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Cultura - El Mostrador

Crítica de teatro: “Taltal”, la ubicación del dolor en el mapa

por 22 octubre, 2014

Isabel Baboun Garib, actriz, MFA en Escritura Creativa en español por New York University. Candidata a doctorado por UC Davis, U.S.A. Investiga el cruce entre cine y teatro chileno de la última década.
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Ubicar la ciudad de Taltal en el mapa después de haber visto la obra de teatro Taltal de la “Compañía Limitada”, es como buscar –en el mismo mapa– un pedazo de tierra para situar el dolor. Bosco Cayo (Limítrofe, la pastora del sol), el dramaturgo, lo hace: limita al norte con Antofagasta, al sur con Chañaral y Diego de Almagro, al oeste con el mar chileno y al este con la comuna de Antofagasta y Argentina. El dolor existe, y Taltal también.

Los personajes de esta historia: un cesante, un carabinero, un bombero, una abuela dirigente, y una madre encintada, se reúnen bajo el cuidado de una terapeuta quien los adoctrina para borrarles la rabia y su tristeza del cuerpo. Porque sus hijos, los de todos ellos decidieron un día, quitarse la vida.

Los padres de Taltal son padres-apoderados de la tristeza, que no saben llorar ni tampoco encontrar las razones que justifiquen aquellos suicidios. El dolor que les hace estallar el pecho es, quizás, la ignorancia por no haber conocido bien a sus hijos, por no haberlos asistido antes, cuando todavía el mar brillaba amistoso. “¿Usted –le pregunta el bombero al carabinero– nunca se ha sentido culpable”? Y es que la culpa en esta obra aparece como un incendio igual al del olvido, extravagante, hambriento, que lo hace desaparecer todo, como la muerte lo hiciera con aquellos niños.

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Seis muertes de adolescentes el mismo día es la preocupación de los personajes en Taltal. Doce suicidios de niños entre quince y veinticinco años en Antofagasta, y el de ocho adolescentes, el 2008 en Tongoy, corresponden a hechos verídicos.

Bosco Cayo dice que con su “Compañía Limitada” “se han interesado siempre en cómo el teatro se mezcla con la realidad, y cómo el teatro sí debe dar cuenta del acontecer social y actual”.

En esta obra las emociones piden un lugar en el cuerpo así como estos padres explicaciones por las muertes de sus hijos. Lo cierto es que sus “angelitos” se quitaron la vida, y su dramaturgo, para terminar la obra, describe en forma simbólica cómo la ex estación de trenes de Taltal, el hospital, la plaza y toda la población arden en un inevitable in crescendo. ¿Y Taltal, dónde está? eso, después del fuego, después de la desaparición total, pareciera no tener importancia.

Taltal es parte del proyecto Trilogía Limitada: dramaturgia de tres paisajes al margen. El impulso para esta fue, precisamente, el recuerdo de una noticia, y el interés por sociedades marginadas, descentralizadas en medio de la “crisis en la que se encuentran las instituciones del sistema público y rol social del estado”[1]. Bosco Cayo elabora en conjunto con sus compañeros de escena, un inteligente procedimiento de montaje, el que ha sido metodología constante en la compañía llamado “escénica activa”, donde el proceso de dirección es compartido y cada escena está a cargo de un actor distinto. Dicho procedimiento es el que ha marcado la autoría creativa y las decisiones espaciales tanto en esta propuesta como en las anteriores.

La terapeuta, interpretado por Verónica Medel, es quien a través de un programa del Ministerio, les ofrece a los personajes un “excelente” método de contención emocional. Este funciona como un manual para “quitar” la pena en el que deben cantar, gritar hasta el delirio y sacudirse en garabatos y todo para disciplinar y controlar en ellos, las batallas enrabiadas del alma por querer llorar, y llorar, y llorar a los angelitos muertos hasta emanciparse. Pero dicho programa y sus “entretenidas” dinámicas no les enseña a vivir con ese pasado sino, y de forma muy conveniente, a olvidarlo.

