nuestro ser, una de ellas muy asociada a ese nombre: si somos niños o niñas.

La Ley de Identidad de Género es presentada al Senado por OTD con apoyo de Fundación Iguales en mayo del 2013. Buscaba que se reconociera nuestro nombre, a través de él nuestra existencia y dignidad; aspiraba a que se reconozca nuestro género, a través de este la legitimidad de nuestras identidades.

El camino era cuesta arriba. Las personas trans no contábamos con poder económico, ni político, ni con los números necesarios para llenar la alameda. Sólo contábamos con la honestidad de nuestras aspiraciones, la autenticidad de nuestras historias y la esperanza de que fueran bien recibidas.

Desde la vereda opuesta no escatimaron esfuerzos ni se pusieron límites éticos. El objetivo no estaba puesto en defender sus libertades ni derechos, ya que ninguno se tocaba, sino en defender a través del Estado una cultura a la medida de sus creencias.

 Damos un primer paso teniendo presente que hay deudas con la comunidad trans en salud, educación y trabajo, que deberán abordarse en una ley integral trans. 

Nos llamaron “aberraciones”, dijeron que queríamos “destruir las familias”, hicieron lo posible por deshumanizar nuestras aspiraciones y reducirlas a una “ideología de género” que caricaturizaba nuestras ideas y hasta sacaron un bus naranja para captar atención.

Nosotros compartimos nuestras vidas a través de reportajes y entrevistas, los medios mostraron que las personas trans también somos niños, niñas y familias, se abrieron espacios para que activistas expusiéramos nuestras ideas en columnas, debates y llegamos a la pantalla grande donde el triunfo de Una Mujer Fantástica logró que gran parte de la ciudadanía entendiera por qué luchamos.

Esa fue la cara más visible de esta disputa cultural, pero parte de esa lucha se llevó tras bastidores. Es ahí donde organizaciones, comunidades y grupos de aliados nos ayudaron a encontrar fuerza para encarar una sociedad que nos excluía, estuvieron presentes para brindar contención ante el rechazo y la violencia, se volvieron familias para quienes eran expulsados de las suyas y, como no, también fueron espacios para compartir alegrías.

Sin embargo el costo más alto lo pagaron quienes salieron del closet hace años, incluso décadas, personas trans que sufrieron marginación y aislamiento en una sociedad que no quiso validar su existencia, que les quitó cualquier espacio de reconocimiento y todas las oportunidades, que les negó la empatía e hizo lo posible por robarles la dignidad. Es para ellas mi mayor reconocimiento.

Tras cinco años de discusión y uno de reglamentación, hoy la Ley de Identidad de Género entra en vigencia y avanzamos, pero sin olvidar que hay una deuda con el derecho de niños y niñas a que se reconozca su identidad. Damos un primer paso teniendo presente que hay deudas con la comunidad trans en salud, educación y trabajo, que deberán abordarse en una ley integral trans.

¿Cuánta dignidad cabe en un nombre?

Todo nombre trae la dignidad del reconocimiento, pero en el caso de las personas trans contiene la dignidad de una lucha en la que pusimos toda nuestra fuerza y corazón para hacer de Chile un lugar un poco más justo para todes.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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