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Migraciones e infancia

por 2 septiembre, 2020

Migraciones e infancia
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Chile no existe. Solo es una comunidad imaginada que tiene entidad en el marco de nuestro sistema simbólico, compartido y aceptado como una realidad. La ficción del estado-nación moderno, junto al relato de la soberanía, la democracia y los derechos humanos los respetamos, porque se han legitimado como la única y mejor forma de vivir colectivamente.

En un nivel profundo, todo este grupo de personas que vivimos en esta larga y angosta faja de tierra adherimos a un espíritu común, compartimos algo que llamamos Chile (algo que podríamos discutir qué es precisamente, porque siempre está redefiniéndose). Acordamos una serie de reglas del juego que debemos acatar, para resolver nuestros conflictos y así poder vivir en paz junto a otras personas.

Este mito fundacional nos parece de perogrullo a quienes somos cuarta o tercera generación de migrantes, porque en la mayoría de nuestras familias existe la leyenda de una abuela común que vino de lejos, del sur u otro país. La nacionalidad hoy en día funciona como una llave que permite abrir o cerrar las puertas de nuestra casa, que son las fronteras; el pasaporte se ha transformado en una tarjeta de membresía de un selecto club. La idea de estado-nación siempre está apostando por la pertenencia y la no-pertenencia de los sujetos a quienes se les garantizan derechos, mediante la ciudadanía.

He constatado las múltiples complicaciones que viven las niñas y los niños migrantes durante su proceso de adaptación en nuestro país, si bien existen mecanismos de soporte y ayuda, todo parece poco ante la envergadura de la precariedad, debido a la alta burocratización institucional

El problema surge justamente entre quienes no pertenecen o son excluidas de este espacio de libertad, y quedan viviendo afuera de las fronteras o en el extrarradio de las ciudades, en los márgenes, disputando día a día cada derecho, el cual se concede como un favor. El “ser” migrante se juzga como una entidad ontológica del “ser” humano que habita dicha categoría sociológica, categoría donde situamos la alteridad y la extranjeridad.

En la novela “El desierto de los tártaros” se puede ver lo extremo que resulta el miedo a lo desconocido, lo extranjero y lo de afuera. En nuestra aldea local, esta xenofobia que es propia de todos los grupos humanos, se exacerba con ideas conservadoras y prejuicios culturales que están fuertemente arraigados en nuestro inconsciente colectivo (clasismo, machismo, racismo o adultocentrismo). Nada más clásico que encender la paranoia de un fantasma, creando un supuesto enemigo del pueblo, esa palabrería bélica que solo despierta nuestros temores atávicos y nos peleamos por las migajas que caen de la jaula de hierro. Todo lo que parezca diferente o se escape de esto difuso que definimos como chileno sufre las penas del desierto de los tártaros.

El cruce de los temas de migración e infancia evidencia las contradicciones de nuestro pacto colectivo, porque en él confluyen las experiencias sociales y las biografías personales, se tensionan y colapsan, se reproducen y subvierten los órdenes macro y microsocial. La infancia entendida como una categoría sociológica también -al igual que el hecho migratorio- ha emergido como un nuevo actor en el debate público. Entonces, resulta oportuno preguntarnos cómo la sociedad y el estado chileno están pensando a la niñez migrante, tanto en cuanto a su realidad presente como sujetos de derechos, pero también en su dimensión histórica y generacional, porque representa el Chile del futuro.

En el congreso se está discutiendo una nueva ley de migraciones. Sabida es la necesidad de actualizar la ley que data del año 1975, creada en plena dictadura y en un contexto global de guerra fría, sin haberse adecuado al mismo tiempo que iban sucediéndose vertiginosos cambios en los flujos migratorios, hecho que hoy todo el mundo reconoce. La ley del 75 (que todavía está vigente) no dice nada sobre garantizar los derechos de la niñez migrante; como una manera de responder a esta falencia y en virtud de los tratados de derechos humanos, los gobiernos democráticos respondieron creando circulares u oficios que ciertamente permitieron el acceso a prestaciones del estado (como salud y educación). Sin embargo, se abordó un fenómeno político con instrumentos administrativos, dándole una sobredeterminación al estatus migratorio. Además, la multiplicidad de normativas, miradas en conjunto, tampoco logran constituirse en una verdadera política pública que gestione el fenómeno de la infancia migrante contemporánea, acorde a los tiempos actuales. En varios estudios científicos he constatado las múltiples complicaciones que viven las niñas y los niños migrantes durante su proceso de adaptación en nuestro país, si bien existen mecanismos de soporte y ayuda, todo parece poco ante la envergadura de la precariedad, debido a la alta burocratización institucional.

La pandemia y la crisis económica son situaciones estructurales que han afectado de modo específico a ciertos grupos vulnerabilizados, donde se sitúa una parte importante de la niñez migrante, por eso era un imperativo ético el haber regularizado a las niñas y los niños migrantes que aún permanecían en situación irregular. La irregularidad administrativa se ha transformado en un signo de la no-pertenencia a esta comunidad imaginada llamada Chile, un mínimo que se agudiza en situaciones de pobreza y exclusión. De hecho, la propia autoridad migratoria ha reconocido lo decisivo que resulta la cédula de identidad para “integrarse” socialmente, el llamado RUT se está configurando como una nueva y codiciada membresía.

Entonces, cierro esta reflexión con algunas preguntas ¿cómo se están llevando a cabo los procesos de acogida e instalación de las nuevas generaciones de migrantes? ¿Cómo garantizamos todas las facilidades y reducimos los obstáculos y las trabas, a fin de lograr un verdadera inclusión de las niñas y los niños migrantes? En este proceso en clave constituyente, donde estamos redefiniendo las reglas del juego, podemos imaginar que somos una comunidad amigable, protectora y respetuosa con quienes necesitan mayor cuidado y, al mismo tiempo, reconocimiento.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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