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La película se estrena por primera vez en Chile en el marco del festival de documentales SurDocs

Cultura - El Mostrador

La cruda realidad de "Navajazo", el documental que es un manifiesto de la degradación social

por 2 diciembre, 2014

En 75 minutos, el realizador Ricardo Silva González muestra la descomposición social de México a través de la experiencia vivida en Tijuana, en la frontera con Estados Unidos. En esta cinta no se explora la violencia del narcotráfico ni la deshumanización descubierta tras los crímenes de los estudiantes en Iguala, la degradación pasa por la pantalla a través del desfile de prostitutas, yonquis, dementes, homicidas, migrantes, huérfanos, músicos decadentes, productores de cine porno y dealers, que conviven en el límite entre la vileza y la compasión.
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Primero es la tos, luego, es la tos con sangre. Así se resume la introducción en off del documental mexicano Navajazo, un comienzo que sin mostrar imagen alguna que represente violencia, anticipa ya una tesis: que la sociedad está enferma, que sin prestar mayor atención a los síntomas, se desgarra, se cae a pedazos, se desangra.

Alejada de las convenciones narrativas, esta cinta, calificada como de "etnoficción", del realizador Ricardo Silva González, se estrena hoy en Chile como parte de la competencia internacional del Festival de Cine Documental de Puerto Varas, SurDocs 2014.

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Ganadora del Premio Leopardo de Oro en el Festival Internacional de Cine de Locarno, está película, que bien podría ser calificada como no apta para todo espectador –al menos para aquellos que no quieren ver la cruda e irreverente realidad–, pone el dedo en la llaga a través de una sátira feroz de la sociedad mexicana; una radiografía a la hipocresía y la indiferencia.

La degradación social no está presente en el filme como expresión de la violencia del narcotráfico o la deshumanización descubierta en los crímenes de los estudiantes de Iguala. Su descomposición pasa por la pantalla a través del desfile de prostitutas, yonquis, dementes, homicidas, migrantes, huérfanos, músicos decadentes, productores de cine porno y dealers, que conviven en el límite entre la vileza y la compasión, en el limbo entre la ciudad fronteriza de Tijuana en el norte de México y Estados Unidos.

La descomposición

La película es lo que su autor llama “etnoficción” (etnografía y ficción), en la que reproduce el discurso del otro y pone en boca de estos personajes un diálogo artificial, construyendo escenas a manera de ficción pero con individuos que se interpretan a sí mismos y dejan al descubierto, a través de sus vidas, esa realidad que habita donde nadie quiere mirar, fiel reflejo de un Apocalipsis personal que a la vez es un retrato hostil de la sociedad.

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"Navajazo es una herida hecha con una navaja", explica Silva Gonzalez, desde Ciudad de México, a donde acaba de llegar para presentar también su película. "Las heridas con navaja son más profundas de lo que uno puede lograr ver. Para mí los personajes representaban estas heridas, que de alguna forma dejan cicatrices, que representan a la modernidad, donde el pasado siempre es mejor que el presente, y el presente mejor que el futuro que les espera. Eso es lo que llamo el Navajazo".

Silva González, de profesión sociólogo, entró al cine a través de esta puerta. Si bien esta cinta, además de Locarno, fue también reconocida como el Mejor Largometraje en el Festival de Milán, entre otras distinciones, su objetivo no estuvo centrado en la retribución cinéfila del circuito de festivales, sino en la representación de la cotidianeidad que a diario le toca vivir como residente de Tijuana. "Tijuana es una ciudad en que la mayoría de la población son migrantes. Gente que llegó de otras partes de México para poder pasar a Estados Unidos y al no lograrlo se establecieron en esta ciudad, como mi propia familia, que vino de Guanajuato. Mi mamá salió de ahí con nueve hijos y nos establecimos en esta parte, y cuando te hablo de esta parte, te habló de esta zona que es donde transcurre la película", cuenta.

Pero más allá de la localidad donde se filmara, la intención del documentalista fue retratar una realidad más cercana, la suya, la familiar. "Uno de mis hermanos trabajó durante muchos años en esta zona como dealer de droga de muchos de estos personajes y recuerdo en mi niñez ver cómo llegaban estos personajes todo el tiempo a mi casa, bastaba que mi mamá se fuera a trabajar y la casa se transformaba en un punto de venta con los conocidos de mi hermano y con sus negocios. De ahí parte mi relación con el tema, sin saber ni siquiera de dónde venían", confiesa.