“¿Saben qué significa contener?” les pregunta ella a los papitos, como si la supresión del llanto fuera el desprendimiento –también– del propio cuerpo, entumeciéndolo ante la realidad que los afecta. La tragedia en Taltal es la del reclamo –de la ciudad misma, de los padres, de los niños suicidas– por darle cabida a las emociones en y desde el cuerpo. Así como Edipo se arranca los ojos para no enfrentar su espeluznante presente (casado con su madre y asesino de su padre) los apoderados de Taltal no son capaces de mirar de nuevo los cuerpos fallecidos de sus hijos. Se resisten a autorizar la exhumación. Se agrupan, aúnan fuerzas y deciden “tomarse” la sede en la que practicaban formas para impedir el llanto y exigen que las muertes de sus niños sean investigadas. Pero, desafortunadamente, “usted sabe que cuando hay sospecha de suicidio de niños no se investiga, lo dice la ley” asevera El cesante (Bosco Cayo), y todos nosotros sabemos que es mejor así, más “conveniente” quedarnos calladitos y olvidarnos del asunto. En otras palabras, productivizar el dolor en la vida cotidiana hacia el olvido.

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Ignacia Agüero, Bosco Cayo, April Gregory, Verónica Medel, Juan Ananía y Jaime Leiva, actores de Taltal proponen desde una enfática caracterización, las particularidades de cada personaje donde la gestualidad y la voz adquieren un rol más importante que la opción por interpretaciones despojadas. Esto quizás nos distancia, en parte, de la posibilidad de profundizar “con ellos” en las fibras más sensibles de la obra, aunque lo anterior no va en desmedro del estilo profesional, coherente, y con sentido del humor que nos proponen como compañía.

La escena final de la obra, es sin duda, uno de los momentos más preciosos de todo el trabajo la que, además, nos recuerda la premisa de esta Compañía: “la mezcla del teatro con la realidad”.

El padre real de la actriz Ignacia Agüero, aparece representando al hijo de La terapeuta, el Heineken, quien había desaparecido de un momento a otro al igual que los otros niños antes de suicidarse y, que en dicha escena, llega luego de muchos años para visitar a su madre. Este íntimo encuentro revela las intenciones de su dramaturgo por enfrentarnos a una imagen metafórica que le sirve para resignificar una figura, tal vez, ya conocida: la de la madre en busca de su hijo. Entonces, y como el negativo vivo de una fotografía, aquí es el hijo –con un ramo de flores entre las manos– quien llega de visita para presentarse ante los ojos de una madre todavía impaciente por recibir respuestas.

Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides, Lo que no tiene nombre de la colombiana Piedad Bonnett (donde su autora repasa los eventos desafortunados de su hijo antes de que él se suicidara) o Las Brutas de Juan Radrigán (basado en un hecho real sobre el suicidio en conjunto de las tres hermanas Quispe), coinciden aquí en la problemática del suicidio para enunciar una de las preguntas más vacías, indescifrables y abismales alrededor de esto: ¿Por qué?! Y Taltal nos enrostra con otra: “¿Cómo nombrar al padre que pierde un hijo”?

En esta obra las emociones piden un lugar en el cuerpo así como estos padres explicaciones por las muertes de sus hijos. Lo cierto es que sus “angelitos” se quitaron la vida, y su dramaturgo, para terminar la obra, describe en forma simbólica cómo la ex estación de trenes de Taltal, el hospital, la plaza y toda la población arden en un inevitable in crescendo. ¿Y Taltal, dónde está? eso, después del fuego, después de la desaparición total, pareciera no tener importancia.



“Taltal”, de Bosco Cayo.

Dirección colectiva de La Compañía Limitada

Elenco: Bosco Cayo, Ignacia Agüero, Juan Ananía, April Gregory,

Verónica Medel y Jaime Leiva.

Diseño: Camila Villegas y Boris Chaín.

Teatro del Puente . 16 de Oct al 6 de Nov.

Martes, Miércoles y Jueves 20:30 hrs.

 

[1] Palabras de Bosco Cayo en “La dramaturgia como espasmos urgente de realidad. Anotaciones de una compañía Limitada”. Revista Apuntes de Teatro nº 138 (2013).

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