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Crítica de cine: “Dos días, una noche”, el peso de la vida en la provincia

por 2 julio, 2015

Crítica de cine: “Dos días, una noche”, el peso de la vida en la provincia
Los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne son los exponentes de un neo neorrealismo del celuloide europeo, que exhibe la cotidianidad de las clases medias y obreras del Viejo Continente, sin filtros ni remordimientos. Y con un lenguaje fílmico, construido en base a primeros planos y en un estilo minimalista de fotografiar el entorno circundante, donde sobresale majestuosa, en esta oportunidad, la interpretación de la actriz francesa Marion Cotillard.
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“Un día perdido, de nuevo. Día interrumpido por fuertes depresiones y sentimientos de angustia, sobre todo por la tarde. Todo lo de los días anteriores provocó un cansancio angustioso. Me calmé un poco por la noche, pero siempre bajo la sospecha de que algo malo podía suceder…”.

Fernando Pessoa, en Diarios

Quizás no sean los mejores directores europeos de este preciso instante -en una discusión donde sus movimientos de cámara, distan de ser espectaculares, por ejemplo-, pero los Dardanne tienen un sello y una marca: la de ser los audiovisualistas que centran sus esfuerzos en retratar la travesía diaria –práctica, emocional y afectiva- de la clase obrera francoparlante (belga y gala), y en especial, de la que habita en la provincia.

En efecto, la mayoría de sus cintas se escenifican en pequeñas y tranquilas ciudades como Lieja (centro-este de Bélgica, en la región Valona), tal cual es el caso de Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014), la película que acaba de estrenarse en Chile, y que está protagonizada por la bella y versátil actriz parisina Marion Cotillard (1975), quien fue nominada al Oscar 2015, debido a su espectacular desempeño en este largometraje.

Mencionamos aquello porque, junto a la profundidad literaria del libreto escrito por los mismos realizadores, la actuación de la Cotillard, refrenda su categoría de intérprete de un rango y nombre especial frente a sus pares: el talento de la trigueña alcanza para encarnar desde la biografía de la mítica Edith Piaf, pasando por la odisea de una mujer deprimida (su rol acá) que lucha por conservar su trabajo, su dignidad, vencer el fantasma del “paro”, y los deseos suicidas que rondan su mente; hasta personificar a una femme fatale de la reciente saga de Batman, hace unos años.

Esta es la historia –a grandes rasgos- que exhiben los Dardenne, sosteniéndose en sus habituales primeros y primerísimos planos, y sobre un lente en “mano” y en perpetuo movimiento: la lucha argumental de Sandra (en el espacio temporal de un fin de semana, de ahí el título de la cinta), para que no la despiden de la fábrica donde obtiene los ingresos, vitales, a fin de que junto a su esposo (aquí el actor belga Fabrizio Rongione) y sus dos hijos, puedan comer y llegar con suerte a los últimos días de cada mes. De fondo, el ruido de una ciudad casi fantasma y deshabitada, que atestigua con su silencio, además del drama personal de Cotillard, la indiferencia propia de la sociabilidad urbana contemporánea.

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En este largometraje, la estrategia audiovisual de los Dardenne no ofrece mayores variantes a lo que venían mostrando en créditos como El hijo (2002), El silencio de Lorna (2008) y El niño de la bicicleta (2011): exhibir, con economía de recursos fílmicos (la composición de sus cuadros es precaria, pero perfectos si se les enjuicia en una totalidad narrativa); la dura vida –en la visión de los hermanos cineastas-, de quienes se mueven en esa frontera que separa a los miembros de la clase media baja, del límite de los grupos proletarios y citadinos, con sus dosis y agregados de desamparo, soledad afectiva, egoísmo y escasa solidaridad, entre los miembros de la sociedad.

Existen bastantes nexos entre el cine de estos belgas (los llamados “Taviani que hablan en francés”), y la obra del director finlandés Aki Kaurismäki. Para empezar, ese gusto y afición por recorrer trayectorias anónimas, aunque matizadas en su descomposición y caída existencial, por la aparición del amor y la ayuda desinteresada de otro ser humano, en sus más amplias facetas.

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Otro de los méritos de los Dardenne en Dos días, una noche, radica en que su inclinación por el uso de una cámara minimalista, jamás agobia o cansa al ojo del espectador, al contrario, y al igual que en sus cintas anteriores, ahora incluyen el motivo plástico y dramático del desplazamiento (el de la protagonista en automóvil), a modo de un interludio o pausa, con el objeto de ingresar y adentrarse mayormente, en la intimidad de esa mujer atormentada (Sandra), víctima del cansancio, la fatiga y del desgano.

Esa representación audiovisual del movimiento, inclusive, les sirve en esta oportunidad, para romper con el exclusivo reinado del sonido ambiental que prevalece en sus filmes: en una escena de reafirmación de los lazos y el compromiso que les une en la ficción, Cotillard y Fabrizio Rongione escuchan y cantan el bello tema de música popular “La Nuit N'en Finit Plus”, en la voz de Petula Clark. Inolvidable.

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La emotividad de esa secuencia, por ejemplo, nos señala los valores artísticos, estéticos y cinematográficos que deberíamos buscar, cada vez que apreciamos un largometraje de los hermanos belgas. Sus películas son poderosas y llamativas por el espesor psicológico y argumental, tanto de sus personajes, como de las situaciones cotidianas que abordan y describen mediante imágenes.

Sandra (Cotillard), sin ir más lejos, no tiene ni las fuerzas, ni las ganas, ni la ilusión, de combatir la avaricia de sus jefes y de sus colegas, pero todavía así lo hace, por el respaldo y el cariño que le entrega su esposo, y la idea de dignidad que subyace como motor de las acciones y de la recolección de apoyo que emprende, entre sus insensibles compañeros de trabajo. Podemos estar solos como perros, y siempre aparece alguien o acontece un evento sobrenatural e inaudito, que nos eche una mano, cuando ya no esperábamos nada de nadie, y tampoco de nosotros mismos.

Porque, ¿qué autores audiovisuales reflexionan hoy sobre la esperanza, cuando el dolor y el egoísmo, la pobreza material y la carencia de valores éticos, parecen dominar sobre el plató de la civilización occidental? Los Dardenne lo hacen con insistencia y el más sencillo y expuesto neo neorrealismo: el del silencio, y el de un lente que gira, corre o camina, al servicio de los solitarios “Ulises” -masculinos o femeninos-, que nos enseña. Y lo hacen bien.

 

 

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