Con el pasar de los años, el realizador se enteró que no venían de ninguna parte, que se trataba de personas deportadas, que algunas vez se fueron a Estados Unidos y los enviaron de vuelta, mexicanos que no saben hablar español, que consiguen droga en inglés, que se prostituyen en un idioma que no es el suyo. "Son personas que andan buscando su identidad. Individuos que de alguna forma buscan ser alguien. No son ni mexicanos ni gringos, ¿qué son? La forma despectiva de llamarlos es ‘pochos’, pero ellos no lo saben", relata Gonzaléz, en un intento por explicar a sus personajes: un yonqui en la canalización del río Tijuana que se esfuerza por ser un buen padre, un coleccionista de juguetes que habla con su esposa muerta, un viejo satánico que toca canciones en un teclado Casio y presagia el Apocalipsis y un asesino que tapado con un pasamontañas se excusa de sus crímenes diciendo que "todos cometemos errores".

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"Navajazo se convierte en el pretexto para poder entrar en el mundo de mi hermano y poder saber qué sentía él al estar dentro de este mundo. Creo que esa fue la intención original, saber quién era Vicente. Entonces, la película habla de eso, de la supervivencia de estos individuos", dice, mientras reconoce que la película es honesta, porque partió no siendo una película, sino un ensayo sociológico sin pretensiones y que mucho después se transformó en el filme.

Etnoficción y violencia

Navajazo, como explica su autor, es un película no convencional. No se trata de un documental en su sentido genérico y tampoco de una ficción. En esta película, los protagonistas actúan su propia vida. La extreman, llegan a niveles excéntricos de su decadencia para ser registrados en la cámara. De ahí es que emana la crudeza de su violencia. Del resultado etnográfico, dice Silva González, donde los personajes hacen lo que sea por unos dólares.

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"Para mí lo más duro y crudo de la película no son las escenas de sexo, no es la violencia que hay, ni siquiera la relación que existe entre los individuos que parece ser muy violenta, como la relación del padre con la hija", resume. Respecto de la verdadera violencia –explica el autor–, "lo más fuerte fue constatar todo lo que se puede conseguir con unos pocos pesos. Con 15 o 20 dólares conseguía que estos individuos crearan o recrearan escenas de su intimidad. Esa es la sensación más extraña que me queda".

Una de las tantas experiencias bizarras con tintes anecdóticos que le tocó experimentar al realizador, al trabajar con este formato de la "etnoficción", ocurrió mientras grababan a un yonqui (adicto a la heroína). "En una ocasión uno de los personajes se mete mucha heroína, se voltea para verme a mí y al camarógrafo, luego camina y se desmaya. Nosotros apagamos la cámara y fuimos a tratar de reanimarlo y pensamos ‘puta, ya valió madre, ya se nos tronó’. Después él se reincorpora y nos dice '¿oye, por qué apagaron la cámara?, pensé que estaba bueno esto para la película, que me desmayara’”.

Para el cineasta, quien ha sido bautizado en Europa con el "Buñuel punk", estas escenas no ocurren porque todos ellos sean un salvajes, sino que por la intervención de la cámara. Es tan débil la autoestima y la existencia de estas personas que viven a diario una especie de Apocalipsis, reflexiona González, que "cuando prendes la cámara aflora el salvajismo, la violencia", como si todo se tratara de una cualidad, que ante la cámara se exagera.

"El hecho de asumirte como documentalista o realizador hace también que los personajes se conviertan en otros. Nunca se puede captar la realidad de manera absoluta. Porque estás ahí con la cámara, forzando de alguna manera la situación. Hay una responsabilidad del realizador al darse cuenta que muchas de las cosas pasan porque estás filmando. Si la película se vuelve cruda o violenta es porque estás ahí. Eso fue lo que registramos. Sin saber qué, encontramos lo más bajo en que alguien puede convertirse como persona. De algún modo nos mostraran cómo es vivir desahuciado", concluye.

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