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Cultura - El Mostrador

Barbudo: una cervecería a dos caras

por 8 agosto, 2014

Barbudo: una cervecería a dos caras
Cerveza rica y variada, ambiente como para crear la catedral chelera santiaguina, versus una cocina limitada en técnica y conceptos, más un servicio amigo de la confusión. Una experiencia ambivalente en Plaza Ñuñoa.
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La garzona denota algo de entusiasmo tras el pedido. La Jester, en su versión Luptopia, es una de las recientes cervezas chilenas destacadas en el ambiente. Es delgada en volumen pero su amargor es pronunciado y filoso (de ahí su nombre alusivo a la mayor carga de lúpulo), sumado a un final largo y bien persistente. Fresca para sus 9 grados de alcohol, dando cuenta de una técnica de elaboración sobre la media nacional. Así es la mayoría de las cervezas que en Barbudo disponen, porque se trata de un bar chelero ambicioso en su tamaño y efectivo a la hora de servir una pinta y más. Posee en barril unas 15 variedades, aunque a la hora de la visita eran mucho menos las disponibles (hay que entender que el concepto artesanal implica, a veces, no tener todo lo que se quiere), sumada a decenas y decenas de botellas que a veces son hallazgos para los amantes cerveceros, que son numerosos. Otro ejemplo que también hizo asentir a la garzona: la Mikkeller de la serie Single Hop: 18 botellas con 18 lúpulos de diferentes clases, como si se tratara de una gran clase mundial de lo que deben saber estas plantas claves en el proceso de la cerveza. Su versión Warrior aportó un inicio con sabor a miel y caramelo de amargor intenso, tonos a tabaco, algo salina y con un riquísimo cuerpo. Si se quiere lujo en clave cerveza, Barbudo lo tiene.

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La materia prima está, lo mismo que un ambiente jovial y digno de una previa pensando en una noche larga en Plaza Ñuñoa. Sin embargo las bondades se quedan ahí, porque de partida para disfrutar a concho de sus amplios espacios como esa respetable terraza interior, sencillamente hay que llegar comido antes. Razones: a) las demoras en la atención pueden llegar a ser exasperantes –estando el local lleno o vacío-; b) el servicio apareció confuso: tres garzones para una mesa de tres personas y cambios de platos en sectores vecinos por simple equivocación; y c) la comida dista mucho de la excelencia de sus jarras y botellas. Es que una pizzas no es más rica por estar sobrecargada de todo tipo de vegetales como es la Granjera ($ 8.500) y si tiene una masa demasiado delgada –quizá por la falta de leudado- que no soporta tanto ingrediente junto -¡rodajas de tomate enteras y gruesas!- que sueltan jugo y reducen cualquier masa a la condición de un amasijo.

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Mucho mejor estuvieron las Costillas a la cerveza ($ 13.000) bien marinadas y sazonadas, jugosas y con un dejo dulzón que se integra bien en su grasita. Pero el tamaño de la porción hace retroceder a cualquiera por lo pequeñas versus el costo. Y encima un pan paliducho venía con una capa negra sucedánea de un tostado: usaron soplete. Descariñado con el cliente. En suma, hoy, en Barbudo hay una cocina limitada técnicamente, que no da abasto para atender ese Titanic cervecero ñuñoíno; que hace ver mal a un servicio entusiasta en eso de apoyar la cultura cervecera pero inexperto en lo que importa: el manejo de la sala. Al menos la cerveza es buena –Granizo, Spot, Kaf a modo de notables ejemplos nacionales- y el encargado de la barra suele ser abierto a conversar cordialmente sobre un tema que merece mayor respaldo desde los fogones.

Jorge Washington 176, Ñuñoa.

Nota: a este lugar se asistió invitado por sus dueños. Aunque quien suscribe –amante de la cerveza- ha ido varias veces antes, ha probado varios otros platos y, al menos, la pizza se mantiene igual.

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